El chamán que vino del otro lado

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Aquel peculiar chamán no solo hacía predicciones, invocaba espíritus o sanaba a quienes le visitaban, como cualquier chamán al uso, este también aconsejaba en todo los relativo al uso de productos naturales, la ingesta de alimentos e incluso hacía las veces de consejero sentimental de cabecera, orientador deportivo y asesor financiero.

Era la suya una extensa carta de servicios, que si hubiese decidido incluir por completo en la placa de metacrilato que tenía en la fachada del inmueble donde residía, le habría sido insuficiente con dos o tres, pero de tamaño panorámico. Sin embargo, en un alarde de humildad y también como queriendo crear cierto halo de intriga, que ayudase para atraer a la clientela, en la fachada solo podía leerse:

Nómar de la Cruz

Sanador y solucionador

El bueno de Nómar era así de directo, así de sencillo y aunque eso de solucionador le había propinado buenas dosis de comentarios jocosos y sornas varias, lo cierto es que tenía tal agenda de contactos y era una persona tan resolutiva que era capaz de arreglar no solo los problemas del alma o del cuerpo, sino también aquello diarios, menos etéreos y que suelen amargar el día a día, como los que originan, por ejemplo: una cisterna estropeada, un grifo que gotea, un televisor que no enciende, una serpiente dentro un baño o cómo deshacerse de un cadáver en el maletero del coche. Un todoterreno, vamos.

Es cierto que lo del reptil y el muerto quizá fueran dos contratiempos menos habituales, pero para él no había imprevisto alguno que no fuese capaz de resolver con la calma y el temple que le caracterizaba, según murmuraban quienes lo criticaban y alababan, a partes iguales. Sin ponerse nervioso y siempre con la seguridad de quien entra en un laberinto con el convencimiento pleno de que va a encontrar la salida sin inconveniente alguno.

Al enigmático chamán se le vio primera vez en la ciudad durante la tercera edición de la tradicional Carrera Popular, organizada en honor a la patrona. Una carrera con una distancia próxima a los 12K y en la que todo lo recaudado fue destinado para ayudar a personas sin hogar. Su tez morena, su espigada figura y su larga melena, sorprendentemente canosa a pesar de su juventud, no pasaron desapercibidas para nadie. Eso y su entrada en meta entre los primeros clasificados, fue un motivo más que hizo reparar en él.

Un foráneo de otro pueblo o un loco más de esos que iban corriendo por aquí y por allí, fue lo que debió pensar la mayoría de conciudadanos, que no salieron de su asombro cuando unas semanas más tarde comenzaron a verlo, corriendo por las calles y los jardines de la ciudad. Asombro aún mayor que se acrecentó cuando todos los vehículos amanecieron, una mañana de mayo, con una pequeña cuartilla bajo el parabrisas delantero en la que se publicitaba a todo color su imagen, con su nombre, dirección y una única frase:

Nómar de la Cruz

Chamán Titulado

Calle Bolos, 4 – Tfno.: 560.168.981

Sin duda, el misterioso Nómar era todo sencillez, al que no le dolían prendas para autotitularse como chamán por una prestigiosa universidad centroamericana que, curiosamente, tenía una reputación tan dudosa como desconocida, salvo para él, como era lógico.

Tras aquella sorprendente campaña de marketing, adelantada a su tiempo, sin duda, junto con el buen don de gentes y la tremenda seguridad de la que hacía gala, fue calando fácilmente entre los vecinos y haciendo amigos de manera exponencial, convirtiéndose en poco tiempo en un personaje del que todo el mundo había oído hablar.

El alquiler de su casa, donde pasaba consulta, en un inmueble con una antigüedad superior al medio siglo de vida, tenía dos consecuencias lógicas: el resto de propietarios pertenecían a la tercera edad y lo normal es que surgieran, con frecuencia, desperfectos, pequeñas roturas u operaciones de mantenimiento de las viejas viviendas. Un caldo de cultivo para alguien como Nómar, en cuyo largo currículo laboral se encontraba el haber pasado por empresas de albañilería, fontanería, carpintería y algún que otro oficio. Todo ello, unido a su habilidad por los trabajos manuales y a su buena predisposición, le abrió las puertas de todos sus vecinos casi al mismo tiempo que consiguió su amistad y confianza, hasta el punto de no saber qué fue antes para ellos, si lo de chamán o lo de solucionador.

