Emociones de una vida de ida y vuelta… emociones

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Quité las luces y detuve el motor de mi viejo Focus. Calé el gorro hasta cubrirme las orejas, abrí la puerta y el bofetón del frío de la mañana me dejó medio helado. Se olía a tierra mojada por la lluvia caída durante la noche anterior y sentí como la humedad comenzó a trepar con descaro por mis tobillos. El vaho que salía de mi boca representaba la evidencia de la baja temperatura reinante y la tenue claridad de la mañana apenas dibujaba tímidas sombras a los pies de los pinos que me cubrían… emociones.

Guardé la llave de contacto en el bolsillo de mi cortavientos, me puse los guantes y pulsé el botón del cronómetro. Comencé a caminar, con todo el día por despertar. El sonido de mis pasos al contacto con la gravilla pretendía restar protagonismo al murmullo de los pájaros al despertar. El cielo pintaba de un azul casi blanco, los pinos lo hacían de un verde apagado y la tierra, ahora blanca, ahora marrón, ahora roja… emociones.

Volvía a verme con ella, me esperaba al girar una curva del camino. Caminaba con la mirada puesta en mis pies y al levantar la vista allí estaba, callada soledad. Compañera de tantos kilómetros, confidente de tantos silencios, testigo de tantos pensamientos, mientras mis piernas corrían, mientras mis deseos soñabanemociones.

Una noticia inesperada, el abrazo de un viejo amigo, los versos de un poema, el final de una película, el susurro de una guitarra, el olor del mar, una caricia, un llanto, un grito, una risa, la vida y la muerte: todas son una misma emoción maquillada de mil maneras, disfrazada de otros tantos vestidos… solo emociones.

Burdos ejemplos, todos ellos, capaces de provocar en nuestro cuerpo la reacción que desencadena ese escalofrío que nos recorre de arriba abajo, despertando cada poro de él, como si de repente los devolviesen a la vida. Emociones, alimento que mantiene vivo a un cuerpo estremecido por una electricidad de bajo voltaje incapaz de electrocutar, pero sí de enganchar… emociones.

Nacemos ajenos a todo, sin saber que provocamos con ello una inmensa explosión de emociones a nuestro alrededor y ajenos también, sin llegar a abrir los ojos, buscamos el primer sustento que alimente nuestro minúsculo cuerpo. Acabamos de aterrizar en esta vida, llegamos hambrientos de alimento y de ganas por saber, sin saberlo, qué es eso que llevábamos nueve meses escuchando ahí fuera, a través del núcleo que nos albergaba, que nos alimentaba.

Todo a nuestro alrededor es un bombardeo constante: luces, sonidos, olores, no entendemos nada, no sabemos qué es todo esto que nos rodea, no sabemos dónde nos hallamos, ni de quién es ese cuerpo en el que respiramos, pero no importa… nuestro corazón sigue latiendo y el alimento nos sigue saciando. Dormimos la mayoría del tiempo, vivimos.

Y de repente, un día, descubrimos el amanecer, la puesta de sol, la lluvia en primavera, el vertiginoso vuelo de las golondrinas, la risa de un payaso, el llanto del niño que ya no somos, el lamento de una madre herida, la ovación cerrada de un teatro, la sirena de una ambulancia, el sabor de un aliento, el olor de una mirada… te tambaleas, miras a un lado y a otro y eres el que parece explotar, todo a tu alrededor parece querer ser parte de ti y tú, sin saber por qué dejas de existir, dejas de vivir. Morimos.

Mis pasos habían seguido caminando, sin descanso, en su remonte constante, ascendiendo para tocar el cielo y tener toda la ciudad a sus pies. El sol se apoyaba sobre el horizonte, con sus ojos aún entreabiertos, en esa línea que baña un mar de agua menor y un campo que solo tiene ojos para mirar hacia élemociones.

Quise echar a correr, romper mis barreras, detener el tiempo, matar el pasado, ignorar el futuro y correr, solo correr. Miré las altas antenas que coronaban la atalaya sobre la que me hallaba, como testigos de ese tiempo que pasa, incansable, a pesar de nuestros intentos por matarlo en tantos y tantos momentos… emociones.

Ay del que sea capaz de contagiar emociones, afortunado aquel que provoque sensaciones y elegido quien consiga estremecer una piel… o quizá no sea así, quizá no… quizá todo esté en nosotros, es nuestra capacidad, en nuestra habilidad, por desarrollar sensorialmente la virtud de erizarnos, de girarnos sobre sí mismos, de tocar el cielo, de ser incapaces de contener las lágrimas o la risa, incapaces de disimular el rubor de nuestra mejilla o el frío en nuestra espalda… ojalá todos supiéramos sentir.

Hace tiempo escuché decir que la piel es de quien la consigue erizar, pero disiento de ello, porque el tiempo, el paso del tiempo, me ha enseñado que esa piel es realmente de uno mismo, siempre que tenga conciencia de ella y logre, cada día, vivir y morir con todo aquello que le rodea, en esta vida de ida y vuelta.

El ascenso fue descenso, el horizonte de nuevo se perdió entre pinos y mis pasos recorrieron el camino de regreso, con el sol a mi espalda, el cielo sobre mi cabeza y la tierra… olía a mojada, por la lluvia caída durante la noche anterior y pies la pisaban… emociones.

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Emociones de ida y vuelta

 

Esta entrada bien podía haber sido una más de la familia de “Lo que pienso mientras corro”, pero esa mañana no corrí, tan solo caminé, aunque ello no impidió que mi cuerpo y mi mente se llenasen de emociones. Anímate, para ti, ¿dónde están las emociones? Y si te ha gustado este post, compártelo. Muchas gracias.

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