La canción de Bruno

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Como cada mañana de domingo, Bruno siguió la rutina de siempre: madrugón para salir a correr y tras ochenta minutos de ritmo constante y creciente, vuelta a casa; ducha, desayuno con Laura y los niños, cambio de sábanas, poner una lavadora y encargo del habitual pollo asado. En esa ocasión, como cada primer domingo de mes, también tenía la visita a la residencia de ancianos, para ver a sus padres y charlar con ellos un rato.

Laura nunca iba con él, porque decía que no podía soportar verlos ingresados allí. Habían sido como unos padres para ella y ser testigo de cómo iban sucumbiendo poco a poco al Alzhéimer, le parecía cruel y doloroso, muy doloroso. Durante los dos primeros años le acompañaban los niños, pero en los últimos seis meses habían dejado de ir, ya que resultaba incómodo presenciar cómo los críos les enseñaban los dibujos hechos para ellos y que los dos ancianos los mirasen desconcertados, sin saber quiénes eran esos pequeños, ni qué tenían que ver los papeles garabateados con ellos, de ahí que tomase la decisión de ir solo.

Si hubiera dependido solo de Bruno se habrían quedado a vivir con ellos, puesto que su buena situación económica les permitía vivir en una casa con habitaciones de sobra para que se hubiesen instalado allí, pero sus padres siempre habían sido de la opinión que jamás serían una carga para él, por lo que su previsora manera de ver la vida los había llevado a hacerse un seguro privado con una cláusula que les garantizase atención médica privada en caso de enfermedades degenerativas.

Primero fue su madre la que empezó a dar síntomas y su padre no dio pie a esperar a tener más evidencias, sin dudarlo tramitó el ingreso de ambos en la residencia…

– Será como estar en un hotel de cuatro estrellas hasta el final de nuestros días. Bastante hemos trabajado durante toda nuestra vida como para que nos cuiden cuanto necesitemos, así que déjate de tonterías, Bruno, vosotros bastante tenéis con vuestra vida como para tener que cuidar a dos viejos que dentro de cuatro Telediarios van a estar gagá –le dijo con una amplia sonrisa en su rostro, mientras se fundía con él en un abrazo y el taxista guardaba el equipaje del matrimonio en el maletero.

Como si de una gripe se tratase, no tardó en dar las primeras señales y en nada comenzaron a intercambiar olvidos y lapsus que lejos de preocuparles, les hacía romper en carcajadas, como señal del buen humor que habían demostrado siempre:

– Cariño, ¿dónde has puesto… eso para ponerme los pantalones, aquí en la cintura y que hace que no se me caigan?, si mujer –le preguntó.

Ricardo, el cinturón, es el cinturón –respondió amable.

– Y si me lo quito te enseño mi tiburón –y soltó una carcajada que se oyó en media planta.

– Pero qué tonto eres –concluyó Adela, antes de darle un beso en la mejilla.

Antes de los olvidos llegaron los trastornos en el comportamiento y la dificultad esporádica para expresar lo que querían transmitir, después llegó el cansancio, los cambios de los estados de ánimo y la desorientación, todo ello mezclado con esas interrupciones mentales que parecía dejarlos en un estado de letargo de duración indeterminada. Y todo ello aderezado siempre con el cariño, la complicidad y el humor de una pareja que llevaban juntos casi toda una vida.

Bruno llegó poco antes de mediodía, para estar junto a ellos durante el rato de tiempo libre que tenían previo a la comida, que servían a la una y media. Desde hacía dos meses les costaba caminar, de ahí que parte del tiempo se trasladaran en silla de ruedas. Entró en la zona de la amplia sala de estar y junto a las cristaleras, bañadas por el sol de aquella mañana de febrero, los vio sentados, uno al lado del otro. Sus miradas se perdían tras el cristal y sus manos, entrelazadas, permanecían apoyadas sobre el regazo de ella. Era el día de su cuadragésimo octavo aniversario de boda.

Al llegar junto a ellos se inclinó sobre sus espaldas, rodeándoles con sus brazos y como si de un solo abrazo se tratase coló su cabeza entre las suyas y los saludó:

– Hola, mamá, hola, papá, ¿cómo estáis? –les dijo besando sus respectivas mejillas, que giraron hacia él casi al mismo tiempo, al escuchar su voz –Felicidades –continuó.

– Felicidades, felicidades –dijo su madre, sonriéndole como el niño que repite una palabra que acaba de aprender.

– ¡La canción! –exclamó en voz baja su padre, abriendo los ojos todo cuanto pudo, levantando ambas cejas, en clara muestra de asombro.

– ¿Qué canción, papá? –preguntó extrañado Bruno.

El viejo se levantó casi de un salto de la silla de ruedas y de manera decidida, no exenta de cierta torpeza, echó andar hacia la puerta de la sala.

Papá, ¿dónde vas?, papá –atinó a decir nuevamente, Bruno, que no llegaba a entender qué pasaba en esos momentos por la cabeza de su progenitor.

