Juegos de palabras

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Jugaban a buscar la palabra más bonita del mundo; habían escuchado en alguna emisora de radio que cada año se buscaba una palabra que fuera merecedora de ese enorme privilegio y como dos avezados jugadores se retaron a encontrar esa palabra que los pusiera de acuerdo y con la que satisfacer esa gramatical inquietud.

Ella se lanzó a la búsqueda por aquellas palabras cuyo significado denostaran precisamente eso: belleza, dulzura, sentimiento, amor; en definitiva, palabras que al pronunciar o escuchar le concedieran a uno hermosas y placenteras sensaciones, que transmitiesen buenrollismo, como le gustaba decir. Palabras como paz, amor, amistad, libertad, abrazar, mar, amanecer, soñar… se asomaron a su mente, como candidatas del juego que acababan de empezar.

Él, al contrario de ella, rebuscó en palabras cuya belleza se encontrase en sí mismas, sin importar cuál fuese su significado, aún a sabiendas que lo de separar palabra y significado iba a resultar una traba difícil de superar. Más allá de la lengua, en general, era un enamorado de la fonética y perseguía la caza de una palabra cuya pronunciación fuese merecedora de alzarse con el galardón que iban a conceder. Palabras como almohada, lluvia, arroyo, canoa, paladar, zahorí, jazmín, trompeta… quedaron escritas en un folio en blanco que había cogido.

No dejaba de resultar contradictorio que a pesar de su juventud se manejaran con tanta soltura y destreza entre las palabras, sobre todo porque lo habitual entre los chicos cercanos a la mayoría edad, como ellos, era verlos en actitudes y tareas poco didácticas, más despreocupadas y ociosas. Quizá fuera el hábito de lectura adquirido siendo niña, quizá fuera un carácter distinto al del resto de los chicos, enemigo de deportes y violencia, quizá fuesen otros motivos, pero eso apenas importaba y tan sólo cobraba protagonismo la búsqueda de esa palabra que les convenciese a ambos, como final de aquel divertido y motivador juego.

Ella siguió buceando entre palabras dulces, mullidas de significados y alimentos del alma, mientras él intentaba atrapar una palabra de porte elegante, atractiva al oído y que brillase por sí sola, aunque eso le obligase a dejarla huérfana de significado. No se habían dado un tiempo límite y tan pronto era ella la que decía alguna palabra que le parecía ganadora, como era él el que le garateaba su elegida en una cuartilla de papel… nada, lejos del consenso, reían, descartaban las palabras del otro y se afanaban en su estimulante búsqueda.

Dijeron más de una treintena de palabras cada uno, pero ninguna de ellas lograba poner el punto final de aquel divertido juego, que tan sólo servía para enmascarar el sentimiento de cariño que los dos chicos se profesaban. Compañeros de clase desde los primeros días de jardín de infancia, hasta aquellos días en los que el bachiller estaba a punto de quedar atrás, como una parada más en el viaje de su formación en el camino hacia un futuro laboral que los alejaría por primera vez.

Marketing y publicidad, en una universidad privada de la capital, la elección de ella; filología inglesa, en las islas británicas, el deseo que siempre había perseguido él. Dos rumbos diferentes, elegidos por vocación, a espaldas del afecto que los había tenido unidos casi tantos años como contaban ambos.

Sin darse cuenta habían pasado toda la tarde entretenidos en aquel divertido juego y la noche, pese a no querer interrumpirles, se les echó encima, borró el dibujo de las sombras y extendió su tapete de estrellas en el cielo.

– Jolines, ¿es que no vamos a encontrar esa palabra? –preguntó ella con cierto halo de derrota.

– Claro, yo te he dicho unas cuantas, pero es que no dejas de ponerle pegas a todas –respondió, fingiendo un repentino enfado.

– ¡Qué tonto!, y qué pasa, que las mías no cuentan, ¿verdad? ¡Qué morro tienes! –replicó entre risas.

– ¿Cuándo te vas al final para Madrid? –preguntó él.

– Este miércoles y tú, ¿cuándo desembarcas en Manchester? –fue el turno de ella.

