El malasombra de la Línea 8

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Ser un malasombra no es algo que salte a la vista, no es algo así como ser rubio o moreno, alto o bajo, o tener los ojos de un color u otro, no, ni muchos menos. Ser un malasombra es un rasgo que no descubres hasta que tratas con el individuo en cuestión, cuando este abre la boca o suelta por ella alguna perla que te hace caer en la cuenta de ello. Sí, ser un malasombra no es algo que seamos capaces de ver a las primeras de cambio, pero cuando lo descubrimos ya no queda ningún tipo de duda.

Un malasombra nace, a pesar de que haya indicios que nos hagan pensar que el devenir de la vida pueda agriar en mayor o menor medida el carácter o la personalidad del individuo. El malasombra lo lleva en la genética, es parte de su ADN y más allá de lo que se puede creer, no pondrá empeño alguno en disimular o intentar aparentar lo que no es.

Es un espécimen que no responde a un patrón determinado, la probabilidad de encontrarnos con uno no está demostrada y no hay estudios que avalen si estos son más abundantes entre un sexo u otro, si se reconocen con mayor claridad en una edad determinada o si existe un nivel cultural o social en el que se concentre una mayor densidad. No, el malasombra camina por la vida sin un patrón determinado y podemos considerar que pululan entre nosotros como uno más, aunque a veces seamos incapaces de reconocerlos a las primeras de cambio.

Un malasombra puede resultar antipático, quizá algo malhumorado, con escasa o nula empatía, amigo de pocas palabras, de semblante serio y con algo que es muy de agradecer: jamás fingirá para intentar aparentar lo que no es. Al malasombra, una vez descubierto, se le ve venir, no te defraudará y jamás recibirás de él una palabra amable que te consuele en momentos en los que necesites un brazo sobre el hombro. Él no está para eso.

Beltrán, que así era como rezaba el bordado que se podía leer en el lado derecho de la camisa de su uniforme, era un malasombra de libro, de los de manual, de esos que salen a la plaza con la fuerza y el empuje del toro bravo, dispuesto a darlo todo y a dejar bien claro quién manda sobre la arena y con quien vamos a tratar. Conductor de la Línea 8 de autobús desde hacía más de cuarenta años, era el más veterano de los empleados de la compañía sentados al volante; un profesional como la copa de un pino, que amaba su profesión tanto como la detestaba y que tenía en su autobús el bien más preciado.

Conocía como la palma de su mano el itinerario de la línea que cubría; fue el conductor elegido cuando se abrió esa nueva ruta, allá por finales de los ochenta y desde entonces no había cambiado. La rotación de los recorridos era una constante entre los trabajadores de la plantilla, menos para Beltrán, que era algo así como un símbolo de aquella Línea 8. Cada cruce, cada semáforo, cada curva, los establecimientos a un lado y a otro de los nueve kilómetros que media el circuito urbano que recorría, nada de ello quedaba fuera de su conocimiento y como un perfecto autómata habría sido capaz de realizar todo el trayecto con los ojos cerrados.

Era eficaz, trabajador, celoso de sus obligaciones, defensor de sus derechos y un aval de servicio ejemplar para la compañía. Cuidaba y mimaba su vehículo como ninguno, manteniéndolo como un palmito, sin dolerle prendas en emplear casi una hora cada día en mantener pulcramente el interior del autobús: limpiaba uno a uno todos los asientos del autobús, fregaba el suelo e incluso los cristales. Era escrupuloso y delicado con la limpieza y le gustaba manifestar que el lugar en el que uno trabajaba debía estar más limpio que su propia casa, no en vano pasaba casi más horas sentado allí que en su hogar.

