Kronos

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El cielo volvió a iluminarse una vez más, tal y como no había dejado de hacer desde la última media hora. El sonido provocado por los truenos era estremecedor y en cualquier momento parecía como si el mundo entero fuese a caer roto en mil pedazos sobre sus cabezas. Kronos lo miró, asustado, tembloroso, dejando asomar su pequeño hocico bajo la colcha que los cubría. Con el primer relámpago ya se había acurrucado junto a él.

– No temas, mañana saldremos a correr, amigo mío –le dijo acariciando su cabeza. Las previsiones de lluvias de los últimos días habían sido muy claras y por primera vez se había llegado al aviso de alerta roja en la zona, por las fuertes y abundantes lluvias que se esperaban, pero para él solo era una tormenta más.

– Venga duérmete, no tardará en pasar, al final no serán más de cuatro gotas… lo bueno de que hayan suspendido las clases es que no tendremos que madrugar para salir a echar nuestro ratico de carrera –le dijo, intentando tranquilizarlo.

Adrián no llegaba a los treinta y desde hacía cuatro meses vivía en la casa de huerta que sus padres tenían junto al cauce del río. El aprobado de la oposición de magisterio le había dado el impulso que necesitaba para sacar el pie fuera del nido familiar y por fin se había independizado. Kronos era un bodeguero joven, de algo más de tres años y medio, regalo de una antigua amiga con la que compartieron los últimos años de instituto, la carrera de magisterio y el primer asalto fallido a la oposición.

La lluvia arreciaba con fuerza contra los cristales, toda la huerta se teñía del color violáceo por las descargas eléctricas que, sin cesar, aparecían una y otra vez entre las nubes. Kronos, desconfiado, no dejaba de temblar, Adrián, despreocupado, había vuelto a conciliar el sueño, ajeno a unas lluvias que empezaban a arrastras tierras a su paso. Las zapatillas y las mallas cortas, para la mañana siguiente, estaban sobre el baúl, a los pies de su cama. Su móvil apagado, como cada noche, se hallaba cargando la batería sobre la mesita.

El efecto del aire fue desplazando la fuerte tormenta eléctrica hacia el sur, dejando paso a una oscuridad tan cerrada que incluso la noche se sintió sorprendida. Si hasta ese momento la lluvia había sido abundante, las nubes que cubrían la comarca comenzaron a descargar con una inusual y desmedida intensidad. Nadie, jamás, había visto llover de la manera en la que comenzó a hacerlo poco más allá de las dos de la mañana. Parecía como si el mismísimo Diluvio Universal se estuviese representando, como parte de una broma macabra.

Llovía, parecía que el mundo se había detenido por completo y nada tenía más sentido que las decenas de litros de agua que caían y caían. Para entonces ya de nada valían los innumerables avisos que los Cuerpos de Seguridad del Estado habían dado a la población, alertando de la que se venía encima, solo se podía esperar y dejar llover. El arrastre tímido de las tierras fue creciendo y el cauce del río aumentó de manera impensable en apenas un par de horas, debido sin duda al aporte de agua de las regiones más al norte, donde no había dejado de llover durante todo el día.

Kronos, con sus ojos abiertos, era incapaz de comprender por qué no lograba ver absolutamente nada, pero su olfato y el sexto sentido de estos animales le decía que algo no marchaba bien. Adrián dormía a pierna suelta, completamente aislado de lo que se estaba desatando al otro lado de las paredes que los protegían. El can, comenzó a acompañar sus temblores de pequeños gemidos, intentando que eso fuera suficiente para traer a su dueño a este lado de la realidad. Adrián, dormía, la lluvia caía y el río amenazaba con saltarse los límites del cauce que lo confinaban.

La pequeña cimentación de la valla que rodeaba la casa del joven, cedió por el corrimiento de las tierras sobre las que se apoyaban y dejó paso libre a las primeras aguas que se empezaban a filtrar por encima del muro que contenía el río. La lluvia siga cayendo con avaricia, castigando sin mesura una tierra borracha, que era incapaz de absorber más agua. La gruesa fábrica de mampostería, construida medio siglo atrás y que había soportado de manera estoica a crecidas y riadas comenzó a resentirse, dejando abrir una minúscula grieta en su parte intermedia: el río comenzaba a llorar.