En cualquier caso, el bueno de Nómar fue dándose a conocer poco a poco entre la gente, bien por su afición runnera, bien por sus habilidades de hombre para todo o bien por ese perfil más exotérico que le permitía conectar con el más allá e incluso ser capaz de ver el futuro más cercano, aconsejando en temas laborales, amorosos y financieros… acepta esa oferta de trabajo, no vuelvas a ver a ese hombre o invierte en acciones de corte tecnológico… eran algunos de los numerosos consejos que manejaba, con la maestría de quien se ha movido en todo tipo de sectores.

Nadie sabía más allá de lo que él contaba de sí mismo, de ahí que imaginar de dónde venía o quién era en realidad fueran respuestas de difícil solución. Aun así, tampoco era eso algo que preocupase a quien le conocía, porque nadie lo juzgaba, nadie se preguntaba y todos aceptaban lo que veían y como tal lo querían. Quizá porque pocas veces uno tiene la posibilidad de cruzarse con un chamán en su camino y aunque fuera tachado de charlatán por unos pocos, la verdad es que era de esas personas que siempre ayudan y suman. De esas que generan buena armonía y positivismo, fruto de sus dotes mágicas o de esa aura que todos recibimos al nacer, unos con más suerte y otro con menos. En su caso, le tocó ser afortunado, sin duda.

Eran algo más de dos años los que le separaban de entrar en la década de los cuarenta, cuando decidió ir a correr a aquella ciudad, por primera vez. Su elección de tomar la salida en una carrera tan modesta como la que allí organizaban fue algo completamente casual; acababa de comenzar la primavera y aprovechando unos días de descanso había elegido viajar para conocer algunos de los pueblos de aquella comarca del sur. En ese conocer se enteró de la prueba y fiel a su costumbre de descubrir nuevos lugares de la manera que mejor le gustaba, se apuntó a ella.

No supo explicarlo, pero algo le atrajo de aquella ciudad; fue como un amor a primera vista. Sentía que su etapa, al otro lado de la Península, estaba agotada y allí abajo percibió una bocanada de aire fresco como hacía tiempo que no sentía. Fue un volver a empezar, un renacer. Así, no lo pensó dos veces y al cruzar la línea de meta ya tenía la decisión tomada.

Tres semanas y dos visitas a pisos en alquiler más tarde, fue más que suficiente para empezar de nuevo. Disponía de bastante dinero ahorrado como parar pasar varios meses sin tener ingresos, por lo que eso no era algo que le preocupase. Aun así, su economía apenas se vio resentida y diez días después ya estaba recibiendo a sus primeros clientes: Anselmo y Damiana. Un matrimonio septuagenario con el que compartía el rellano de la tercera planta. El arreglo de un cortocircuito en el tostador le sirvió para darse cuenta del retrato que presidía el largo pasillo de la casa de los viejos. Adela, la única hija del matrimonio, perdió la vida al ser atropellada hacía dos décadas y Nómar los ayudó a ponerse en contacto con ella y despedirse como siempre habían querido hacer.

Aquella consulta fue lo más parecido al inicio de una carrera de fondo, que despegó con un ritmo lento, pero firme y seguro. El boca a boca hizo su efecto y cada aparición en pantalón corto y zapatillas ayudó para acrecentar su popularidad entre otro tipo de público, concretamente el de corte más joven y deportivo. Entre ellos caló por la alimentación, planes de entrenamiento y hábitos saludables.

Pero no quedó ahí la cosa, ya que su lado más irreverente y descarado se dejó sentir cuando frecuentaba el ambiente de la noche, en los días previos al fin de semana. La jungla que allí conoció fue bien distinta a las dos anteriores y en ella manejó otras cuestiones menos formales, pero no menos importantes y necesarias, como las que combinan sustancias de dudosa legalidad, alcohol y favores de corte sexual, capaces de ruborizar a cualquiera.

