Lo que pienso mientas corro (XLI): El arte de correr

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No existe mejor arte que aquel que brota de manera espontánea, sin artificios, ni influencias, natural, como lluvia que cae del cielo.

Hace tiempo que eso de correr se ha convertido en algo así como una especie de prescripción médica de ese fármaco habitual que no puedes sobrepasar en el número de tomas, ni en la dosis del mismo. El exceso de años preñados de muchos kilómetros y los ritmos de carrera muy intensos suelen pasar factura, unas veces antes, otras veces después y en mi caso creo que el peaje ha sido demasiado pronto y demasiado alto.

Sea como fuere, ahora ya no es momento de lamentaciones, de quejas o de lloros y nada como aceptar la realidad e intentar, en la medida de lo posible, volver a sentirse corredor, aunque tan solo sea dos veces por semana y sin pasarse de tiempo, ni revoluciones. Dicho de la otra manera: seguir las indicaciones médicas y a cruzar los dedos para que… Virgencita, Virgencita, me quede como estoy.

Me desperté, como tantas y tantas veces, con el día por amanecer, y me puse el pantalón y la camiseta de tirantes que con tanto esmero había dejados preparados la noche antes. El pantalón corto, el preferido para los entrenos cuando el cuerpo pide hacer kilómetros y por camiseta, la que me traje como obsequio de mi participación en el Maratón de Sevilla de 2014. Miré mi reflejo en el espejo del zaguán de la escalera, antes de salir a la calle… recuerdos y sábado.

Poco más de doce grados, el cielo parcialmente cubierto de nubes y el asfalto con el rocío de la mañana. Pensé durante unos instantes, mientras mi cronómetro cogía la señal del GPS, la ruta de mi salida y me puse como tope no sobrepasar los 75’ de zancadas. Zapatillas bien atadas, ropa cómoda, casi como una segunda piel, música que empezó a sonar en mi reproductor de MP3, gafas de sol y puse en marcha el cronómetro. Empezamos.

Los primeros metros me dejaron la pregunta de siempre: “¿Qué demonios haces aquí?… ¿ganas de fatigarte, de cansarte, de sudar?… en menos de un minuto giré a la izquierda para abandonar la calle de casa y seguir rumbo a la huerta. La cadencia, el ritmo, hasta mi forma de correr se ha vuelto más torpe, lo notaba, todo era tan distinto a entonces que me avergoncé de ello, pero sin tiempo para dejarme llevar por el desánimo caí en la cuenta de la realidad del momento: corría.

Todo comenzó a fluir, casi como antaño, o así lo sentí… correr, como todo, también tiene sus reglas, sus normas, sus principios y sus resultados, y sentirlo es vivirlo como un arte… como el artista que da vida a un lienzo, pone música a un instante o describe un momento… así me sentí, como un entregado pupilo a ese arte llamado correr.

Y sucedió, me alejé de mí mismo, como si la realidad tomase dos rumbos; en una mi cuerpo prosiguió su camino, como un autómata obediente cuya trayectoria conoce con los ojos cerrados, y en la otra realidad, mi mente se arremolinó de sensaciones, de instantes unidos a los miles de kilómetros de unas piernas que aprendieron, hace muchos años y sin darse cuenta el arte de correr.

El arte de correr, ese que un día te atrapa, sin querer, de la misma manera que la inspiración atrapa a su creador, resultando imposible a partir de entonces ignorar esa fértil o improductiva necesidad de crear. Correr se hace arte y de la misma manera que el placer que genera componer un soneto, arrancar los acordes a las cuerdas de una guitarra o tintar un lienzo de color, el corredor se convierte en reo de su inspiración, esa que lo lleva a flotar del suelo que pisa, mientras corre sin saber si sus zancadas lo ayudan a escapar o simplemente a encontrarse a sí mismo, mientras el tiempo, callado, atento, lo acompaña en su camino.