Los gemidos de Kronos dieron paso a agudos ladridos. Salió del refugio de las sábanas y sobre la cama saltó de un lado a otro la esta. Adrián sintió a animal sobre él y sin saber dónde se encontraba, como fruto de su capacidad para dormir en el sueño más profundo, despertó.

– ¿Qué te pasa Kronos?, ¿a qué viene todo este jaleo?, pero si todavía no ha amanecido –se giró para ver la hora en el despertador de noche, pero este estaba apagado, pulsó el interruptor de la lámpara de noche y esta no accionó el paso de la corriente.

– ¿Qué demonios?, pues no que se ha ido la luz… a ver si ha saltado el automático –se dijo en voz alta –tranquilo, Kronos, no te preocupes, vamos a ver qué pasa. Cómo llueve ahora, ¿no? –le habló al perro, mientras este no cesaba de ladrar y saltar.

Al poner los pies en el suelo notó agua sobre el mismo. Apenas eran un par de dedos, pero lo suficiente para que se asustase –Kronos, ¿qué es esta agua?, ¿de dónde ha salido esto? –dijo con cierta intranquilidad, por primera vez en toda la noche. Desconectó su móvil del cargador y pulsó el botón de encendido, para poder ver así la hora y utilizar la linterna como luz que le permitiese ver algo entre la oscuridad. La pantalla se iluminó, introdujo el código PIN y puso la linterna. El dispositivo emitió un pequeño pitido y la señal de la batería le indicó que su nivel de carga estaba por debajo del 10%.

La luz iluminó toda la habitación y con estupor vio como no solo el dormitorio, sino el suelo de toda la casa, estaba cubierto de un agua complemente marrón, mezclada por la tierra que arrastraba. El sonido de la lluvia y los ladridos de su pequeño amigo se mezclaban, creando un desconcierto que le paralizó por momentos. Alumbró con su móvil hacia el exterior, a través de la ventana y vio como habían más de cuatro palmos de agua a todo el alrededor. Kronos ladraba y ladraba, llovía y llovía, y la grieta del muro del río se sentía incapaz de aguantar la presión de su cauce por mucho tiempo.

Tan solo un par de kilómetros separaban a la casa del río, por lo que en pocos minutos todo quedaría cubierto de agua, barro y fango si se producía la rotura completa de aquel viejo muro. Nueve llamadas perdidas de (AA) Mamá y decenas de mensajes de WhatsApp, que no daba tiempo de leer, le alertaron de que algo grave debía estar sucediendo. A su mente llegaron del golpe los numerosos avisos escuchados en radio y televisión de lo que se esperaba, pero ese no era un momento para lamentarse. Había que correr, salir pitando cuanto antes de la casa, nada más.

Kronos, ¡vámonos amigo! –el muchacho, presa del pánico y los nervios, iluminaba aquí y allá con la pequeña pero potente luz de su teléfono. El animal, sobre la cama, no paraba de dar vueltas sobre sí mismo y ladrar. Dirigió el haz luminoso hacia los pies de la cama y cogió las zapatillas que había dejado preparadas para la mañana; se las puso con los cordones sin desatar, tal y como las dejaba cada vez que las usaba. Las mallas cayeron al suelo. El animal dio un brinco y se subió en los brazos del chico.

Seguía lloviendo con fuerza, de idéntica manera a como lo llevaba haciendo toda la noche. El cielo permanecía ennegrecido, sumido en la mayor de las penumbras. La grieta del muro del río se había debilitado y el hilo de agua escapada se había convertido en un potente caño, similar al de las mangueras que utiliza la policía para disolver manifestaciones. A lo lejos, se oían sirenas y el zumbido de un helicóptero se ahogaba entre el rumor de la tormenta al precipitarse sobre el agua.

Adrián abrió la puerta y el empuje del agua que rodeaba la casa le hizo perder el equilibrio, haciendo que Kronos cayera de sus brazos. El animal salió empujado contra la pared del comedor, el joven se repuso y consiguió mantener su verticalidad, iluminó hacia donde llegaban los ladridos y se acercó para volver a cogerlo en su regazo; lo pegó a su pecho con fuerza y salió presto del interior de la casa. La luz en su mano marcaba la estela de sus pasos y un inaudible pitido del móvil le anunció sin percatarse que su batería había entrado en el último 5%.