En definitiva, Nómar se situó en una posición tan privilegiada como peligrosa y su nivel de popularidad creció de manera progresiva hasta hacerse tan sólida como las zancadas que daban sus piernas cada día al salir a correr. Cuatro años fue tiempo más que suficiente para dejar testimonios, experiencias, amistades y anécdotas capaces de situarlo en la conversación de cualquiera.

Era querido, respetado y en cierta medida admirado, sin embargo, el conocido chamán pecaba de algo tan inusual como estúpido: necesitaba tener la sensación de pasar desapercibido, pero sin embargo buscaba protagonismo; añoraba el anonimato y perseguía el populismo. Un contrasentido, una tendencia contrapuesta que lo llevaba a ir de una ciudad a otra tras varios años coqueteando con esas dos sensaciones.

Los episodios de ansiedad se hacían más acusados cuanto mayor era su notoriedad y los capítulos de pánico eran más agudos cada vez que volvía a ser prácticamente invisible. Su vida era un continuo carrusel, un subibaja interminable, en el que le aterrorizaba el compromiso casi tanto como la falta de afecto.

Todo se desarrollaba siguiendo el mismo patrón que repetía desde que voló de su Santa Cruz querida, cuando apenas había cumplido los veinticinco años, y habría terminado con la etapa en aquella ciudad de no haber sido por un encuentro tan casual como inesperado. Fue durante la organización del medio maratón de la ciudad. Aquella carrera solía contar con la participación de mucha gente de fuera y tenía decidido que esa sería su última aparición antes de volar a otro lugar. Sin embargo, el destino le jugó una mala pasada o quizá le devolvió aquello de lo que llevaba huyendo desde hacía tanto tiempo…

– ¿Ramón?, ¿eres tú? –escuchó decir a su espalda, sintiendo el tacto de un mano en su hombro derecho.

– ¿Miguel?, ¡Miguel!, pero ¿qué haces tú aquí? –preguntó con asombro, nada más girarse.

– Pues de esta guisa, ¿tú qué crees? A correr, igual que tú… estás fantástico –le respondió.

– Mu…chas gracias, tú también estás es…tupendo, parece que no ha pasa…do el tiempo por ti –balbuceó, entrecortando sus palabras.

– ¡Cuánto tiempo!… ¿veinte años? –le preguntó, se preguntó Miguel, en voz alta.

La megafonía anunció la cuenta atrás que marcaba el inicio de la prueba, interrumpiendo de súbito la conversación y por primera vez en muchos años volvió a sentir un escalofrío recorriendo su espalda, pese a encontrarse a pocas semanas de la llegada de la estación estival.

Miguel y él habían sido compañeros de colegio y habían compartido muchos buenos momentos de infancia, adolescencia y juventud, en sus años en la isla, pero los sentimientos separaron sus caminos por no saber aceptar la llamada de un amor que parecía incompatible con la amistad y con su educación. Miguel formó una familia, que tardó once años en naufragar, para acallar el recuerdo de una relación que jamás existió y Ramón puso tierra y agua de por medio para intentar, así, no mirar atrás.

Ramón rechazó de pleno su voz interior e intentó buscar en conocimientos del más allá explicación o refugio del vacío que le llenaba. Eso lo llevó a dar tumbos en la búsqueda inconsciente de aquel muchacho del que huía; todo era una contradicción, a pesar de mostrar la madurez y el equilibrio de un hombre tan interesante como atractivo, en cuyo interior jamás había dejado entrar a nadie.

Tras el esfuerzo de los veintiún kilómetros Miguel y Ramón volvieron a coincidir en la línea de meta y sin saberlo, pero sin dudarlo, comenzaron el camino que habían interrumpido tiempo atrás. Miguel dejó la isla y Ramón dejó de escapar para volver a ser, en la intimidad, Ramón Teguise, nacido en Santa Cruz de Tenerife, el chamán que vino del otro lado… o más bien, Nómar de la Cruz, el chamán que logró encontrar el camino de vuelta para llegar a ese lado del que venía.

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El chamán

¿Acaso importa lo que somos o lo que aparentamos cuando realmente no somos capaces de reconocernos? Nómar, como chamán, ayudaba a encontrar respuestas, sanaba y aconsejaba a cualquiera, aunque fuese incapaz de ver la realidad de él mismo, de Ramón. Si te ha gustado este relato breve, compártelo. Muchas gracias.

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