Ganar o perder: una cuestión de confianza

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Estamos enseñando a ganar, cuando deberíamos enseñar a perder. Porque sencillamente, ocurre más…

Ese es un fragmento de una entrevista que leí, hace apenas unos días, del gran Pedro Delgado. En ella hablaba de su experiencia profesional, como deportista, y de la importancia que debería tener enseñar a perder, ya que estamos creando una sociedad donde solo sirve ser un número uno.

Sí, creo que lleva razón el bueno de Perico al hacer esa afirmación y basta con detenernos un momento y mirar a nuestro alrededor, para comprobar con absoluta certeza el error, el tremendo error, que estamos cometiendo al sentar las bases de nuestras futuras generaciones en las que ser el ganador, parece ser el principal objetivo.

Sin embargo, creo que el error va un poquito más allá de la obtención, de la búsqueda, de un vencedor, el error está simplemente en no poner la mirada sobre algo tan sencillo e importante como es el estar. El tomar parte, el formar parte, en definitiva, el ser parte.

Todos hemos escuchado, incluso hasta me atrevería a decir que también hemos dicho en alguna ocasión, aquello de lo importante es participar. Era y es, la manera más socorrida de enjugar ese cierto regusto o tufillo que resulta tras no haber logrado el propósito de ser el ganador. Es el consuelo.

Es sin embargo ese consuelo o ese conformismo el que puede resultar pernicioso para nuestra salud mental, y más en concreto para nuestra confianza, si lo convertimos en la justificación de nuestros logros fallidos, que no diré fracasos… entonces, parece como si no tuviésemos que perseguir ser los mejores, pero al mismo tiempo tampoco conformarnos con no serlo:

¿En qué quedamos, qué explicación tiene este doble pensamiento?

Muy sencillo, debemos esforzarnos para ser los mejores, poner nuestro empeño en aquello que tomemos parte, pero nuestra satisfacción no estará únicamente en la obtención del reconocimiento que concede el triunfo, sino en la satisfacción de habernos entregado a ello. Por lo tanto, ganar resulta importante, pero no tanto como ser honestos con nosotros mismos, con nuestra capacidad de superación y con nuestro afán por ser un poquito mejor. Eso último sí es determinante. Determinante y abstracto, pensaréis.

Lo que no es abstracto en un triunfo, en un primer puesto, es la mejor puntuación o el menor tiempo, porque son variables medibles, cuantificables, que nos dicen si hemos sido los mejores o no, sin embargo, ¿de qué vale esa mejor puntuación cuando nuestros rivales son inferiores a nosotros?, ¿qué satisfacción precede a una victoria conseguida con la gorra, dicho vulgarmente? Yo no sé a vosotros, pero para mí sería algo así como tomarme mi cerveza favorita totalmente caliente… ¡puaj! En esos casos lo material, lo cuantificable, no alimenta nuestra confianza.

Volvamos ahora al inicio, a la reflexión del ciclista segoviano, entonces ¿educamos para ganar o educamos para perder? En mi modesta opinión, la respuesta no está en ninguna de esas dos posibilidades, la solución está en educar en la confianza del individuo, en enseñar que el esfuerzo es el único camino para lograr lo que deseamos y que el trabajo es la representación visible de ese esfuerzo. Debemos educar en la excelencia del individuo, pero concediéndoles el conocimiento del desencanto o el desánimo que lleva aparejada la no obtención de lo que se pretende conseguir, sin que ello represente un fracaso.

Y en todo ese torbellino de ganar o perder, de ser el mejor o de dar lo mejor, tan solo debemos hacerles comprender que el rival más duro, al que de verdad deben batir no es el que tienen frente a ellos o a su lado, sino aquel que duerme dentro de su propio interior. Deben saber que ellos son su mayor rival, el más duro o el más débil. Ellos son los únicos capaces de elegir su nivel de exigencia, su capacidad de superación y solo así mismo deben aprender a marcarse cuál es el nivel de satisfacción.

Es una teoría, una filosofía o simplemente un punto de vista, el mío. Surgido, madurado con el paso de los años y fundamentado en el cambio físico y mental que he experimentado con los cientos, miles de kilómetros, que mis piernas han corrido durante las casi dos décadas que llevo amando este deporte. Sí, correr me ha enseñado…

a dar lo mejor de mí, a descubrir que puedo ganar sin ser el primero en cruzar la línea meta y a saber que solo pierdo cuando no me comprometo conmigo mismo.

Tal vez por eso, hace tiempo que dejé de darle importancia a ganar o a perder y sí se la di, en cambio, a la confianza que debe tener cada uno en sí mismo. Confianza y autoconocimiento, para que esta lo lleve a dar lo mejor de sí mismo, pero siempre desde la objetividad, desde la sensatez y cómo no, desde la cordura.

Por todo ello, cosecha victorias o derrotas, no dejes de hacerlo, pero no te emborraches con las primeras, ni te decepciones con las segundas, y recuerda que sea la suerte que corras nada como hacer de la confianza tu mejor aliada.

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Ni ganar, ni perder… CONFIANZA

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