En apenas dos segundos sintió como el agua lo empapaba por completo; sus pasos se resbalaban al pisar sobre la gruesa capa del barro que se había depositado en el suelo. Echó a correr, o casi a nadar, pese a que sus zapatillas no sabían hacer otra cosa. Esquivó los muebles del porche que habían quedado diseminados por la parcela, se percató del derrumbe de la valla y la pasó a tientas, como pudo, para no volver a perder el equilibrio. Kronos, encaramado casi a su cuello había dejado de ladrar, solo temblaba.

Al salir al carril que daba acceso a la casa enredó sus pies entre las cañas que se posaban junto a las dos moreras que flanqueaban el paso y cayó de bruces sobre el pequeño mar de barro que le rodeaba. El móvil se perdió entre agua y su compañero fiel volvió a salir despedido.

– ¡Kronos! –gritó con todas sus fuerzas. El ladrido del perro se oía cercano, a media distancia, pero la falta de luz lo impedía ver. Un gigante relámpago vistió la noche de día y en los dos segundos que duró fue capaz de ver al animal asido al tronco de una pequeña palmera. A tiendas, a ciegas, fue hacia allí y sintió el calor del animal nuevamente pegado a su pecho.

La campana de la vieja y abandonada ermita comenzó a sonar con insistencia: el río había empezado a abrirse paso sin el corsé de muro alguno que lo contuviese. El viento había cambiado de dirección y la potente tormenta eléctrica volvía a estar sobre sus cabezas. Como pudo echó a caminar, ayudado por la esporádica luz que el cielo le brindaba como regalo de la noche más oscura que había vivido. Miró a su alrededor sin saber hacia dónde dirigirse y el tañido de la campana le hizo encaminarse en esa dirección.

El agua avanzaba sin oposición, con la prisa y la avaricia de quien queda en libertad tras toda una vida encerrado entre cuatro paredes. La altura, sobre el terreno de huerta, alcanzaba más de metro y medio, y la fuerza arrollaba todo a su paso. Adrián y Kronos alcanzaron la puerta del pequeño templo, de cuyo vacío campanario seguía sonando la campana que los había guiado; en ese instante sintió la presencia del agua descontrolada que se acercaba. Giró sobre sí mismo y apenas pudo ver cómo la crecida lo arrollaba y cómo Kronos dejó de ladrar

*   *   *   *   *

Al mediodía despertó, estaba sobre una camilla, dentro de un hospital de campaña improvisado. El fuerte golpe recibido en la cabeza, justo cuando el río lo arrolló, le mantendría lejos de su conciencia durante un par de días, pero aun así supo que había algo que le faltaba. Había despertado sobresaltado, incómodo por la máscara de la respiración asistida que paliaba el daño en sus pulmones; con los ojos muy abiertos, sin pestañear, miró a su alrededor buscando no sabía qué.

Junto a él, en el suelo y sobre un pequeño cojín rojo, un bodeguero de ojos expresivos lo miraba fijamente; los vendajes de sus dos patas delanteras lo mantendrían inmovilizado durante un mes, hasta que las fracturas de sus huesos soldasen.

– ¡Kronos! –atinó a decir. El animal se orinó encima por la excitación del momento y con un sonido apenas audible emitió el ladrido más fuerte que sus castigadas cuerdas vocales le permitieron.

Esa mañana no habían salido a correr, pero lo volverían a hacer.

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El helicóptero de Protección Civil los había divisado desde las alturas, justo antes de ser engullidos por el agua y su aviso a los equipos que operaban en tierra, que se habían acercado hasta la vieja ermita atraídos por el inexplicable reclamo la campana, fue la milagrosa razón que les permitió salvar la vida a ambos… diez minutos antes, los ladridos de Kronos los salvó de quedar atrapados dentro de una casa que la riada cubrió por completo a su paso.

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Kronos

Este es un pequeño relato corto, con un final amable, en recuerdo de la catástrofe que dejó a su paso la gota fría o depresión atmosférica en niveles altos (DANA), arrasando diversas localidades de la geografía murciana y valenciana entre los días 12, 13 y 14 de septiembre. Si te ha gustado, compártelo. Muchas gracias.

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