Lo prometo y tú, ¿qué harás?

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Lo prometo, vaya por delante y antes de nada, que lo he intentado, lo prometo. Lo he hecho con todas mis fuerzas, pero me ha resultado imposible y es que estoy convencido de que para cualquiera de nosotros resulta completamente imposible abstraernos de la situación en la que nos encontramos, de la situación en la que vivimos.

Todos los medios de comunicación hablan de ello, casi de manera continua, actualizando prácticamente al minuto sobre el estado y los números de esta pandemia, empeñada no en dejar una estela de fallecidos tan grande como las de siglos pasados, aunque se esté cobrando muchas vidas, pero sí unas huellas que a aún hoy somos incapaces de asimilar, no solo por su magnitud, sino simplemente por desconocer cuáles serán.

Creo que ninguno supimos leer las imágenes que nos llegaban desde la popular China, meses atrás, en la que la construcción de un hospital en apenas diez días, con capacidad para más de mil contagiados, nos dejaba boquiabiertos, tan solo por demostrar al mundo entero una organización y un trabajo capaces de hacerles lograr semejante proeza. Quizá alguno llegó a pensar que lo mismo se estaba cociendo algo serio allí como para tomar tales medidas, de la misma manera que algún otro también debió pensar que igual aquello respondía tan solo a una sobreactuación exagerada.

Hoy, tiempo después y con el virus campando a sus anchas por todo occidente y extendido ya por los cinco continentes, empezamos a darnos cuenta de su importancia. En los países de nuestro alrededor, incluso al otro lado del charco, asistimos con atención cómo se van repitiendo los mismos episodios que aquí, en nuestra casa, en nuestra piel de toro, estamos sufriendo desde el mes de febrero, por mucho que algunos se empeñen en querer hacer ver que todo esto explotó, como si de una bomba nuclear se tratase, el segundo lunes del mes de marzo.

Me lo propuse hace un par de semanas y lo prometo ahora, no pretendo buscar culpables o, mejor dicho, buscar incompetentes o fuleros, porque tiempo habrá de eso. Ahora toca mirar a todo lo que, de manera atropellada, hemos cambiado, obligados o empujados por este virus de laboratorio o de mercado, que vaya uno a saber, aunque es probable que más de uno deba saberlo, seguro.

Este virus se ha convertido en lo más parecido a un tsunami sanitario, que nos ha obligado a dejar de besarnos, de abrazarnos y casi de mirarnos. Lo de hablarnos al oído es impensable y lo de echarnos el brazo por el hombro para pegarnos unas risas juntos se ha vuelto algo olvidado. ¿Quién piensa en un cine, en un concierto o en una cena romántica?, pocos creo, ¿verdad? Hasta incluso cuesta trabajo pensar en pagar con dinero en metálico… con tarjeta, por favor.

Pero voy más allá, un corte de pelo, un masaje, acudir al dentista o el inocente gesto de compartir un helado. Lo intento, lo prometo, pero a veces la imaginación se me dispara y me sitúo en estadios en los que, sin querer, el pesimismo campa a sus anchas. Es normal, me digo a mí mismo, tan solo es la consecuencia de una situación en la que la mutilación de nuestras alas nos impide despegar los pies del suelo.

Unas alas que, como si de brazos de una estrella de mar se tratase, volverán a crecernos (de hecho, lo han comenzado a hacer ya, aunque no lo sintamos) para estar dispuestas a llevarnos a hacer aquello que más hemos echado de menos en todo este tiempo de aislamiento… curioso aislamiento este, por cierto, que nos permite estar en contacto con todo y con todos, ¿no os parece? Bendito siglo XXI y bendita tecnología.

Y sí, al fin llegará ese día y casi como asustadizas criaturas saldremos a la calle o así quiere hacerme creer mi imaginación, esa que tantas veces me ha llevado volando de aquí para allá mientras corría y que ahora, sin dar una zancada, también se toma la licencia de ponerme a merced de mis pensamientos. Unos pensamientos que en esta ocasión se disfrazan de deseos, de sueños, que pretenden arrancarme la promesa de aquello que haré cuando un metro y medio deje de ser un abismo como el que ahora nos detiene, como el que ahora nos separa.

Contar tantos días sin sentir el abrazo de una madre no es una enfermedad que mate, pero deja una herida que no cesa de sangrar, como puede ser la que deja la huella del abrazo congelado de un nieto a su abuelo, la del padre a una hija, la del abrazo entre hermanos o incluso la del reencuentro de dos amigos. Abrazos, simples abrazos… ni perdidos, ni rotos, como dijera la película, simples abrazos.

Prometo dar esos abrazos que necesito, pero prometo algunas cosas más… prometo salir a correr allá por donde mis piernas me lleven, nadar en el mar, pasear por la playa, viajar en coche con mi familia, hacerme una foto junto a los amigos que quiero, sentarme en una terraza de cualquier plaza para tomarme una caña con una marinera y un pastelico de carne. Prometo ver pasear a la gente, sin prisa, sin nada que esperar… prometo no olvidar los aplausos de las ocho de la tarde.

Prometo recordar tantos gestos de solidaridad y cariño que nos está regalando una sociedad que se mira a sí misma, con cara de tonta o con cara de incrédula. Casi tantos como esos otros gestos, los que de manera inevitable van unidos a nuestra esencia, a nuestra manera de ser… sí, me refiero a nuestra histórica picaresca. Pero tantos unos como otros creo que se merecen un espacio propio, de manera que queden retratados como parte de un diario que volver a leer cuando todo esto haya pasado, que no olvidado. Prometo hacerlo…

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Prometo… y ¿tú?

Y tú, ¿qué prometes hacer cuando todo esto haya quedado atrás? Cuéntame tus pensamientos y si te ha gustado este post, compártelo. Muchas gracias.

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