Juanín

post juanín

Hijo único de una familia cualquiera del barrio más humilde de la ciudad, con un padre pintor de brocha gorda de mañanas y sacristán de tardes, y una madre que se pasaba el día de casa en casa, sirviendo como empleada de hogar. Juanín llegó cuando el matrimonio había perdido toda esperanza de tener descendencia y aquella era una época en la que, si la madre naturaleza no obraba el milagro, no había medios de inseminación artificiales a los que confiarles el deseo de ser padres.

Unos padres con tez morenota, rechonchos, cuellicortos y de hueso gordo, parieron un crío delgado como un espárrago, nariz aguileña y rubio como el trigo, que con apenas siete años ya superaba en altura a sus dos progenitores, a los que les echaba sus brazos por los hombros para caminar a su lado. Un caminar que era más bien un correr, porque si había algo que le encantaba al bueno de Juanín era eso de correr de un lado para otro, sin orden ni concierto, todo eran idas y venidas, y súplicas de su madre para que parara quieto de una vez…

Juanín, deja ya de correr, muchacho, que te vas a caer… no cruces la carretera hasta que yo llegue… Juanín, Juanín, ven acá pacá, ¡qué hartazón! Y venga correr –vociferaba en plena calle, sin importarle en absoluto que llamara o no la atención.

Y Juanín, unas veces corría haciendo la moto, corría relinchando en otras ocasiones y tampoco era extraño verlo moviendo sus brazos como sin condujese un coche de Fórmula 1. Parecía como si sus larguiruchas piernas no supiesen hacer otra cosa y corría, corría y corría… de camino al colegio y durante la vuelta a casa, cada vez que iba a por el pan, al volver de tirar la bolsa de basura e incluso cuando salía de misa, mientras su madre hablaba con alguna de las vecinas; sus piernas no respondían a voluntad alguna y sin poder evitarlo corrían sin parar.

En los recreos, no era extraño verlo dando vueltas alrededor del patio, entre bocado que iba y bocado que venía al bocadillo del almuerzo, mientras esquivaba al resto de alumnos y compañeros, tan acostumbrados a sus correndillas que ya ni reparaban en él. Si en clase de gimnasia terminaban jugando al fútbol, su equipo siempre contaba con él como un jugador de más, para que corriera a sus anchas por la pista, sin importarle lo más mínimo que no le pasasen el balón… y si había un gol, se abrazaba con sus compañeros y vuelta a empezar en cuanto sacaban de centro.

De adolescente, tuvo la oportunidad de salir un año como penitente en la Procesión de Domingo de Ramos, en sustitución de un vecino al que la mala pata le rompió la ídem, justo la tarde antes. Túnica planchada, puntillas de las mangas almidonadas, sandalias a estrenar y unas medias de ganchillo bordadas que terminaron hechas un ovillo en los tobillos de Juanín, que apenas aguantó veinte minutos de orden y solemnidad. Ese fue el tiempo que necesitó el Mayordomo de su Paso para darse cuenta que si no lo invitaba a salir terminaría corriendo por en medio de la comitiva nazarena, al ver las muestras más que evidentes de su inquietud y el baile de su rosario, provocado por el ajetreo de sus piernas bajo la tela verde aceituna… cuando llegó de recogida a la Iglesia, empapado en sudor, farol en mano y mirada satisfecha, era casi a la hora del cierre del templo y su madre, resignada, lo esperaba con un pastel de carne y un botellín de agua del tiempo.

– Estarás contento, qué bochorno, todo el mundo hablando de ti y yo esperando verte pasar por cualquier calle para haberte parado; anda toma, come, que tendrás hambre –le dijo.

– La gente me preguntaba si llegaba tarde a la Procesión o si es que sucedía algo y la habían suspendido… parecía que llevaba la antorcha de los Juegos Olímpicos y con el brazo bien alto iluminaba por encima de todas las cabezas. Era como un corredor de la Grecia Clásica, llevando noticias desde Maratón… qué bueno está el pastelico, madre –contestó con la boca llena, al tiempo que le daba un trago de agua a la botella.

Y así fue pasando el tiempo, entre anécdotas y situaciones pintorescas, hasta esperpénticas, como la escena de verlo correr entre las tumbas durante el entierro de la Matilde, su única tía materna…

– Hermana, este hijo tuyo, porque tuyo es, que yo te ayudé a parirlo en esta misma casa, no sé de dónde lo has sacado o, mejor dicho, de quien te preñaste, porque del bobo de tu Paco no es, eso seguro; además de tener un culo de mal asiento que desespera y de ser casi tan alto como un olmo, el tontaina no sabe hacer otra cosa que correr… y el caso que tonto del tó no es, pero que lo parece, vaya que si lo parece. Verás, van a estar enterrándote y él corriendo, te lo digo yo –vaticinaba a menudo la Matilde, como si de una sentencia se tratase y que estuvo muy cercana a la realidad, salvo por lo de que fuera precisamente con su cuerpo aún caliente, cuando eso de correr entre las tumbas y nichos se produjo.

Como bien decía la difunta Matilde, tonto no era el bueno de Juanín, sino todo lo contrario y desde bien niño destacó por unas notas modélicas y una capacidad de raciocinio muy por encima del resto de la clase. El caso es que parecía que tenía que destacar, bien por su inteligencia o por la extraña e incontrolable manía de correr una vez que ponía el pie en la calle; sin embargo, las dos cosas eran involuntarias y brotaban de él como si de un manantial se tratase, a borbotones.

Con semejante carta de presentación, sus padres se preguntaban si algún día se cruzaría con alguna chica que tuviera paciencia suficiente como para estar a su lado.