Los minutos pasaban, los metros quedaban atrás y en mi recuerdo, en mi ilusión, me sentía como aquel corredor que fui, persiguiendo recuerdos que nunca olvidaré. Corría, disfrutaba, el corazón latía, alegre, tanto como fatigado… el camino giró su dirección y me puso frente al sol de la mañana que, en su ascenso, me miraba fijamente, como faro solitario en medio del mar. Fue entonces cuando salió del vacío cegador de su luz… apenas vi su silueta, pero por su voz reconocí perfectamente el saludo de un amigo, de otro corredor de oficio y muchos kilómetros que, en bicicleta, daba los buenos días a la mañana:

Adiós Paquico

Adiós, Manolo… atiné a decir. Su cálido saludo me arrancó una sonrisa y la agradable sensación que te acompaña cuando tienes la fortuna de reencontrarte con alguien a quien aprecias y estimas. El instante pasó, el momento quedó grabado y mis piernas siguieron a lo suyo, fabricando kilómetros en ese solitario arte de correr.

La huerta dejó paso al monte, los limoneros se tornaron pinos y el horizonte se hizo mucho más extenso. Desde lo alto volví a mirar a la ciudad y volví a creerme, por un instante, un artesano de sueños, capaz de tejer una alfombra infinita con la estela dejada por mis zapatillas al correr… el arte de creer, de recordar, de soñar… el arte de correr.

El tiempo impuso su ley y la dosis de mi tratamiento llegaba a su tope, era momento de parar, de sentir el alivio del cuerpo cuando dejas de someterlo al castigo continuo y repetido de la carrera sostenida y constante. Las pulsaciones se estabilizaron, la respiración se volvió pausada y el sudor que empapaba mi espalda me recordó la gratificante recompensa del esfuerzo realizado. Volví a mirarme en el espejo del zaguán del edificio y con nostalgia me percaté de un detalle: me había faltado mi gorra, esa con la que correr siempre se elevó verdaderamente a la categoría de arte.

Había terminado de correr y satisfecho, feliz por haber vuelto a creer, abrí la puerta al día, que esperaba con todo por hacer… fue ya entrada la tarde, a esa hora donde la noche espera para quedarse de protagonista, cuando un leve zumbido de mi teléfono al vibrar me avisó de la entrada de un nuevo mensaje… Manolo Tortosa, era el remitente y decía así:

Se notaba que aquel corredor que venía a lo lejos no era nuevo en el arte de despachar kilómetros. Me quedé observándolo y disfrutando de la elegancia con la que corría y de ese bracear que me recordó a mi Haile Gebrselassie. Sólo cuando estuvo a mi altura me di cuenta de quién era. Lo que él no sabe es que 20 segundos antes de divisarlo, había venido a mi pensamiento, como tantas otras veces, y lo imaginaba corriendo por el monte. Me equivoqué 😊.

El arte de emocionar, pensé y antes de agradecerle sus exageradas y cariñosas palabras me sobrevino a la cabeza la necesidad de dejar por escrito lo que hoy comparto con vosotros. Sin esperarlo había recibido el broche perfecto para una mañana en la que, sin quererlo, el arte se había convertido en mi verdad… sí, el arte de correr.

Creo que todo se vuelve arte cuando pasión, deseo y sentimiento se dan la mano… quizá sea un arte carente de valor, de difícil comprensión e incluso invisible a los ojos de quien lo tiene delante, pero, ¿importa eso cuando aquel que, en su ignorancia, en su mundo de imaginación, se siente un artista sin necesidad de tener reconocimiento de ello? No, decididamente no…

Porque la vida es un campo fértil e infinito para sembrar de arte y nosotros los únicos capaces de tomar una pequeña porción de ella y preñarla sin vergüenza.

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El arte de correr

Fusión o confusión, correr y arte… ¿el arte de correr o tan solo el arte de soñar? En mi caso, mera pasión por un deporte y mi agradecimiento infinito a un amigo que con el regalo de sus palabras me hizo creer que sí: correr es un arte. Anímate, deja tu punto de vista de este post intimista y compártelo, si te ha gustado. Muchas gracias.

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