La teoría del listón

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La mañana del pasado miércoles, mientras me desataba las cordoneras de mis zapatillas tras mi matutina sesión runnera, me vino al recuerdo la teoría del listón y con la perspectiva que concede sólo el paso del tiempo, comprendí algo que con veinticinco años menos veía de manera muy diferente.

Era aquella la época en la que el sueldo de las primeras nóminas te producía una honda satisfacción y también cuando el paso hacia la madurez comenzaba a dejar su imperceptible huella, transformando poco a poco despreocupación por obligación y algunos de los sueños por realidades. El techo no tenía cota y cualquiera era capaz de pedir y salir corriendo en busca de aquello que anhelaba. No, no era la época en la que te ponías el listón muy alto, ni mucho menos, tan sólo no había listón.

El empuje de la juventud junto a la ambición propia de la inexperiencia, era la combinación perfecta que te hacía creer capaz de abrir cualquier puerta o escalar la cima que te propusieras. ¿Quién entonces era capaz de ponerse límites hasta los que llegar, de marcar un nivel de satisfacción o de comprender que habría un día en el que renunciar a lo que no serías capaz de lograr representaría la mejor de las decisiones? Sinceramente, nadie o casi nadie.

Intentar explicar o hacer comprender a alguien de esa edad la existencia de la teoría del listón, y mostrar la realidad no escrita de cómo el tiempo y el paso de la vida nos ayudará a ver que el horizonte del mar no es infinito, que el cielo es inalcanzable por mucho que miremos hacia arriba o aquello tan sabido de que nada perdura para siempre, puede ser una tarea en vano, más propia de un iluminado que de un cuerdo.

Pero ese tiempo que pasa y esa vida que vive nos hace cambiar de opinión y nos enseña, con mano de seda y guante de acero, que aquello que ayer hacíamos hoy parece un imposible o que eso a lo que renunciábamos porque nos parecía insignificante, se convierte despacio, muy despacio, en algo mucho más que suficiente e incluso más de lo imaginado.

Y entonces sucede, no recuerdas en qué momento echas manos de él, pero sin darte cuenta un día te ases a ese listón y lo utilizas, como vara de medir, para marcarte cuál es tu nivel de exigencia, hasta dónde llega tu grado de satisfacción o qué eres capaz de permitir o rechazar, a cambio de obtener tu equilibrio y estabilidad emocional.

No se trata del conformismo por el conformismo, de vendimiar en las parras más bajas, sino de aprender que la mejor fruta no sólo se halla en lo más alto y que es el sol el único que la hará madurar… tanto al fruto como al paladar que la cata. Dicho de otra manera, el paso del tiempo nos cambia y con él nos adaptamos, ¡y ay del que no lo haga!

Una adaptación que afecta a todas las parcelas de nuestra vida, aunque aquí tan sólo me refiera al listón del plano deportivo, como no podía ser de otra manera. Al listón de un simple corredor… el mismo que mientras me desataba esas cordoneras me hizo recordar lo que escribí un día al referirme sobre la diferencia entre lo relativo y absoluto y de cómo lo que para uno puede resultar una nimiedad, para otro representa una meta imposible de alcanzar.

Así hoy, si volviera a reescribir ese post, es muy probable que lo hiciese con un planteamiento diferente, fundamentalmente porque diferente es mi mentalidad de corredor, tan sólo por puro cambio físico de mi cuerpo, pero la esencia y el mensaje seguiría siendo el mismo:

adaptarnos a nuestra capacidad y correr en tiempo, distancia e intensidad aquello que nuestro cuerpo sea capaz de asimilar, concediéndonos con ello el incomparable placer de sentirnos corredores.

Lo ideal consiste en mantenerse en un mismo nivel físico, pero cuando esto resulta imposible te sitúas en la encrucijada de dos caminos, donde uno te lleva por la senda que te aleja para siempre de aquello que te ha dado la vida, al no ser capaz de mantenerse como antes; y otro te guía por donde deberás comprender que existe otra realidad, en la que los kilómetros dejan de tener importancia y donde el triunfo no está en mirar el ritmo, sino en contar tres o cuatro decenas de minutos, que te hagan sudar y cansar.

Y así te das cuenta, comprendes, que tu listón como corredor ha bajado donde jamás imaginaste que lo haría, sin embargo, de la misma manera, lo miras y te ilusionas por seguir teniéndolo en la mano, esperando no soltarlo nunca, aunque ello suponga tener que bajarlo un poquito más.

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La teoría del listón

La vida nos pide, nos enseña o nos obliga a bajar nuestras aspiraciones, nuestras metas, por lo que llegados a ese punto sólo nosotros somos capaces de poner el listón en el lugar que corresponde, con zapatillas o sin ellas. Y tú, ¿aún disfrutas de barra libre runnera o ya has tenido que adaptarte a nuevas metas? Anímate y deja tu comentario y si te ha gustado este post, compártelo. Muchas gracias.

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