Todo por llegar… o las conversaciones con Olivia

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– Todo está por llegar –le dijo, mientras dio el último sorbo de su tazón de leche.

En sus ojos aún conservaba la inocencia de una niña, la osadía de una adolescente, la serenidad de una adulta y la nostalgia de una anciana. Sus manos, arrugadas, me acercaron temblorosas el cuenco cerámico de color blanco, del que aún salían restos humeantes de la leche con sopas que acabada de tomar.

Desde hacía un par de años esa era su cena de cada noche; ese era también el tiempo transcurrido desde que una estúpida caída le había producido la rotura de su frágil cadera. Hasta ese día y pese a ser una simpática y dulce octogenaria, aquella vieja había sido un auténtico torbellino. Adelantada a su época, fue abanderada en la práctica de todo tipo de deportes, sobre todo en aquellos para los que la figura de una mujer era algo totalmente inconcebible.

Nacida en la década de los años treinta, cuando otra fémina como Lilí Álvarez cosechaba el reconocimiento del público, esta menuda mujer pasó complemente desapercibida. Había sido boxeadora, veloz corredora de los cien metros vallas, escurridiza base de baloncesto e incluso gregaria de un equipo ciclista. Siempre confundida dentro de numerosos grupos de hombres, era capaz de sacar los colores y humillar a más de uno, sin intención alguna, tan solo por la habilidad y el coraje que le caracterizaban, que la llevaban a doblegarlos sin apenas esfuerzo.

El paso de los años y las cicatrices que siempre se empeña en dejar marcada la vida en la piel de cada uno, no pasó en balde para ella, que la trató con dulzura y crueldad casi a partes iguales. Venida de la otra punta del país, nadie sabía nada de ella, salvo lo que ella misma contaba en aquellas ocasiones en las que gustaba poner un poco de luz sobre su desconocido pasado. Solía ser al final de año, durante la nochevieja, que es cuando ese espíritu por hacer balance parece contagiarnos a todo el mundo y nos lleva a recordar algo más allá de lo transcurrido durante los últimos 365 días.

Había llegado a la ciudad precisamente una noche de final de año de hacía tres décadas, sola, sin nadie a quien dar la mano y con una pequeña maleta bajo el brazo y un Ducados en los labios. Los noventa acababan de comenzar y por aquellos años parecía como si todo el mundo hubiese alcanzado esa mayoría de edad que llevaba mucho tiempo demandando a gritos. Una mayoría de edad autónoma, independiente, descarada y lo que era mucho más significativo, segura de sí misma y con un optimismo perenne como línea de horizonte.

– ¿Por qué dices que todo está por llegar, Olivia? –le preguntó Aurora.

– Porque es así, querida. Todo está por llegar, siempre es así… y así tienes que verlo, no lo olvides –respondió la anciana.

– Pero, ¿qué es lo que está por llegar? Esa frase parece puesta en la boca de un niño, escrita al comienzo de un libro o escuchada al final de una cita, cuando alguien acabase de conocer al amor de su vida. Pero no veo ninguno de esos tres supuestos en estos momentos. Mírate y mírame. Tú eres una mujer en plena tercera edad, cuyo umbral de vida no parece estar ya muy lejano y sin nadie a tu lado y yo, pese a tener la mitad de años que tú, soy una mujer maltratada, acogida por un programa de protección de mujeres que hemos sufrido violencia de género, sin hijos a mi cargo, ni hermanos en los que apoyarme y cuyo único aliciente es llegar a ver atardecer cada día, sin importarme demasiado si volveré a ver salir el sol –vomitó con serenidad la mujer.

– Caray, no veo esperanza en tus palabras y la ilusión creo que hace mucho que abandonó tu mirada… además no muestras el menor atisbo de amor por ti y eso no es bueno, nada bueno. Todos estamos en esta vida para sacar lo mejor de ella, para sacar lo mejor de nosotros. Si no es así, ¿para qué seguir respirando? ¿Qué más da volver a ver salir, o no, el sol? –comenzó a decir Olivia.

La vieja sacó una pequeña servilleta de papel del bolsillo derecho de su bata, se limpió los restos de leche que habían quedado en la comisura de sus labios y pausada continuó hablando.

