Juego de palabras… [A ciegas]

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Lo de contar palabras y kilómetros (escribir y correr) son dos aficiones bien distintas, pero que miradas de cierta manera tienen hasta su parecido, ya que en ambos casos son una práctica que depende de uno mismo, con posibilidad de entregarte a ella en cualquier momento, ayudándote a llegar muy lejos en la distancia, ya sea de modo real o imaginado.

No obstante, y pese a su naturaleza solitaria, lo de ponerlas en práctica en compañía te da la posibilidad de llegar, sin darte cuenta, un poquito más lejos, pero sobre todo te facilita hacerlo de una manera diferente, puesto que esa compañía te ayudará a sentir y a ver el camino de un modo complementario al propio.

Como aficionado a correr, cientos de kilómetros han sido los que he recorrido en compañía, más o menos numerosa, más o menos ruidosa y muchos más los que espero queden por compartir el día de mañana, sin embargo, si de escribir hablamos, nunca había compartido palabras a la hora de imaginar una historia… nunca hasta esta vez.

Fue a primeros de febrero cuando, tras varios meses, me atreví a proponer a una amiga virtual de Twitter la posibilidad de entregarnos a un juego de palabras en el que ambos y de manera totalmente libre nos lanzásemos a escribir una historia sin tener la más remota idea de hasta dónde nos llevaría, ni qué nos depararía.

Tan sólo unas pequeñas reglas: acotar el número de palabras máximo en cada entrega a unas 150-200 unidades, con un vocabulario y una libertad máxima, donde el envío de los textos fuera mediante correo electrónico y por último, sin un tiempo límite para responder, ya que la idea era que se tratara de un juego, no de una obligación.

El impulso que me hizo elegir a esta amiga en concreto se debió a la lectura periódica que hacía y hago de su blog, el cual nutre de textos de extensión irregular, profundos, sentidos, espontáneos y todos salpicados de un halo enigmático y atrayente, no exentos de frescura y originalidad. Da gusto leerla y por ello me pregunté si quizá se atrevería a jugar con las palabras y así darme, darnos, la oportunidad de sentir cómo podría ser eso de recorrer un camino de palabas en compañía.

Dicho y hecho, de aquella propuesta nace el relato que comienzo a compartir hoy y que en sucesivas entradas dejaré a lo largo de las siguientes cuatro semanas… pero, antes de nada, debo presentar a esa amable amiga que aceptó jugar con las palabras:

Apenas sé de ella (y aunque lo supiera tampoco lo compartiría, puesto que eso de la intimidad y la privacidad de cada uno debe ser precisamente eso, cosa de cada uno), sin embargo, sí que os dejo la posibilidad de saber dónde podéis leerla, a través de Blog y cuál es su perfil de Twitter, por si sois de la red social del pajarito.

Poco más que añadir, tan sólo deciros el reto que supuso que dos personas desconocidas nos uniéramos por una misma afición (escribir) y la satisfacción que el resultado nos dejó a ambos. Ahora es vuestro momento, el momento de leer este juego de palabras y de decir, una vez concluido, qué os ha parecido y si esta cita A ciegas ha merecido la pena.

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A ciegas

[I]

Aquella estúpida idea le parecía una auténtica mamarrachada, sin embargo, allí estaba. Jamás se habría imaginado en esa situación, pero lo estaba; estaba a punto de tener su primera cita a ciegas.

– A mi edad –masculló.

Acababa de cumplir los sesenta y tenía un aspecto fantástico, envidiable para la mayoría de hombres de su edad, aunque él se negase a verlo de esa manera. El abandono de María hizo más acuciantes sus inseguridades y sólo el hecho de imaginarse a solas con una mujer lo ruborizaba. Ella siempre había llevado la delantera, no en vano fue quien se le declaró, quien lo llevó hasta el altar y la misma que después de cuatro décadas y tres hijas decidió darle esquinazo, la tarde de un martes cualquiera, de una primavera cualquiera.

– Siempre he odiado los martes –pensó al recordar aquel episodio, mientras comenzaba a sudar por la cita que estaba a punto de tener.

Jersey de cuello vuelto color gris marengo, vaqueros y unas zapatillas deportivas. Estaba irresistible, nada que ver con su falta de autoestima crónica.

– Papá, la vas a dejar de piedra –le dijo Sandra. Hija menor y culpable en primer grado de aquella locura.

Habían quedado en un restaurante de comida típica, de esos en que los turistas son mayoría y uno puede pasar por uno más.

