Junio y el fin de curso: una de notas, balances y resultados

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Si septiembre y enero son dos meses que representan el comienzo o el inicio del curso, del año o de muchos otros propósitos, junio y el inicio del verano representan la llegada a meta, el final de la temporada académica y también, deportivamente hablando, la finalización de las ligas de muchos deportes profesionales. Dicho de otra manera, con junio se pone punto final a muchos meses de trabajo y llega el momento de recoger el fruto de nuestro trabajo, la hora de lanzar las campanas al vuelo o de perderse en lamentaciones.

Sí, con junio toca hacer balance, analizar los resultados y empezar las vacaciones con las notas bajo del brazo, reflejo de nuestro esfuerzo, de nuestro acierto o de nuestro desacierto. Pero no todo acaba en junio, claro que no, de la misma manera como tampoco recibimos notas una, dos o tres veces al año, sino prácticamente a diario. Sin embargo, son esas notas y ese impasse de análisis veraniego lo que representa el punto de arranque de lo que esta semana ha estado rondando en mi cabeza.

Tal vez coincidáis conmigo en la importancia que, siendo niños, tenía para nosotros las calificaciones de esas notas, concretamente las de fin de curso. Nuestro mayor o menor éxito iba a asociado al número de sobresalientes, notables, bienes y suficientes (los insuficientes, ni nombrarlos, por Dios), de manera que cuanto mayor fuera el número de los primeros, mayor la sonrisa y el estado de satisfacción obtenido.

Solo el paso del tiempo y la llegada de una madurez inevitable, me enseñó que el verdadero valor del trabajo de todo un curso no radica en la cantidad, mayor o menor, de esas calificaciones, sino en el trabajo realizado en sí. Vale, de acuerdo, si a todo ese esfuerzo le acompañan unas buenas notas, el grado de satisfacción es completo, porque no hay más ingrato que el trabajo sin recompensa.

Sin embargo, el tiempo me ha enseñado que las mejores notas, más allá del valor cuantitativo de ellas, son las que se obtienen cuando en nuestro día a día hacemos gala de un comportamiento donde la capacidad de sacrificio, las ganas por alcanzar aquello que perseguimos y nuestra constancia y empeño se unen con la única y sana intención ser un poquito mejores para nosotros mismos.

Volviendo a aquellos años de infancia, se me hacía incomprensible entender por qué mi esfuerzo y empeño, puestos durante todo un curso, tan solo recibía la felicitación y el recordatorio de que aquello era únicamente mi obligación, sin regalos o agasajos que premiaran el trabajo refrendado en unas notas que aún recuerdo.

Solo el paso del tiempo (de nuevo el paso del tiempo) me ayudó a comprender que aquella lección era el mejor regalo que podía recibir, ya que había aprendido, sin darme cuenta, la importancia del trabajo sin descanso, la capacidad de levantarse si tropezamos y a ver, en nuestra propia satisfacción, el mejor de los frutos.

Tal vez por eso, hoy he dejado de concederle a las notas la misma importancia que yo mismo le daba entonces, contagiado sin duda por esa ansia infantil de querer destacar o ser el primero. Tal vez por eso, hoy premio el esfuerzo, ese al que tantas veces me refiero, premio el comportamiento, la actitud, los hábitos, la responsabilidad, la disciplina y la capacidad de asumir las obligaciones que tenemos.

Y todo eso vino a mi cabeza, entre fiestas de fin de curso y notas impresas en papel, con felicitaciones y recomendaciones para un largo verano, mientras de manera involuntaria me autocalificaba el aspecto deportivo, tras un curso que, sin tener final alguno, me empujaba a hacer un breve balance. Sí, hablo, cómo no, de correr… hasta aquí quería llegar.

Así, si atendiese al resultado obtenido en mi deporte del alma, tras los meses del curso escolar, las notas de mis calificaciones serían de un suspenso rotundo, ya que durante ese tiempo apenas he mantenido unos entrenamientos regulares, las salidas de calidad han brillado por su ausencia y mi punto de forma he sido incapaz de evitar su alejamiento de ese otro de tiempo atrás, en el que mi capacidad como corredor era muy distinta a la de hoy.

Sin embargo, detrás de esa mala, de esa pésima temporada, detrás de la pérdida de forma física y de encontrarme en unos ritmos y un volumen de kilómetros que ya no recordaba, no me considero suspendido como corredor, ya que en todo ese tiempo he trabajado por mantener mi tono muscular, he buscado alternativas con las que vencer mi limitación para correr y he cambiado mis hábitos con el único propósito de seguir sintiéndome corredor.

Ponerme un dorsal ha resultado una tarea imposible, volverme a sumergir en el ambiente de una carrera sigue siendo una meta y sentir el éxtasis y el cansancio después de vaciarme en una prueba es un dulce recuerdo. Pese a todo, sigo en la sombra, trabajando como si un nuevo examen me diese ese aprobado que, no por resultado sino por empeño, espero conseguir.

Si creyese solo en los resultados, en los buenos resultados, hace tiempo que habría tirado la toalla, porque mis notas no motivan, no acompañan, pero aquel niño que fui aprendió, aunque tarde, que el diploma se lo lleva aquel que no se rinde, aquel que continúa cada día, aquel que no busca el aplauso, ni el reconocimiento, sino su propia satisfacción.

Sí, junio ya ha pasado y tras él llegará septiembre, con su reválida salvadora para aquellos suspensos en conocimientos, pero incapaz de evaluar las cualidades que nos hacen verdaderamente válidos y capaces, ya que, pese a todo, siempre debe haber unos parámetros que medir y unas notas que así lo acrediten.

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Junio y las notas…

Y tú, desde un punto de vista deportivo, ¿cómo han sido este junio tus notas de fin de curso? ¿Hasta dónde concedes importancia a los resultados de ellas? Anímate, deja tu punto de vista y si te ha gustado este post, compártelo. Muchas gracias.

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