– Dentro de dos semanas, aunque las clases no empiezan hasta final de mes, pero quiero irme antes y empezar a aclimatarme a las moquetas… Diossss, ¡qué grima me dan! –contestó haciendo una mueca de asco.

– Jajajajajaja, no seas viejuno, anda, eso era antes, en los años ochenta; seguro que la familia de acogida a la que vas es moderna y actual –le dijo convencida.

– Oye, ya está, ya la tengo… a ver qué te parece esta –y en la esquina de una de sus cuartillas, llenas de palabras, escribió: apapachar.

– Apa… ¿qué? Pero, ¿de dónde has sacado esa palabra? Te la acabas de inventar, seguro –le dijo completamente convencida.

– Que noooo, la descubrí hace unos meses por casualidad y me había olvidado de ella por completo. A-PA-PA-CHAR… no me digas que no es hermosa –le dijo con un entusiasmo que sus ojos no podían ocultar.

– ¿Apapachar? No suena mal, creo que cumple esa manía tuya de tener una rica sonoridad, pero vete tú a saber qué es lo que significa. Ya sabes que para que estemos de acuerdo debe haber concordancia entre estilo y significado –apuntó la chica, como recordatorio de las reglas no escritas que le habían puesto a aquel juego.

– Pues cuando te diga lo que significa creo que te va a gustar aún más, querida amiga –le dijo, convencido.

– Sorpréndeme o, mejor dicho, convénceme. Soy toda oídos –le pidió.

– Apapachar es dar una palmadita cariñosa o abrazo, pero no queda ahí, va mucho más allá de ese afectuoso gesto. Apapachar es una demostración de cariño, de amor, de cercanía, una manera de expresar, sin decirlo, que estás ahí, de preguntar qué necesitas, de asegurar que todo va a ir bien, de intentar comprender por qué lloras o por qué ríes, de animar a dejarlo pasar, de confesar que serías capaz de marcharte a otro planeta por él o por ella, de confiar en la otra persona, algo así como acariciar con el alma… ¿no sé si me explico? –concluyó.

– Me encanta esa palabra y te explicas perfectamente, por lo que creo que tu palabra es digna merecedora de recibir nuestro galardón como la palabra más bonita del mundo –dijo la chica, con una mezcla de sentimientos que le recorrían de arriba abajo.

– El premio a la palabra más bonita del mundo… en su primera edición, jajajajaja –apuntó con sorna, restándole así emoción al momento.

– Jajajajaja, qué tontuco eres… no, de primera edición nada, la vamos a dejar así, me gusta mucho, pero te propongo otro juego; en este caso no buscaremos palabras, sino sonidos, te propongo encontrar el sonido más bonito del mundo. ¿Qué te parece? –propuso la joven con entusiasmo.

– Buena idea, me parece una propuesta interesante… ¿quién empieza? –se apresuró a decir.

– De momento ninguno de los dos, es tarde y me están esperando en casa. No creo que nos volvamos a ver ya, con todos los preparativos y demás ajetreos lo voy a tener complicado, pero te propongo dejarlo para la próxima vez que nos veamos, así nos dará tiempo a pensarlo bien, ¿no crees? –dijo ella.

– Perfecto, es verdad, es tarde y creo que buscar sonidos, como la búsqueda que hemos hecho de las palabras, requiere su tiempo y su correspondiente intercambio de impresiones, por ambas partes –aceptó.

Se miraron en silencio, sin decirse nada, mientras en sus cabezas desfilaron decenas de imágenes juntos de los años pasados, al tiempo que un buen puñado de dudas les asaltaban de lo que les esperaba lejos de allí, lejos el uno del otro. No dijeron nada, tan sólo se dieron un abrazo y pronunciaron al unísono…

– ¡Apapachar!

*     *     *     *     *

Quizá no fuese la palabra más bonita del mundo, pero sin duda era la que mejor recogía un sentimiento compartido y eso los hizo estar de acuerdo en aquel juego de algo más que palabras. Ya tenían la palabra, ahora les esperaba un sonido

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Existen muchas las palabras dignas de convertirse en la más bonita del mundo y entre todas ellas una: apapachar. Y para ti, ¿cuál es la elegida? Si te ha gustado este relato corto, compártelo. Muchas gracias.

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