Aurora, nunca he tenido a nadie, salvo a mí. Quizá porque nunca lo he necesitado o quizá porque nunca me he cruzado con nadie que fuese lo suficientemente importante como para compartir mi vida con ella. De pequeña no soportaba que me dijeran lo que tenía que hacer, detestaba la sumisión y la obediencia. Eso me dio muchos problemas y más de una paliza de una madre a la que adoraba, pero que jamás fue capaz de comprender que nadie se debe a nadie y que todos tenemos el derecho a vivir como deseemos –hizo una pequeña pausa y prosiguió.

– Mi padre decía que era un chico en el cuerpo de una chica, porque entonces no era normal que una mujer quisiera hacer lo mismo que cualquier hombre. No entendía por qué debía ser así y para mí, cada día, era como un reto por ser capaz de hacer todo lo que me proponía. Comencé a fumar casi siendo aún una niña, llevaba el pelo muy corto, pantalones vaqueros, decía palabrotas a menudo y me peleaba con quien hiciese falta. Pero no era un chico, ni mucho menos. Era una mujer, me sentía una mujer y siempre me he sentido así. Mi entrepierna se mojaba cuando veía a algún chico atractivo y aún hoy siento ese calor cuando viene alguno de los sanitarios a tomarme la tensión –confesó con total descaro.

Olivia, por dios, qué cosas dices. Me da vergüenza solo escucharte decirlas –se ruborizó la mujer.

Vergüenza ninguna, cariño. Mis palabras reflejan mi manera de ser y de cómo he entendido esta vida. Muchos me han dicho siempre que he hecho lo que me ha dado la gana; es posible. Pero más que decir que he hecho lo que se me ha antojado, yo diría que no he dejado de creer que siempre tenía algo que hacer y ese algo dependería tan solo de mí. Además, creo que siempre hay una oportunidad que aprovechar, una puerta que abrir o un tren que coger –concluyó.

– Hablas así porque eres fuerte, Olivia. Todos no somos como tú. Muchos somos miedosos, inseguros, necesitamos que nos lleven, que nos guíen, que nos ayuden…

– No hablo de fuerza, Aurora, sino de convicción en nosotros mismos. Mírame, pese a esa fuerza que ves en mí, necesito de tu ayuda cada día. Vienes para ayudarme con las tareas domésticas, me haces compañía y hasta eres capaz de soportar mis charlas de vieja chocha –la interrumpió y continuó –pese a todo eso, me despierto cada día con ganas de saber qué va a suceder a lo largo del día, porque sé que en cada día hay algo nuevo que está por llegar.

– ¿Y qué va a estar por llegar? –preguntó con interés desinteresado, la mujer.

– ¿Qué está por llegar? Todo, todo está por llegar. Mira, siendo una niña escuché a una vecina muy querida contar un sueño que se le repetía de manera frecuente. Aquella mujer, debería tener tu edad o unos pocos años más. Era ama de casa, como casi todas las mujeres por entonces; su marido era un borracho gandulazo y ella lo sabía, y sus dos hijos eran nos malnacidos desagradecidos que la trataban a patadas…

– Pobre mujer, desde luego… –interrumpió, Aurora.

– Recuerdo su sueño como si acabara de escucharlo. En él, estaba ella limpiando el inodoro de su casa y de repente comenzaba a rebosar el agua de la taza. Comenzaba a salir agua y ella trataba de recogerla con la fregona, pero no paraba de salir; sus intentos no conseguían parar aquel derrame y en unos minutos esa agua cambiaba a convertirse en porquería… en mierda sí, en mierda. Ella seguía intentando detener aquel derrame de agua y heces, utilizaba incluso sus manos para intentar taponar el wáter, con la tapa cerrada se abalanzaba sobre ella, pero todos sus esfuerzos eran inútiles mientras todo quedaba inundado.

Virgen Santa, qué angustia y qué asco, no quiero ni imaginarlo. Me has puesto los pelos de punta, Olivia –dijo asombrada y prosiguió –pero, dime, ¿qué tiene que ver aquí ese sueño?

– Mucho, querida, mucho. Aquel sueño era la manifestación onírica del subconsciente de una mujer que vivía entre mierda, y perdóname la expresión. Sin embargo, aquella mujer era optimista, vitalista, que despertaba cada día ilusionada por tener todo un día por delante para hacer lo que le gustaba, cuidar de su familia y sentirse viva… ya, sé que me vas a decir que era una vida de mierda, nunca mejor dicho, pero era su mierda y ella sabía ver en ella un motivo que le hacía creer que todo estaba aún por llegar… que llegase un trabajo a medida para su marido y que sus hijos maduraran, por ejemplo –explicó.