Cuando Beltrán era el chófer del urbano en el que te ibas a subir sabías que debías llevar el bonobus preparado, si ibas a pagar en metálico debías hacerlo con el billete que menos cambio precisase, no podías ir comiendo nada con lo que pudiera ensuciarse el autobús, los olores, los malos olores, en especial el de tabaco, era motivo para dejarte en tierra y los animales de compañía estaban complemente prohibidos si era él quien conducía…

– ¿Ha visto usted que esto sea un vehículo de transporte de animales?, esto es un servicio público de personas, de PER-SO-NAS, coja usted un taxi o vaya caminando, aquí hay más usuarios y si todos vinieran con su perrito esto terminaría siendo lo más parecido a una perrera –le soltó a una mujer de media edad, que ante la incredulidad de sus palabras fue incapaz de reaccionar mientras las puertas automáticas se cerraban en sus narices… y en el hocico de Perla, su Chihuahua.

– Dile a tu amigo del pendiente que se encienda otro cigarro mientras espera el siguiente autobús, aquí no se sube nadie que apeste a tabaco, pero qué os habéis creído, ¿que esto es una taberna? Aquí se huele a limpio, los malos humos los pongo yo y nadie más, así que la próxima vez se deje el cigarro en la oreja y le prenda fuego una vez que se baje de aquí… jodida juventud, con la mierda del tabaco –le recriminó a un grupo de dos chicas y un chico, que le dedicaron un buen número de insultos e improperios tras reanudar la marcha y dejarlos en tierra sin ningún tipo de miramientos.

– Pero caballero, esto es un autobús urbano, no una oficina del Banco de España, ¿cómo pretende pagarme el viaje con un billete de cincuenta? Anda, vaya usted por cambio y coja el siguiente urbano; solo son veinte minutos y mientras va y viene lo tiene ya en la parada… sáquese un bono o pague con tarjeta, pero Alain Delon con un billete de ¡¡cincuenta!! Ande, ande, baje usted y no me haga tapón, venga –sermoneó a un franchute que acaba de llegar a la ciudad esa misma mañana, quien por la falta de destreza con el idioma fue incapaz de decir ni mu.

– Dame la bolsa de patatas, guapa, cuando bajes me la pides o si no te quedas sentada en la parada comiéndotelas, esperando el siguiente autobús… a ver cuándo os enteráis que esto no es un comedor, ni el coche de vuestro padre; si él os deja comer en su coche, adelante, pero en mi autobús nada de nada, o qué queréis, que esto termine como un estercolero después de todo un día subiendo y bajando gente comiendo… claro, y ya de paso me traigo una nevera y os sirvo unos refrescos –solía decir cada vez que alguien intentaba subir consumiendo algún alimento.

– A ver, tú, el de la sudadera de rayas, deja el sitio a esta señora, es que no ves que si pego un frenazo va a terminar sentada aquí conmigo, encima de la caja de cambios… ¿dónde están los modales y el respeto? Las personas mayores no viajar de pie y los jóvenes, que tenéis las piernas y los brazos bien fuertes, podéis asiros a las barras –solía decir en hora punta, cuando más abarrotado iba el autobús y día sí y día también se repetía la misma escena.

Pero Beltrán no era solo un malasombra para sus clientes, ni mucho menos, para él, como el perfecto profesional que era, debía hacer su carrera de manera precisa, pasando por cada parada cumpliendo de manera estricta el horario y siempre ofreciendo el mejor servicio que se podía esperar. Era un garante del trabajo bien hecho. Quizá con poca amabilidad, es cierto, pero cuando era él el conductor todos sabían que jamás llegarían tarde a tu destino.

Como todo conductor de autobús, sin tener en cuenta lo malasombra que uno fuese, odiaba las horas punta y las mañanas eran la prueba de fuego para mantener templados unos nervios que solían saltar por los aires…

– Señora, el Ceda el Paso, es que no ha visto el Ceda el Paso; si lleva usted prisa debería haber salido antes de casa… es que no ve que aquí hay mucha más gente que usted que también van a trabajar o al instituto y también tienen que llegar a su hora… y yo tengo que llevarlas a esa hora… apártese de en medio –y hacía sonar el claxon con todas sus ganas: piiiiiiiiii, piiiiiiiiiiiiiiiiii.

