Entre pesos, masas, kilos, gramos… y almas

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Fue hace unos días… una mañana más, después de ducharme y completamente desnudo, me subí sobre la vítrea superficie de mi báscula y clavé la vista en las cifras digitales que comenzaron a cambiar, de manera ascendente y vertiginosa, hasta detenerse en apenas unos segundos en los dos guarismos que indicaban mi peso actual… Vaya –pensé… no hay manera de sacarme los dos kilos que me han cogido cariño.

Ese pequeño aumento de peso se debe, sin duda, a la pérdida de mi rutina runnera y cómo el no correr no solo me ha hecho incrementar ese peso, sino también ha cambiado parte de mi físico. Sí, vale, reconozco que dos kilos no es un cambio significativo y soy consciente también que mi estilo de vida, donde no falta el ejercicio físico, no puede conducirme a un físico que diste mucho de ese que conservaba cuando salía a correr cinco o seis días por semana, pero notarlo lo noto, vaya si lo noto.

Me bajé del peso y mientras me vestía, me vino a la mente un soliloquio que me acompañó casi durante toda la jornada, concretamente en esos momentos en los que las obligaciones laborales me lo permitieron. Esta vez la cosa va de peso, aunque en realidad sería más correcto decir que la cosa va de masa, por eso, antes de perderme en palabras, conviene dejar clara la sutil diferencia entre peso y masa.

La masa es una magnitud física y expresa la cantidad de materia que tiene un cuerpo, siendo su unidad de medida el kilogramo; por lo tanto, puedo decir que es una unidad con entidad absoluta (las cosas tienen la masa que tienen y punto, eso es así de sencillo), pero también tiene ese carácter relativo, como del de cualquier unidad, que la hace ser mayor o menor, tener más o menos importancia, por el mero hecho de la comparación.

Dicho eso, si tenemos en cuenta ahora que el peso es en realidad la fuerza con la que la Tierra atrae a un cuerpo y que su unidad de medida, por lo tanto, es el Newton, se ve una sutil diferencia entre un concepto y otro, y a pesar de que deberíamos decir “tengo una masa de…”, en vez de “tengo un peso de…”, voy a seguir la forma de hablar coloquial, esa a la que estamos acostumbrados, y voy a referirme al peso como si de masa se tratara, por aquello de entendernos mucho mejor y porque, demonios, no estamos en clase de física, ni esto es un blog de ciencia.

Hecha esa pequeña aclaración y volviendo al penúltimo párrafo y a ese carácter relativo, coincidiréis conmigo en lo importante o no que pueden resultar apenas unos gramos, según a lo que nos estemos refiriendo. Así, por ejemplo, el peso de las alas de una mariposa es insignificante, pero imprescindible para que el insecto pueda volar y sencillamente vivir, sin embargo, el mastodóntico peso de un elefante no le concede una especial habilidad o cualidad a ese mamífero, más allá de ser parte de su fisionomía, ¿verdad?

De la misma manera, no es comparable, monetariamente hablando, el coste económico entre alimentos, algunos de los cuales se adquieren por gramos, mientras que otros de echan a la cesta de la compra por kilos. La diferencia entre unos y otros no solo radica en la manera de recolección, sino también en la abundancia de los mismos y en la cantidad que es precisa de ellos para su consumo, de ahí que jamás será comparable el precio de un gramo de azafrán de pelo y el de un kilo de patatas, por ejemplo.

Son dos ejemplos burdos, pero significativos de esa sutil diferencia y de cuán relativo puede ser el peso. Dejando ahora el mundo animal y los alimentos, otra clara diferencia de la importancia que pueden llegar a tener unos gramos de más, la tenemos en el mundo del deporte, concretamente en la ropa deportiva y los complementos que utilizan los deportistas de disciplinas en las que se persigue arañar segundos al cronómetro y en esos otros deportes en los que la lucha por el tiempo pasa a un segundo plano, siendo fundamental, en estos casos, la destreza y la técnica para superar al contrario.