– Pues no sé yo, Olivia, no creo que aquella mujer llegara a ver todo eso que esperaba –dijo sin mucho convencimiento.

– Yo me fui de casa pocos años más tarde, pero por mi madre supe que nunca llegó a recibir lo que anhelaba, pero ¿sabes una cosa? Mantuvo esa ilusión cada día y eso fue lo que la mantuvo viva. Su esperanza se sustentaba solo en lo que otros pudieran ser capaces de conseguir y con ello se sentía feliz. Una esperanza de esas de “verlas venir”, pero era la suya, al fin y al cabo. Yo prefiero esa esperanza de poner en uno mismo el deseo por cambiar, por proponerse hacer algo nuevo, por dar un pequeño paso, esperanza en crecer, en conocer, en perder el miedo o al menos, en no tener miedo –dijo sin apartar los ojos de la atenta mirada de Aurora.

– Vuelves a dar señales de tu valor, Olivia –le contestó.

– No es valor, Aurora, es algo que siempre he tenido: confianza en . Me he equivocado muchas veces, tantas o más como las que me he caído, pero siempre con una idea muy clara. La de mirar hacia delante, la de saber que tenía la mejor compañía, la mía y que todo aquel con quien me cruzase sería capaz de enseñarme algo, de aportarme algo, porque todos tenemos algo que dar a los demás, aunque a veces ni nosotros mismos lo sepamos –terminó de decir.

– Me encanta escucharte, Olivia… cuando me marcho de aquí cada día me pregunto quién es quién hace compañía a quien. Me gusta tu seguridad, conocer tus historias y consigues que esté deseando que lleguen los lunes, los miércoles y los viernes para pasar la tarde contigo –le confesó, cogiéndole su arrugada mano, completamente marcada por unas venas apenas cubiertas de fina piel.

– Y a mí me gusta que vengas, Aurora… se ha hecho tarde. Anda, vete ya, que van a empezar las noticias y quiero ver a Vicente Vallés… mira que es guapo ese chico –dijo con descaro la anciana, rompiendo ese momento de confesión y restando importancia a las palabras de la mujer.

– Eres única, Olivia. Venga, sí, te friego lo de la cena y me marcho… te pongo la televisión ya, no te vayas a perder los titulares y no lo veas de cuerpo entero, jajajajaja –bromeó la cuidadora.

– Mira con la mosquita muerta… a ver si también te va a gustar a ti –dijo con sorna la vieja.

Aurora completó las tareas pendientes, dejó toda la cocina recogida y antes de que hubiese llegado la sección de las noticias internacionales estaba lista para marcharse de la casa de la anciana.

– Nos vemos el lunes, Olivia, pasa buen fin de semana –se despidió.

– Sí, me voy a ver las motos a Jerez… ¿quieres que pase a recogerte? –le soltó la octogenaria.

– Jajajajaja, me parto contigo. No déjalo, este fin de semana no me viene bien –respondió con poca habilidad, Aurora.

– Vale, pero recuerda, cariño… todo está por llegar y tú eres la protagonista, no lo olvides. Hasta el lunes –se despidió Olivia.

Ya no se vieron el lunes, sino el domingo a mediodía. Fue durante su entierro. Un paro cardíaco pilló durmiendo a la incansable Olivia la noche del viernes al sábado; esa era la única manera que tenía la muerte de llevársela consigo, pillándola desprevenida, porque de haber estado despierta habría sido capaz de darle suficientes argumentos como para haberla hecho volver a la vida y así disfrutar de tanto como, para ella, ofrecía.

Aurora quedó abatida, desconsolada, pero en su pena comenzó a sonar el eco de tantas palabras como su vieja amiga le había dicho y sin darse cuenta empezó a pensar que sí, tal vez, todo estaba por llegar

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Conversaciones con Olivia

Hasta la llegada del final puede ser un motivo lo suficientemente válido para mirar al frente con entusiasmo, aun siendo ajenos a ello… porque de una manera u otra, todo está por llegar y nada puede privarnos de las ganas por vivir. Si te ha gustado este relato breve, compártelo. Muchas gracias.

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