– Nos faltaba también ahora el carril bici… me cago en Perico Delgado y en Miguel Induráin, ¿pero qué mierda de moda es esa de querer que todo el mundo vaya en bicicleta? ¿Es que no se dan cuenta que las bicicletas y los autobuses no podemos ir por el mismo carril?, es como querer meter en la misma jaula a un león y a un ratón, al final nos vamos a terminar comiendo alguno. Carril bici, sí, vale, está fenomenal… no contaminamos, es más sano y todas esas gaitas, pero cada uno debería ir por su sitio, no todos mezclados, que esto lo único que va a traer es algún disgusto… ¡¡Qué te vas a meter debajo de la rueda, Eddy Merckx!!, se ponen el casco, se suben a la bici y no tienen ni idea de las normas de tráfico, ¡¡Virgen Santa!! –espetaba a menudo, cada vez que algún ciclista despistado se cruzaba en su camino.

– Me faltaban también ahora los runners estos, otra moda que me río yo… no hay bastante con las bicicletas, también están los piraos estos que van corriendo a todas partes y encima te los pueden encontrar a todas horas, como si no tuvieran otra cosa que hacer. Iros al campo, hombre, o los parques y dejad la ciudad para los coches… miradlos, hasta en los semáforos no paran de moverse, como si se estuvieran meando. Si quieres correr, sube que yo te llevo… bueno, no, que seguro que echa un tufazo que me apesta el urbano. ¡Qué demonios le habrá dado a la gente con la tontería esa de correr! –mascullaba entre dientes, murmurando como un viejo renegón.

Ese era Beltrán, un malasombra de pocas palabras, entre las cuales no había lugar para la amabilidad, aunque en el fondo y pese a sus malas pulgas, era un tipo querido por su parroquia, esos a los que llevaba cada día de un lado a otro de la ciudad. Parroquia que, para él y aunque no lo dijera, era como parte de su familia a la que quería y, pese a su agrio carácter, quería y cuidaba. Quizá por eso, cuando algún forastero subía los dos escalones de acceso al autobús lo miraba de arriba abajo, radiografiándolo, manteniéndose a la defensiva, como si de un felino con su lomo erizado se tratase, esperando alguna reacción inesperada de aquel desconocido viajero.

– ¿A dónde va usted?, esta es la Línea 8… no pasa por Gran Vía; si quiere ir al Hospital debe coger la 5, pero si va al centro espere a la 2. Venga dígame, que no tengo toda la mañana y esta gente tiene prisa, vamos, ¿a dónde va? –ametrallaba al despistado viajero, que la mayoría de las veces volvía sobre sus pasos solo por no tener que aguantar las impertinencias de aquel chófer malasombra y sin saber realmente ya ni a dónde se dirigía.

Y así transcurría su jornada laboral, sentado al volante, dando vueltas y vueltas al mismo recorrido, con dos turnos diarios de cinco horas, acumulando horas extras para llevar un poco más de dinero a casa, donde le esperaba su Amparo, una buena mujer, aunque algo cortas luces, trabajadora y abnegada ama de casa que siempre se había matado en el cuidado de sus cuatro hijos y en el de él, como no podía ser de otra manera… hasta que fue de otra manera.

Los hijos casados dejaron todo el hogar para un matrimonio rendido a la rutina, como suele ocurrir cuando los años van cayendo sin darse cuenta, ejerciendo su peso sobre unos hombros que parecen estar hechos solo para trabajar, olvidándose con frecuencia de la importancia de dejar a un lado las obligaciones, y mirarse a los ojos, tan solo mirarse a los ojos.

Eso fue lo que le pasó a Beltrán, ser un malasombra no le había impedido formar una familia, pero su carácter y esa rutina le dieron un bofetón inesperado. Fue al entrar en casa, una noche otoñal de lunes, después de su jornada diaria de trabajo; sobre la mesa de la cocina se encontró una breve nota, junto a un plato de judías aderezadas con ajos y aceite, una pequeña tortilla de patatas, un chato de vino y un par de mandarinas. La nota decía así:

La casa está limpia, el uniforme de la semana está lavado y guardado en el armario, las mudas en los cajones de la mesilla de noche, como siempre, en el frigorífico tienes la comida para mañana y en el congelador la de toda la semana. Yo me voy, llevo seis meses hablándome con un viudo, conductor de autobús de largo recorrido. Quiero conocer otras ciudades, otros países. Se llama Miguel. Acuérdate de bajar la calefacción cuando te vayas a dormir. Adiós.

