La capacidad de aprender, la costumbre de errar

post_aprender_errar

Nuestra vida, mucho antes de comenzar a dar sus primeros pasos, queda marcada por dos básicas premisas, por dos simples acciones: aprender y errar. El aprendizaje se convierte en una constante a lo largo de toda esa vida y los errores, siempre de manera involuntaria y con un mayor o menor protagonismo, se vuelven también en compañeros de nuestro camino en la tierra.

Somos animales cuya capacidad de aprender está muy por encima de lo que podamos imaginar, permitiéndonos ser capaces de asimilar conocimientos, habilidades o destrezas que en ocasiones cabrían imaginarse como increíbles. Claro que, si elevada es nuestra facilidad por aprender, no le va muy a la zaga la habilidad que presentamos de errar y que por contraproducente que pueda parecer también nos aporta un grado formativo imprescindible dentro del desarrollo de nuestro conocimiento.

Si mirásemos la vida desde un punto de vista científico y algo aséptico, como si esta se desarrollase únicamente dentro de un laboratorio, sería apropiado decir que esta se basa en el conocido principio de ensayo y error, de manera que poniendo nuestra sapiencia en juego aprendemos y con los fallos que nos encontramos engrosamos o perfilamos nuestro saber.

El problema radica cuando esa premisa tan fundamental como científica deja el laboratorio y sale a la calle o, mejor dicho, cuando esa premisa deja de existir, porque creo firmemente que fuera el carácter meticuloso y disciplinado desaparece; voy incluso un poco más allá, no solo por creer que esa premisa sea inexistente, sino algo peor: aun sabiendo de ella nos la pasamos por el forro de nuestros caprichos.

Voy a dejarme ya de introducciones y palabrerío, creo que es más que suficiente para referirme a algo a lo que todos estamos asistiendo de manera generalizada en estos días de fases, desescaladas (palabro no recogido en la RAE, por cierto) y comportamientos de una pandemia, que por mucho que hayamos empezado a salir a la calle está lejos de haberse terminado. Sí, hoy de nuevo vuelvo a escribir sobre la actualidad que marca nuestras vidas, desde hace un par de meses.

Podemos estar más o menos de acuerdo o totalmente en contra con el criterio empleado para el proceso de desconfinamiento en el que nos encontramos inmersos, podemos abrir un debate sobre la efectividad o no de la masiva realización de test entre la población, podemos discutir la oficialidad del número de fallecidos y/o contagiados, podemos aburrirnos de denunciar los innumerables errores cometidos durante todo este desastre, claro que podemos, yo soy el primero que estoy dispuesto a ello, pero antes de todo eso, mucho antes, debemos empezar por nosotros mismos, siendo honestos y responsables con nuestro comportamiento.

Como he comenzado diciendo, somos animales que no dejamos de aprender, tanto como no dejamos de errar y es precisamente en la crisis que vivimos donde me pregunto por qué, teniendo ese carácter ávido por conocer, por aprender, estamos demostrando que no hemos aprendido nada, absolutamente nada y por qué, frente a tantas advertencias y denuncias, erramos y erramos, así, sin más, porque sí, como si lo hiciésemos simplemente porque nos sale de ahí… de ahí mismo.

No seré yo el que haga de guardia de balcón, no seré el que señale con el dedo o llame la atención de quien frivoliza con una actitud que pone en peligro su salud y la de quienes les rodean, pero desde la libertad y la capacidad que tengo de expresarme como me place a través de este rincón, sí que voy a dejar escrito lo que me parece más o menos apropiado, más o menos acertado, sin pretender con ello que nadie aprenda lo que debía tener ya aprendido, pero quizá que sí evite errores.

El virus no se ha marchado, de hecho, creo que ha venido para quedarse, pero mientras que se encuentra una vacuna o un tratamiento paliativo, nada como seguir las recomendaciones, nada como cumplir las tres normas repetidas hasta el aburrimiento: distancia de seguridad, higiene de manos y uso de mascarilla. Tres sencillas indicaciones que saltan por los aires, omitiéndolas con la mayor de las impunidades, como si la importancia de las mismas fuera ninguna.

A partir de ahí, el resto de advertencias parecen imposibles de cumplir, si las básicas pasan desapercibidas con tanta facilidad, quizá por eso salimos a la calle tan alegremente, dejando…

escenas de niños arracimados participando de juegos en grupo, mientras padres y madres charlan de manera cordial y despreocupada en un banco; escenas de terrazas en las que el reencuentro por volver a tomar una caña es la excusa perfecta para la confraternización entre amigos que se abrazan de manera efusiva; escenas de compras en plazas de abastos con clientes sin mascarilla parapetados ante puestos de carne o pescado; escenas de grupos de ciclistas que, lejos de ir en solitario, se vuelven a juntar en grupeta como cualquier domingo de antaño; escenas de chicos compartiendo unos litros de cerveza en actitud amistosa y distendida; escenas de autobuses de transporte público repletos de viajeros.

Escenas, todas ellas, ejemplos entre otras tantas de lo que no debemos hacer, de lo que no debemos permitir, pero hacemos y permitimos. Vale que nadie esperaba este virus, vale que ninguno estábamos preparado para enfrentarnos a él, pero el conocimiento que estamos teniendo de él no deja unas simples reglas que cumplir, que aprender. Pongamos en práctica, ahora más que nunca, nuestra capacidad de aprender y desterremos en esta ocasión esa torpe costumbre por errar.

Quizá, tal y como he escuchado en alguna que otra opinión, deberíamos estar viendo caer bombas del cielo, oyendo el sonido de aviones sobrevolando nuestras cabezas, conviviendo con tanques y carros de combate, comiendo con noticias de informativos donde cientos de ataúdes reflejan las víctimas de esta guerra y donde los testimonios de supervivientes fueran la voz de una realidad que nos enseñara la verdad de lo que estamos viviendo.

Pero no, nuestro enemigo no cae del cielo, no viste de caqui, ni hace ruido, nuestro enemigo es callado e invisible y para luchar contra él solo tenemos que ser sensatos, cabales, responsables, honestos y cuidarnos a nosotros mismos, porque solo así cuidaremos a los demás. Por favor, aprendamos y no erremos y recordad:

Aprender es necesario, errar, inevitable… pero no perenne.

post_aprender_errar

Aprender y errar

Hagamos de nuestras capacidades una virtud y convirtamos nuestras debilidades en fortalezas, no dejemos de aprender y sí de errar, sobre todo si con ello luchamos para vencer a este virus. ¿Crees que nos queda aún mucho por aprender ante esta situación o simplemente es cuestión de no caer en errores? Anímate, deja tu punto de vista y si te ha gustado este post, compártelo. Muchas gracias.

Deja una respuesta

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.