– No sé dónde la encontrará, pero seguro que en la calle no, porque no será capaz ni de verla pasar, con tanta carrera… pero no sufras, que con alguna dará, mujer, aunque no sé cuándo córcholis se le va a quitar esa manía suya –decía el padre, sin conseguir espantar la ansiedad de su mujer.

Sin imaginarlo, en aquella ridícula manía de niño se encontraba plantada una semilla que tardaría muchos años en germinar y mientras tanto tuvo tiempo de sobra para formarse académicamente en sociología, informática y ciencias del deporte.

– Pero, ¿cuántas carreras vas a hacer hijo mío?, ¿es que no te cansas de estudiar? ¿Es que no hay ninguna chica que te guste? –repetía a menudo, con inquietud, su madre.

Y así pasó el tiempo y los años Juanín, entre estudios y una soltería que bien podría haber abandonado con alguna que otra muchacha a la que habló, de no haber sido porque ninguna fue capaz de soportar su incontrolable deseo por correr. Atrás quedó la juventud y tras ella dio comienzo su madurez, solo, sin dama con la que compartir intimidades y sin descubrir el placer que conceden otro tipo de corridas, que no de carreras.

Corrió por los veintitantos, por los treintitantos y durante la decena de los cuarenta vivió sorprendido el auge de un deporte que él llevaba practicando sin tener la más remota idea. Había llegado su momento y a partir de entonces pasó de ser un bicho raro a convertirse en el espejo donde mirarse tantos como empezaban a atarse unas zapatillas por primera vez.

Tenía el físico, la experiencia de toda una vida corriendo sin parar y un don natural casi único, por lo que tan sólo hubo de aprender y conocer todo el circo que comenzó a crecer alrededor de aquel deporte y poco a poco convertirse en aquello para lo que, sin saberlo, había nacido; un gurú de la actividad física con más adeptos del planeta: el running.

Las marcas de prendas deportivas se lo rifaban, las revistas especializadas suspiraban por contar con un artículo suyo entre sus páginas cada semana y hasta en las grandes pruebas que comenzaron a organizarse por todo el país era invitado como reclamo y motivación de los corredores populares. Todo el mundo conocía a Juanín y él que lo sabía, se subió a la nube de la fama y decidió crecer sin mesura, pero sin locura.

Junto a ese boom deportivo se produjo el despegue imparable de las redes sociales y Juanín, como buen sociólogo, supo ofrecer lo que la gente esperaba. Creó, ni más ni menos, el primer canal de televisión de la Web sólo para runners, donde se podían encontrar consejos, ejercicios, alimentación, crónicas, entrevistas y un sinfín de contenidos, que de la noche a la mañana lo hizo contar con millones de visitas diarias.

El dinero empezó a entrar por todos lados, sus padres, ya ancianos y más pequeños que nunca, asistían desde su casa de entonces, en el barrio de siempre, tan emocionados como incrédulos al éxito de su hijo…

– Ya sólo falta que se nos case, Paco, ¿te imaginas? –preguntó la anciana a su esposo, mientras lo veían en la pantalla del televisor, sentados en la sala de estar, al calor del brasero eléctrico que se refugiaba bajo las faldetas de la mesa de camilla.

Y se casó, vaya si se casó, pero no lo hizo con ninguna de las atractivas corredoras que se arrimaban a él con intenciones que no dejaban ver con claridad si era por su adinerada fama o por puro romanticismo. La chica fue una periodista a la que conoció durante la entrevista que esta le hizo por ser elegido como deportista popular del año; ella, cinco años más joven y en silla de ruedas por una poliomielitis mal diagnosticada y peor tratada, tenía todo lo que él necesitaba: unos ojos del color cambiante del sol, como jamás había visto y una serenidad que casaban a la perfección con el ímpetu de unas piernas incansables.

– Quiero verte amanecer y atardecer, desde la atalaya de tu mirada y a cambio te ofrezco empujarte conmigo a través de caminos y paisajes que jamás hayas imaginado, mientras yo corra y tú me guíes. Yo seré tus piernas y tú mis ojos –le dijo él.

– Empieza a mover esta silla, por favor, ¡vámonos! –le pidió ella.

*     *     *     *     *

Juanín había confiado en su instinto sin saber por qué y desde que nació le prestó la atención que necesitaba, sin importar nada más. Quizá fue la suerte, quizá fue el destino o quizá fue sólo un sueño, porque al despertar volvió a ver a su anciana madre sentada a su lado y junto a la cama la silla de ruedas que le acompañaba desde la tarde que, con apenas doce años, cruzó la calle sin mirar. Entonces, cerró los ojos de nuevo y se dejó llevar…

post juanín

Juanín

Sueño o realidad, un recurso tantas veces utilizado y que en esta ocasión me ha servido para dar el protagonismo a Juanín y acercaros a su historia… quizá real o quizá imaginada. Si te ha gustado este post, compártelo. Muchas gracias.

2 comentarios a Juanín

  • Loles Millán  dice:

    ¡Ay! ¡Que casi te veo corriendo de chicuelo! ¡Qué bien lo has recreado! Me ha encantado. Un abrazo Paco

    • Paco Molina  dice:

      Jajajajajaja, muchas gracias, Loles. Es todo un honor tenerte por este rincón y contar con un comentario tuyo, vaya que sí. De manera consciente o no, creo que cuando escribimos dejamos grabados detalles personales en mayor o menor medida. Es cierto que si no en todo, hay algún que otro guiño a esa infancia que un día tuve y de la que, pese a tenerla cada vez más lejos en el tiempo, siempre me sentiré unido.

      Un abrazo enorme… y aquí tienes tu hueco, para cada vez que así lo desees.
      Besos.

      Paco.-

Deja una respuesta

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.