(Amparo)

Las judías estaban en su punto y la tortilla de patatas, a medio cuajar, como a él le gustaba. Cenó sin prisa, releyendo una y otra vez la nota manuscrita que estaba bajo las mandarinas, como si estas fueran un improvisado pisapapeles. Pese al shock de aquella nota durmió como un lirón, como si aquello no fuese con él, quizá porque sabía que tarde o temprano volvería a ser el amparo en el que se refugiaría su otra costilla.

Pero los días pasaron, la comida del congelador no dio para mucho más de una semana y el cajón de la mesilla se vació. Cada noche regresaba a casa con la esperanza de oler a cena recién hecha, nada más abrir la puerta, pero tan solo encontraba el rancio olor a humedad de una casa que no se ventilaba. Quizá mañana –pensaba en silencio; se duchaba y se marchaba a dormir. Aun siendo un malasombra, tenía sus sentimientos, quizá oxidados, quizá olvidados, pero en esos días aprendió, se dio cuenta, de la compañía que puede llegar a dar el silencio de una persona que a tu lado solo calla.

Las horas al volante lo mantenían distraído y allí era donde se volvía a sentir él mismo, dejando a un lado la mezcla de melancolía y rabia que le embargaba. Al frente del autobús derrochaba simpatía y repartía sus lecciones como leyes de manera gratuita, todo por el mismo precio que les valía llegar a su destino, pero con el cariñoso sermón que se ganada aquel cuya actitud o comportamiento chocaban con la manera de ser de Beltrán. Una manera de ser que nunca le había dado problemas, a pesar de su fama de malasombra, hasta un día…

Habían pasado tres semanas desde la marcha de Amparo; de nuevo volvía a ser lunes, llovía. Si algo podía superar a un lunes, era la lluvia y si encima se mezclaban ambas variables, el presagio de una gran jornada era casi una evidencia. Primero fue una señora con su hijo de poco más de siete años, después un jubilado; rondaban ya las once y media de la mañana…

– ¿Señora sabe que los auriculares en edades tempranas son el principal motivo de sordera entre los adultos del mañana?, por favor, quítele los cascos al niño y que oiga lo mismo que usted y que yo; además le ayudará a que no se encierre en su mundo y no sea un autómata más… vaya juventud que estamos haciendo –arengó sin ningún tipo de rubor antes la incredulidad de la madre que, asombrada, fue incapaz de responder y limitarse, tan solo, a pagar los dos billetes y pegar un tirón a los cascos del chico, que la miró con cara de desconcierto.

– Abuelo, por el amor de Dios, sacuda usted bien el paraguas antes de subir, no se da cuenta que si no va a mojar a todo el mundo y el suelo va a terminar hecho una pista de patinaje… solo faltaría esta mañana que se me resbalase algún pasajero y termine la carrera en el hospital –increpó a un despistado jubilado, que accedió, sin rechistar a hacer lo que Beltrán le dijo de viva voz.

El abuelo en cuestión resultó ser un Coronel retirado del Ejército de Tierra, de esos de perfil al más puro estilo del antiguo régimen y al que nadie le había tosido en su vida. Cerró su paraguas y a continuación lo sacudió con todas sus fuerzas, subió al autobús, sacó las monedas para pagar su billete y cuando recibió el cambio le asestó un paraguazo en todo lo alto de la cabeza a Beltrán, que lo dejó petrificado, no solo por el factor sorpresa de una reacción que no esperaba, ya que en todos sus años de profesión jamás había recibido la contestación de cliente alguno, sino también por el fuerte dolor que le produjo en su sesera.

El choque de aquellos dos viejos trenes terminó con ambos rodando por el suelo del autobús, peleándose a brazo partido como si de quinceañeros se tratase, ante la estupefacta mirada de viajeros y transeúntes, que asomaban sus cabezas por los huecos que dejaban las puertas abiertas, incrédulos ante el vociferío que salía del interior de autobús.

