El valor de las cosas o tiempo de cerezas y picotas

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Hace tiempo escuché decir o leí, no recuerdo bien, que las cosas no tienen el valor que a ellas les marcan, sino más bien el valor que nosotros les concedamos. Estoy refiriéndome, claro está, a ese valor sentimental, intangible, que le otorgamos a las cosas materiales. Sin embargo, no es ese tipo de valor al que hoy me voy a referir, sino más bien al otro, al de la pela, ese que marca el precio de lo que compramos o vendemos. Empecemos…

Andaba yo el pasado sábado realizando mi habitual paseo por el mercado de verano, con la necesidad de comprar unas piezas de fruta y algo de frutos secos para el fin de semana (el pasto seco, de toda la vida), cuando llegado al puesto donde cada año compro los afamados y riquísimos melocotones de Cieza me detuve y aguardé con paciencia a que me tocase mi turno.

Un turno el de estos mercadillos, todo sea dicho de paso, que no precisa de número, ni tan siquiera de pedir la vez, ya que basta con mirar a tu alrededor para saber, como si por arte de magia se tratase, cuándo te tocará ser despachado. Porque esa es otra, en los puestos de mercado no te atienden, te despachan… pero vayamos al grano, que me desvío del tema.

Frente a mí, en la zona del puesto donde me detuve y de izquierda a derecha, había un buen puñado de frutas y verduras:

peras ercolinas, ciruelas negras, plátanos, melocotones, chatos, cerezas y picotas, melocotones de nuevo, sandías, naranjas, tomates, cebollas, patatas…

– Nena, ¿a cómo tienes las picotas? –preguntó la señora que había a mi diestra, a una de las chicas que atendían. Pregunta del todo innecesaria, porque cada diferente montón de fruta tenía un cartel manuscrito donde rezaba su precio.

– Estas cerezas son a 3,50 euros el medio kilo, las picotas a 4,50 el medio kilo y luego están también estas otras cerezas a 5,00 el kilo y estas picotas a 3,50 el kilo –le explicó la joven casi sin respirar, como si de una metralleta se tratase, fruto de ritmo frenético que llevaba.

– ¿Cuáles están mejores? –dijo la clienta, dejando caer la pregunta con toda su alma y con una cachaza que solo atesora una compradora experimentada, curtida en todo ese tipo de lides.

– Todas están buenas, señora, pero estas están más dulces y estas tienen un calibre mayor –le respondió la chica, señalando las cerezas y picotas de mayor precio¿Quiere probarlas? –ofreció amable la vendedora, extendiendo su mano con un par de piezas de cada fruta.

– No hace falta hija, si a mí no me gustan mucho, son para mi marido… Miguel, ¿de cuáles quieres? –le dijo volviéndose hacia su cónyuge, que con otras bolsas de compra aguardaba callado tras ella.

– Las picotas esas, las gordas, tienen buena pinta –le respondió casi entre dientes.

– Vale –respondió sin prestar la menor atención y señalando a las piezas más pequeñas y baratas le indicó – Mira, me vas a poner medio kilo de las picotas esas, las de allá, las de 3,50 el kilo… pero dámelas gordas y que no estén picadas… coge, coge de las de arriba, que las de abajo están más estropeadas –hablaba y hablaba la buena señora y claro, yo miraba y me preguntaba cómo demonios iba a darle la muchacha picotas gordas de ese montón que había elegido, si su tamaño recordaba más al de las olivas de cuquillo… o casi.

Media docena de plátanos, un kilo de melocotones (pequeños, pero de los buenos, claro) y un puñado de ciruelas después, se marchó la buena mujer, con su dócil marido escoltándole los pasos y asistiendo de manera mecánica con su cabeza a cada una sus palabras.

Cinco minutos más tarde y con una bolsa en la que llevaba un par de kilos de melocotones emulé a la señora referida, dejando el paso libre a los nuevos clientes que esperaban, más o menos cercanos, su turno de atención.

Callado, no solo por el uso de la mascarilla, que le quita a uno las ganas de hablar, sino porque iba ensimismado en mis pensamientos, me convencí de esa manía tantas veces repetida de querer engañarnos o convencernos (que también puede ser) a nosotros mismos del porqué de una elección u otra y del porqué si nos gusta lo bueno, a veces nos cuesta tanto pagarlo o, mejor dicho, aceptarlo.

Está claro que la diferencia de precio entre dos productos iguales, salvo error o malintencionado abuso del vendedor, se debe a que por mucho que puedan ser casi iguales estos no lo son, de ahí que el valor de ambos no sea el mismo, ni mucho menos. Sin embargo, no resulta de extrañar que exista esa lícita, pero inexplicable pretensión de querer lo que no podemos o no queremos pagar, claro está.

Y así, con ese tole tole me fui mercado arriba y después mercado abajo, sin nada más que comprar, salvo el puñado de almendras saladas y pistachos que compraría al salir en el puesto de mi amigo Felipe, tan sólo por el placer de caminar entre la gente, contagiándome con sus comportamientos, los de vendedores y compradores que, como si de una película se tratase, representan a la perfección el papel que cada uno tenía.

Al final, me dije, todo es cuestión de prioridades o de preferencias y poco o nada tiene el valor que se le pone a las cosas si nosotros no estamos dispuestos a pagarlo, porque a buen seguro que encontraremos suficientes argumentos como para inclinar la balanza de un lado u otro, guardándonos las manos en nuestros bolsillos o sacándolas, prestos, para adquirir aquello que sí estemos dispuestos a pagar, valga lo que valga.

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El valor de las cosas

Hoy os dejado esta especie de episodio costumbrista donde la importancia del mismo radica en el valor del dinero y de cómo marca y establece cuan caro o barato puede resultar algo, no ya por su precio en sí, sino por lo que estemos dispuestos a pagar. Y tú, ¿dónde crees que está el valor de las cosas, en su calidad o nuestra necesidad, en nuestra voluntad? Si te ha gustado este post, compártelo. Muchas gracias.

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