Para atletas, ciclistas, nadadores, remeros o esquiadores, por ejemplo, los gramos de sus trajes deportivos son un pequeño lastre, que unido a su poderío físico le permitirán conseguir menores tiempos y por lo tanto un mejor resultado; sin embargo, para aquellos practicantes de deportes colectivos, como el fútbol, baloncesto, balonmano, rugby u otros, el peso de sus prendas importa, pero no determina, ni mucho menos, el que sea una garantía para vencer al rival que tienen enfrente.

Recuerdo, cuando lo de correr era algo diario y mi forma física estaba por las nubes, que a la hora de comprar unas nuevas zapatillas el peso de estas era fundamental. Bastaba con sostener en las manos dos o tres modelos distintos para apreciar una diferencia que más tarde, a la hora de salir a dar zancadas, influiría en el ritmo del kilómetro. Por supuesto, ni que decir tiene, que en mi armario siempre había dos tipos de zapatillas, unas denominadas normales para el día a día y rodajes largos, y otras más ligeras y rápidas para entrenamientos de calidad y carreras cortas. Y se notaba, vaya que si se notaba la diferencia de peso entre una y otra.

Sí, amigos míos, el peso importa y mucho, por eso me vais a permitir que me tome una pequeña licencia para terminar esta primera entrada del año al referirme a aquellas otras cosas en las que el peso, sin poner cuantificarse, es fundamental para eso que a mí me gusta denominar como el alimento del alma. Me refiero a eso que necesitamos a diario, eso que no se ve, porque no se puede medir, pero que pesa… y pesa mucho. Hablo de:

Los gramos que pesan una sonrisa, un abrazo, un beso o una caricia; los gramos que pesan una preocupación, una alegría, una sorpresa o una decepción; los gramos que pesan un grito, un susurro, un piropo o un insulto; los gramos que pesan la confianza, la amistad, el respeto o el cariño; los gramos que pesan un recuerdo, un sueño, una ilusión o unas simples ganas; los gramos que pesan la compañía, la tristeza, la soledad o la indiferencia; los gramos que pesan un “lo siento”, un “te espero”, un “te ayudo” o un “te quiero”; esos gramos

Esos que no vemos iluminados en el display de ninguna báscula, esos que no se miden en cantidades pequeñas ni grandes, pero que siempre tienen el mismo precio: nada o todo. Esos son los que de verdad importan, esos que se quedan en nuestro cuerpo, en nuestra alma y que por mucho que la alimentemos siempre tendrá el mismo peso, pero no la misma vida.

Nuestra alma, esa que dicen que tan solo pesa 21 gramos y que dejan de estar en nuestro cuerpo cuando fallecemos…. 21 gramos, tan solo 21 gramos. Creo que esos son verdaderamente los gramos más valiosos que tenemos, esos que un día el milagro de la vida nos concedió y tenemos la obligación de alimentar, de mimar, en definitiva, de cuidar hasta ese momento en el que dejemos de tenerlos y vuelen, con el alma, a otro mundo, otra vida, otra dimensión, otra realidad o simplemente se transforme en parte de una luz imaginaria donde se unan todas las almas, manteniendo viva una vida que jamás alcanzaremos a comprender.

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Entre pesos, masas, kilos, gramos… almas

Esta ha sido mi particular madera de deciros FELIZ AÑO NUEVO, FELIZ 2020… tenemos por delante 366 días con mucho peso, con muchos gramos y por supuesto, con muchos motivos para alimentar nuestra alma, ¿vamos? Anímate y deja tu punto de vista y si te ha gustado este post, compártelo. Muchas gracias.

2 comentarios a Entre pesos, masas, kilos, gramos… y almas

  • Antonio  dice:

    Si importante es cuidar el cuerpo, mucho mejor cuidar el peso del alma.

    • Paco Molina  dice:

      ¡Hola, Antonio! Todo un honor contar con tu comentario, muchas gracias. Sí, creo que muchas veces nos empeñamos en cuidar nuestra imagen, esa con la que mostramos a los demás lo que somos y cómo somos, olvidando que mucho más importante es cuidar nuestro interior, ese que tan solo nosotros vemos pero con el que llegamos a quienes nos rodean, queramos o no. En nuestra alma está nuestro mayor peso.

      Muchas gracias, de nuevo, Antonio… aquí tienes tu rincón. Un lujo contar contigo.
      Un fuerte abrazo.

      Paco.-

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