– Me cago en los yayoflautas y en todos los jubilados amargados –protestaba Beltrán.

– Un hombre del Ejército jamás se doblega ante nada, ni ante nadie y le voy a meter a usted hasta en el bordado ese de la camisa baratera que lleva… será insolente, maleducado… malasombra –pronunció con honda solemnidad y le volvió a arrear con el paraguas, que seguía asido a su mano derecha y del que no se había despojado, pese a haber perdido la verticalidad.

El altercado soliviantó los ánimos del resto de los viajeros, que de forma contagiosa tomaron parte en la pelea; los familiarizados con el cariño provocado por el roce diario, se decantaron por su querido malasombra, y los otros, identificados por el bochorno que siempre les suponía tener que aguantar los malos modales de aquel malhumorado conductor, salieron en defensa del militar en la reserva… no importó edad, sexo o razón social, y como si de una tumultuosa pelea de gallos se tratase empezaron a repartirse empujones, insultos, puñetazos, arañazos y todo tipo de agresiones físicas y verbales.

Algo más de cinco minutos duró la escena; ese fue el tiempo que tardaron un par de agentes de la Policía Local en intervenir alentados por los aspavientos de peatones, transeúntes y curiosos, que asistían hipnotizados a la batalla campal que se libraba en el interior del vehículo de transporte, que se mecía en su parada lo mismo que un paso de la Semana Santa sevillana a hombros de sus fervientes costaleros.

Hizo falta cuatro policías más y casi media hora para calmar los ánimos de los presentes, que se encrespaban con una mirada o con cualquier palabra mal dicha o mal entendida. El jubilado terminó dejando un escrito en la hoja de reclamaciones de la empresa de transporte, por la rotura de su paraguas y por el trato humillante recibido por parte de aquel malasombra, y Beltrán terminó en el centro sanitario de la mutua de salud, atendido para darle dos puntos en la brecha de su cabeza, producida por un accidente laboral.

La dirección de la empresa le podía haber impuesto a Beltrán una sanción ejemplar, pero pesó su larga trayectoria y la eficiencia de su trabajo, por lo que optaron tan solo por mandarlo ese día para casa, suspendido de empleo y sueldo. El anciano recibió todo tipo de disculpas y un bono para que viajase de manera gratuita en la compañía de transporte durante todo un año, en compensación por las molestias del desagradable incidente sufrido.

Cansado, dolorido y desorientado pasó todo el día deambulando de un lado para otro, tan solo para retrasar la hora de llegada a casa. Sabía que nada le esperaba, que nada encontraría y alargó su caminar hasta poco después del anochecer. Al entrar en casa olió de nuevo a judías y a tortilla de patatas. Cerró la puerta con el corazón acelerado y al darse la vuelta vio la figura de Amparo, que asomaba a través de la puerta de la cocina, bañada por el haz blanco de los tubos fluorescentes; callada, lo miraba… callado, la miró. Se acercó hasta ella y la abrazó.

Tres semanas más tarde y unos nueve mil kilómetros después había regresado, ansiosa por hacerle de nuevo la cena, así como doblar y guardar toda la ropa en sus cajones. También echaba de menos volver a recibir el calor de hombre que su entrepierna ansiaba, cansada de aquel viudo que había pasado todas las noches llorando por su difunda, mientras ella se aferraba a una almohada fría, vacía de pasión.

Ella supo que aun siendo un malasombra no encontraría a nadie como él y él supo que, pese a las cortas miras de esta, no daría con una mujer que lo cuidase como ella. A la mañana siguiente él volvió a llegar antes que nadie al parque, para mimar a su mecánico compañero de viaje y ella, mientras planchaba camisas blancas con su nombre bordado, volvió a fantasear con viajes lejanos, ávida de conocer mundo, aunque sabía jamás se alejaría de la sombra, de la mala sombra de su querido Beltrán.

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El malasombra de la Línea 8

Ser un malasombra quizá no sea, a priori, la mejor carta de presentación, pero en el fondo todos tenemos alguna luz que puede iluminar nuestra figura. Si te ha gustado este post, compártelo. Muchas gracias.

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