La delgada línea entre la necesidad y la ilusión

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Cuanta necesidad o cuanta ilusión.

Ese fue el breve tuit con el que contesté, hace algo más de una semana, a otro que una amiga tuitera había dejado previamente en la red social del pajarito. En su caso, aportaba la imagen de una afamada administración de lotería madrileña, conocida en toda España por aquello de ser uno de los establecimientos que en más ocasiones ha dado la suerte del deseado Gordo, y en cuya puerta se veía a un grupo de personas haciendo cola en espera de la apertura de dicho local. Dos meses antes de la llegada de la Navidad y destacaba esa imagen con un sencillo:

¡Ya hay cola!

Dejando de lado la desaforada afición por hacerse con un décimo de lotería para el día en el que se celebra el sorteo con más tradición de todo el año, lo que es innegable es la importancia que adquiere el término ilusión en las que son, sin duda, las fiestas más entrañables de cuantas se celebran… ya, ya, también sé que hay mucha gente para la que la Navidad no es precisamente la mejor época del año, por eso y por mucho que ya podamos encontrar turrones y calendarios de adviento en las estanterías de los supermercados, tampoco quiero hablar de esa festividad.

En esta ocasión tan solo pretendo encontrar esa difusa frontera que separa la necesidad de la ilusión o la ilusión de la necesidad, que para el caso viene a ser lo mismo. Antes de nada, conviene dejar bien claro que para que una necesidad pueda llegar a confundirse o transformarse en ilusión, esta jamás será considerada como una necesidad fundamental, de esas que resultan vitales para el desarrollo de una persona: alimento, hogar, ropa, sanidad, educación, comunicarse, viajar, etc. Son las conocidas como necesidades primarias o secundarias, y su satisfacción procuran a la persona supervivencia y bienestar social, como individuo.

Hecha pues la distinción de esas necesidades, me quedo tan solo con aquellas que no son fundamentales para vivir, ni imprescindibles para relacionarse en sociedad, pero que ayudan en la realización de la persona, como tal, convirtiéndose en parte fundamental de su día a día. Cuando eso sucede comienza a formarse la difusa mezcolanza entre necesidad e ilusión. Sí, me estoy refiriendo o estoy pensando, en todas esas cosas que nos hacen sentir bien con nosotros mismos y gracias a las cuales nos empapamos de la siempre placentera sensación que nos aporta la ilusión.

Salir a pasear, pintar un cuadro, bailar, tocar el piano, escribir una poesía, hacer deporte, cocinar… son algunas de las acciones que bien pueden convertirse en una necesidad y a las que siempre les acompañará la inseparable e invisible ilusión. Porque esta, la ilusión, es un germen que siempre nace, siempre crece, allá en lo que nos hace felices, en lo que nos ayuda a ser nosotros mismos, un poquito mejores, un poquito más fuertes, un poquito más seguros. Porque una necesidad de segundo orden, como estas a las que me refiero, no solo nos hará sentirnos a gusto e ilusionados, también nos hará crecer y crecer mejor aún.

Es la necesidad por el placer y el placer por la ilusión… una necesidad a la que nos lleva de la mano la ilusión y de la que tan solo recibimos el placer de nuestra propia satisfacción, más allá de reconocimientos, de aplausos o beneplácitos, tan solo nuestra realización. Debemos ser autosuficientes emocionalmente y alimentarnos de necesidades que nos mantengan ilusionados y encontrar, como premio a ese proceso, el placer de haber realizado eso que deseamos, eso que buscamos.

Nuestra salud física pasa innegablemente por nuestro bienestar psíquico y viceversa, y para ello nada como alimentarnos de ilusiones cumplidas, de necesidades cubiertas, por mucho que estas no sean imprescindibles para vivir, aunque bien pensado:

¿Qué hay más imprescindible para vivir que aquello que nos hace felices?

De nuevo vuelve a aparecer el término felices, pero no como fruto de la casualidad, sino de la causalidad, esa que deriva de lo que hacemos y de lo que no hacemos, en definitiva, de lo que vivimos. Y vivimos o deberíamos vivir siempre con una ilusión, ¿o debería decir necesidad? Sea necesidad o sea ilusión, disfrazada una de la otra o mezcladas a partes iguales, debemos hacer nuestro un puñado de ellas, porque en ellas se esconde un trocito de nuestra felicidad.

Y como punto de unión de necesidad o ilusión, como punto de placer, como punto de esa felicidad, para quienes pululamos por este espacio virtual, nada como atarnos nuestras zapatillas y echar a correr, no solo por esa necesidad vital del ejercicio físico en sí, sino también por ligar la ilusión que siempre va unida a ella, ¿verdad?

Por todo esto y hecho ese pequeño guiño inevitable a nuestro querido deporte, dejadme que para terminar lo haga con esta sencilla pregunta:

Cuando nos falte aquello que nos alimenta, que nos inunda, que nos invade, qué es lo que estaremos echando en falta realmente, ¿necesidad o ilusión?

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¿Necesidad o ilusión?

Dejo esa pregunta abierta, lanzada al aire para que os animéis a dejar vuestro punto de vista y decid, si así lo creéis, dónde radica, si existe, la diferencia entre necesidad o ilusión. Y si te ha gustado este post, compártelo. Muchas gracias.

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