La canción del verano (con la misma cantinela)

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Ya estamos casi en el ecuador del verano y como cada año se repiten patrones que estamos cansados de escuchar y de ver, como si a pesar de estar tan desgastados fuesen toda una primicia. Sí, cada estación o época del año tiene sus patrones o estereotipos y el verano no puede ser menos, ¿no os parece?

Pensar en el verano es hablar de:

sol, calor, mucho calor, de playa, piscina y camping; de cremas solares, protectoras unas e hidratantes otras; de viajes y vacaciones; de programas de televisión enlatados, de tinto de verano, de sandía y helados; de chiringuito en la orilla del mar, de cines al aire libre y de lluvias de estrellas; de levantes, ponientes, lebeches y tormentas; de mosquitos, grillos, cigarras y medusas… en definitiva, es tiempo de verano.

Un tiempo donde los consejos y las noticias parecen sacadas del congelador, y con la misma frescura de años anteriores vuelven a ocupar minutos en las parrillas televisivas y en los programas de radio. Todo se repite y a pesar de todo, lo que más sorprende es que sigan siendo actualidad y sigamos escuchando casos de golpes de calor, que el número de ahogamientos siga creciendo o que las intoxicaciones por ensaladillas en malas condiciones son más frecuentes de lo que imaginamos.

Y como parte de esa lista de recomendaciones, como una canción más del verano, está la que se encarga de advertir de las precauciones que debemos tener quienes practicamos el apasionante deporte de correr… los runners, para más señas (vaya, hacía tiempo que no utilizaba esa palabra). A lo que iba, el calor lleva aparejado una serie de factores que, para quienes corremos, no debemos olvidar, salvo que queramos exponer nuestro organismo a riesgos gratuitos.

Advertencias de sobra conocidas por todos, como mantener una ingesta mayor de agua de lo habitual, para evitar la temida deshidratación, o como proteger nuestra piel, ojos y cabeza con la simple aplicación de cremas o el uso de gafas y gorra. Medidas sencillas, unidas al sentido común, ese que nos debe ayudar para evitar exponernos al efecto del sol en horas donde su acción es más perjudicial.

Nada nuevo bajo el sol, nunca mejor dicho, pero que por mucho que se sepa, por mucho que se repita, por mucho que se convierta en una canción más del verano, sigue cobrándose víctimas de los efectos negativos de no prestar atención a esas sencillas y más que sabidas recomendaciones.

Tal vez por eso, por el ramalazo incorregible que tenemos los seres humanos, me pregunto si volver a caer en esos errores se debe simplemente a la estupidez de la que tantas veces hacemos gala o al carácter autodestructivo que cada día se hace más evidente y notorio. Un carácter, el de la autodestrucción, que parece nos lleve abocados a hacer de nuestra tierra, un hogar en el que resulte imposible vivir.

Las noticias, cada vez más catastróficas, hablan de la elevación de la temperatura global del planeta, del deshielo de los Polos, del masivo peligro de extinción de miles de especies de seres vivos, del abuso de la desforestación, del agotamiento de las energías no renovables y de otros tantos ejemplos que hablan, a todas luces, de la falta de concienciación global y de la falta de solidaridad con el medio en el que vivimos, sin importarnos quienes cohabitan con nosotros, ni el futuro que vayamos a dejar para mañana.

Sí, de nuevo vuelvo a hacer una lectura pesimista, una vez más me fijo en la parte menos racional de nuestra increíble existencia, pero el desaliento se apodera de mí cuando veo que somos incapaces de no caer, cada año, en algo tan sencillo como la protección de los efectos del calor y del sol; tal vez por eso, cuando sigo cruzándome con corredores sin camiseta, en pleno hueco del día o con esa misma camiseta como improvisada gorra y sin gafas de sol, que le protejan sus ojos, me convenzo que por muchos años que pasen volveré, volveremos, a escuchar repetidas las mismas noticias, que serán como una canción de verano que se repite sin cesar.

Por eso, si somos incapaces de seguir esas sencillas recomendaciones, de las cuales los únicos beneficiados somos nosotros, ¿cuán difícil puede resultar conseguir un consenso encaminado a mejorar el medio ambiente y todo cuanto está relacionado con él? Definitivamente, creo que seguiremos escuchando la misma canción cada verano, por muchos años que pasen. Aun así, si corres no lo olvides:

protégete del sol y del calor, y que correr no sea un riesgo innecesario para tu salud.

De nuevo, otro año más, vuelvo a tararear la misma canción de verano, tan solo porque considero que aquello que es un placer o una pasión, no debe convertirse en una preocupación. Corre, en verano no dejes de correr, que tus piernas no paren, pero hazlo con cabeza y… si puede ser, con una gorra que la cubra.

Y como conclusión, me permito esta pequeña reflexión, alejada de todo lo anterior:

Ojalá que el paso del tiempo nos deje solo un tipo de canciones de verano, de esas que suenan aquí y allí, y se convierten en el inevitable tema musical de la deseada estación estival. Y ya puestos a desear, no estaría nada mal que volvieran a tener el sabor de las que nos regalara el incombustible Georgie Dann, que durante años nos hizo bailar a todos, o a casi todos, en fiestas y verbenas al ritmo desenfadado y contagioso de sus letras, tan pegadizas como pueriles y casposas.

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La canción del VERANO

Por mucho que se repita, ¿crees necesario volver a incidir sobre los efectos del calor al correr o crees que eso es algo que está de sobra aprendido? Anímate y deja tu punto de vista, y si te ha gustado este post, compártelo. Muchas gracias.

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