-¿Y si no me gusta? ¿Y si le parezco mayor? ¿Y si voy excesivamente de sport? Y si…y si… demasiados ysis –respiró, comprobó por cuarta vez que tenía el móvil con carga.

Jesús, ni que fuera otra vez adolescente. Ni siquiera la conozco. Si algo he aprendido es que mejor una vez colorao que ciento amarillo. Ser claro, desde el principio, duele menos que la penumbra durante lo que se hace una eternidad.

Cogió una chaqueta ligera, las llaves y cerró un poco más animado.

Hacía fresco, pero a paso ligero casi tenía calor. Tal vez Sandra tenía razón. Era hora de empezar de nuevo.

Aunque iba en sus cosas tenía la impresión de haber visto al mismo turista varias veces. Era su cámara lo que hacía imposible que pasara desapercibido. Había muchos visitantes. Uno de ellos le paró. Él le acompañó a la siguiente bocacalle para explicarle mejor. Entonces volvió a verlo metiéndose en un portal y, más tarde, cómo le seguía a unos metros de distancia.

Su mente seguía preocupada por la cita con aquella desconocida, de la que tan sólo sabía que se llamaba Laura, era viuda, tenía cuarenta y cinco años, ojos marrones y trabajaba como técnico superior de un laboratorio de análisis medioambientales.

– Llego tarde, seguro –se dijo mirando su reloj de muñeca. Eran las once y media, aún faltaban treinta minutos para el encuentro. Tenía tiempo para relajarse y disfrutar del paseo, por lo que se dejó llevar por su carácter curioso y decidió prestar atención a ese turista que parecía estar en todos lados y que, de manera voluntaria o no, le estaba despertando cierta inquietud.

Pasó por delante de unos grandes almacenes, especializados en ropa deportiva y sin pensarlo entró en ellos. Era deportista habitual y ojear prendas y complementos relacionados con el ejercicio físico era una manera sencilla de matar el tiempo y al mismo tiempo le serviría para cerciorarse si aquel tipo también tenía interés por el deporte o había algo más.

– Hijo de… -dos minutos tan sólo había tardado en entrar. Ahí estaba de nuevo; aspecto de turista, aparentemente perdido, su NIKON colgada del cuello y la mirada escurridiza, ágil, como si buscara a alguien.

Si yo lo estuviera siguiendo, intentaría ser más discreto. Veamos cómo reacciona si lo miro abiertamente– pensó.

Buscó a un dependiente y le dijo que el señor de la cámara (y aprovechó para mirarle a la cara y señalarle) necesitaba ayuda. Mientras, él se dirigió a la salida.

Perdone, si necesita usted que le busque cualquier cosa –le pareció que le decían.

Siguió su camino mucho más relajado. Si Laura era como intuía, se reiría con la ocurrencia.

La ciudad estaba plagada de pequeños establecimientos que desplegaban una actividad frenética en los fogones camuflada por la aparente tranquilidad de los camareros. A esa hora era fácil verlos charlando con algún cliente conocido, la bandeja en alto o la mano en el mostrador, risueños. Aroma a café y tostadas junto a cañas de cerveza de los más madrugadores con su aperitivo tempranero. Pensó en Sandra.

– Esta niña siempre fue especial –y luego – ¡Vamos allá!

Se paró justo delante del Rosario, local donde habían quedado y volvió a mirar la hora, esta vez en la pantalla de su móvil. Faltaban cinco minutos para las doce, cinco minutos para conocer a Laura.

El Rosario siempre había sido su bar preferido, aunque hacía años que no lo frecuentaba. Era un bar ideal para tomar un buen desayuno, un rico aperitivo o hacer de la cena una deliciosa manera de terminar el día. Su gentío en las horas punta lo alejaba de ser un lugar tranquilo, pero a esa hora era ideal para tomar un exquisito café o un insuperable vermut.

Ni grande, ni pequeño, pulcramente cuidado, el Rosario mantenía el olor y el ambiente inconfundible de mediados de siglo, pero adaptado a los aires contemporáneos y con una materia prima que lo hacía ser un lugar gastronómico de referencia. Entró y se sentó en la mesa del fondo, mirando hacia la puerta y pegado a la ventana, para controlar así la entrada de quien pasara o estuviera a punto de entrar. Así jugaría a adivinar quién sería Laura.

– Póngame un vermut, mitad blanco y mitad rojo, por favor –le pidió al camarero. Eran las doce… pensaba.

[Continuará…]

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A ciegas (1ª parte)