El hijo miró a su madre, que aún con la sonrisa en su rostro, volvió a repetir –Felicidades.

Ricardo fue directo a la habitación que compartía junto a su esposa y allí abrió el segundo cajón de la mesita de noche… su cajón. De él sacó un viejo CD de música grabado de hacía años y casi con el nerviosismo de un adolescente, lo guardó en el bolsillo de su chaqueta y volvió sobre sus pasos.

Nada más pasar por la puerta de amplio salón, sacó la mano del bolsillo, estiró su brazo y le entregó el disco a Bruno –La cinco, es la cinco, diles que la pongan… que se oiga bien –le dijo en un tono de complicidad a su hijo.

Bruno se quedó mirando aquel CD, que tenía el plástico transparente amarillento y una solapa de papel bajo el mismo con un trazo regular donde podía leerse: Bruno M. No terminaba de comprender lo de ese compact disc, tan solo la evidencia de que en él había una canción que su padre quería escuchar.

El joven se acercó a Rafael, uno de los monitores del salón, y le pidió que hiciese el favor de poner la canción número cinco por los altavoces. No dio más explicaciones, no fue necesario, ya que tampoco se las pidió el sanitario, puesto que había presenciado la escena por completo. Así, cogió el disco y se fue hasta la recepción del centro, desde donde se controlaba la megafonía de toda la residencia. Abrió el estuche de plástico, sacó el CD y lo colocó en el lector digital del ordenador. Fueron cerca de diez segundos los que tardó en leer el contenido el dispositivo y emergió una pantalla con lo que en él tenía grabado. Veintitrés pistas, decía la pantalla, tantas como las veces que el título se repetía, desde la primera a la última…

Just The Way You Are

El chico le dio al play del reproductor y subió el volumen un par de puntos. La música empezó a sonar y todos, residentes, visitantes y trabajadores se detuvieron a escuchar los acordes que empezaron a sonar. Mientras, en el rincón de la soleada sala, ese que estaba pegado a las cristaleras que daban al jardín interior, el octogenario aguardaba impaciente, como el inexperto enamorado que tan solo espera el paso de su amada.

Sus pies comenzaron a moverse, su cuerpo comenzó a moverse y sin dudarlo todo él comenzó a moverse. Su pie derecho comenzó a seguir los acordes de tambor, su cintura empezó a balancearse de manera pausada, casi inapreciable pero rítmica, de un lado a otro y continuó con un breve contoneo de sus hombros, con los brazos flexionados a la altura de su cintura y las manos cerradas en forma de puño. Siguió estirando sus brazos, abriendo las manos, mientras movía su cabeza de un lado a otro, al ritmo pegadizo de la canción.

Adela lo miraba, perpleja; su mirada había dejado por un momento su aspecto vacío y sorprendida sintió como su ruborizaban sus mejillas, sin darse cuenta del fugaz brillo que iluminó sus ojos. Sonrió. Se levantó de su silla y estiró su brazo izquierdo buscando la mano de su esposo, de su compañero, de su amigo. Él agarró su mano y por unos instantes se unieron al ritmo de aquella canción.

Esa había sido la canción con la que Bruno los sorprendió en día que se casó con Laura. Para su único hijo ellos eran su mejor de ejemplo de amor, de respeto y de cariño y con ella quiso compartir con todos los invitados el agradecimiento por haberle educado con ese espejo en el que mirarse. Desde entonces se convirtió en algo más que su canción y habían sido muchas las veces en las que, en soledad, habían bailado recordando ese momento y muchas las veces en las que, en soledad, habían vuelto a besarse.

Bruno no pudo contener sus lágrimas y a dos metros de distancia los miraba bailar, callado, emocionado, sintiendo cómo aquel momento se convertía en lo más parecido a un oasis minúsculo en medio de un desierto infinito, sin fronteras, ni final. La música se apagó, todo el salón rompió en aplausos y los dos ancianos permanecieron abrazados durante unos segundos interminables, entregados, traspasando sus almas de un cuerpo a otro, elevándose al cielo y perdiéndose allá donde la razón jamás deja de existir.

– Felicidades –dijo él.

– Felicidades –le respondió ella.

*   *   *   *   *

Quizá fue el capricho de una enfermedad, la fuerza de una mente cuya capacidad aún desconocemos o una sencilla demostración de amor, cualquiera de esas razones pudo ser el motivo, pero lejos de una explicación, que carece de importancia, quedó aquel momento y el sonido de la canción que Bruno les regaló y ellos hicieron suya en el pasado, ese al que regresaron para volver a vivir el presente durante un instante, tan efímero como eterno.

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La canción de Bruno

Un matrimonio, un aniversario y el recuerdo perdido del regalo que un día les hizo Bruno, su hijo. Una canción puede ser motivo de inspiración o de ánimo para un momento, o tan solo convertirse en la banda sonora de manera inesperada… en cualquier caso, es tan solo un relato corto, que si te ha gustado puedes compartir. Muchas gracias.

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