Estímulos

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Un estímulo es todo aquello capaz de hacernos poner en marcha, por lo tanto, podemos considerarlo como algo que nos activa y nos hace funcionar. Si desviamos un segundo la atención para echar un vistazo a nuestro Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, veremos que entre las tres entradas que emplea para definir qué es un estímulo, recoge una que viene a decir precisamente eso:

     1. – Agente físico, químico, mecánico, etc., que desencadena una reacción funcional en un organismo,

     2. – Cosa que estimula a obrar o funcionar,

     3. – Vara con punta de hierro de lo boyeros.

Los estímulos pueden tener un carácter voluntario o involuntario, dependiendo lógicamente de su origen y en ambos casos son como ese pinchazo en el trasero, que nos hace dar un brinco y reaccionar. Los hay de naturaleza muy variada, dependiendo del agente o el medio que los origine y todos tienen en común esa cualidad que los hacer ser precisamente eso, un estímulo.

Así, si atendemos a los agentes capaces de provocarnos un estímulo, podemos encontrarnos aquellos cuyo vehículo pueden ser: palabras, imágenes, sonidos, acontecimientos y en general todo aquello capaz de hacer reaccionar de manera espontánea e incontrolada a alguno de nuestros sentidos…

Palabras como las de un padre a su hijo, como las de un profesor a su alumno, como las de un entrenador a su jugador, como las de un amigo, las de un hermano, en definitiva, como las de alguien a quien le importamos…

Imágenes como las del triunfo de un ídolo, como las del maltrato a un indefenso, como las de la conquista de un sueño, como las de la pérdida de un ser querido, como las de una sorpresa jamás imaginada…

Sonidos como los del llanto de un niño, como el del pitido de un tren, como el de la sirena de una ambulancia, como el de las notas de una canción olvidada, como el del zumbido de un mosquito, como el de la explosión de una bomba…

Acontecimientos como un desengaño amoroso, como una catástrofe medioambiental, como una grave enfermedad, como la revelación de un secreto, como el retorno de un amigo olvidado…

Pequeños, diferentes ejemplos, que pueden hacer saltar por los aires nuestro momentáneo estado emocional, encontrando en la respuesta, el resultado del estímulo que nos ha hecho reaccionar. Algo tan sencillo como debería ser el citado pinchazo en el trasero y el respingo esperado al mismo. Sin embargo, por desgracia, no siempre ocurre así y con frecuencia se repiten los casos en los que los estímulos son incapaces de hacer reaccionar, por sí solos, a aquellos que los perciben.

Son esos casos en los que el bloqueo emocional, la pérdida de confianza, la baja autoestima, la ausencia de esperanza o la apatía generalizada, se apoderan del estado psíquico de una persona, convirtiéndola en un simple e inútil pelele. ¿Qué hacer en esos casos?, ¿cómo conseguir la respuesta esperada? Ojalá supiera mostrar el vehículo que llevase a la contestación de esa pregunta, pero en ocasiones las ganas no son suficiente para ello y al final únicamente queda una reacción estéril.

En mis cortas luces siempre he creído que en el deporte podemos encontrar el aliado perfecto capaz de ayudarnos en cualquier contratiempo que se nos presente, incluido ese bajonazo emocional que nos tenga aletargados o casi postrados. La práctica de cualquier disciplina deportiva, en general y de aquella con carácter individual, en particular, se puede convertir en el mejor aliado. Como estáis pensado, correr encaja a la perfección con ese carácter particular, no ya solo por el hecho de la práctica deportiva en sí, sino también por tener en sí mismo la capacidad de superación de manera personal, al no tratarse de un deporte colectivo.

Quizá por eso, por esas, por esas cortas luces, ando por ahí intentando contagiar ese espíritu, esas ganas por correr, confiando que este bendito deporte sea el aliado perfecto que llene la vida de estímulos, que sirva para dar el respingo en los casos necesarios, que ayude para motivarse a quien lo necesite, que sea el motivo para darse cuenta de lo que somos capaces de hacer cuando la voluntad y la razón se dan la mano, y caminan juntas en la misma dirección y el mismo sentido.

La vida precisa de estímulos, pero quizá estos no siempre lleguen cuando esperamos o cuando necesitamos, por eso también tal vez sea necesario que salgamos fuera y busquemos o nos ayudemos de aquello que nos estimule, nos anime y nos haga reaccionar o simplemente continuar, porque también, a veces, hasta precisemos de un simple estímulo para continuar, tan solo continuar.

Correr aúna muchos de esos agentes capaces de generar un estímulo culpable de darnos brío, porque colma y salpica a todos los sentidos, incluso al de la razón, siendo capaz de convertirse en algo más que un deporte, en un modo de vida… por eso, si no lo has practicado nunca o si eres un asiduo a eso de ponerte las zapatillas y salir a dar zancadas, permíteme que te deje este consejo:

estimúlate, corre.

Y recuerda que los estímulos son como las especies en las comidas, esas que las dotan de sabor, unas veces más o menos picantes y otras veces más o menos dulces, pero siempre poniendo el toque justo que precisa cada bocado para que nuestro paladar nunca deje de estimular sus sentidos y disfrutar del placer de comer… del placer de vivir.

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¿Hasta dónde consideras fundamental la importancia de esos estímulos que condimenten nuestra vida? ¿Compartes conmigo esa teoría sobre el vehículo perfecto que correr puede convertirse para ello? Deja tu punto de vista y si te ha gustado o estimulado este post, compártelo. Muchas gracias.

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