Lo que pienso mientas corro (XLII): Eso que tú me das

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Era sábado, un sábado más… de junio, en este caso y un minuto pasaba de las siete de la mañana. Comenzaba a correr, por delante unos setenta y cinco minutos de zancadas y kilómetros, en una nueva cita con ese amor sin el cual sería imposible vivir o casi: correr. La misma emoción de siempre, esa que nunca falta a la cita y en mi cabeza los acordes de una canción que desde hacía días me acompañaba:

Eso que tú me das, es mucho más de lo que pido…

Los días que llevaban conmigo esas estrofas eran los mismos que habían transcurrido desde que el martes anterior, nueve de junio, me había llevado un bofetón de esos que recibes cuando una noticia te sacude bien adentro. El fallecimiento de Pau Donés y su última canción me llegaron de la mano, juntas y como suceden esas cosas, sin avisar:

Eso que tú me das

En mis auriculares sonaba la magnética Magic de Coldplay y mis pensamientos, caprichosos, como los de cualquiera, se escaparon casi antes de que mi cuerpo rompiera a sudar, justo en esos instantes en los que tu mente aún no le ha dado tiempo a escapar de su estado de reposo y asimilar, con la normalidad de siempre, que toca matrimoniarse de nuevo con eso que te recarga de vida y te permite reencontrarte contigo mismo, una vez más y volver a sentir, a recordar y a comprender porqué hoy estás donde estás o porqué hoy has perdido o encontrado lo que tienes…

Eso que tú me das

Corría el verano de 1997 y una Flaca, llena de sensualidad y con un sabor de esos que perduran para siempre en el paladar, se había colado y me había calado hasta los huesos. Veinticinco años casi por cumplir y una mirada, que desde principio de los noventa me iluminaba la vida. Los libros habían quedado atrás, el paso al mundo laboral ya era una realidad y un Fiesta de color verde bosque el elemento de una fotografía que así lo aseguraba.

Santa Pola y sus veranos de esos años, con la Torre del Moro de testigo, sus playas y sus noches, sus cenas con sus copas, sus planes e ilusiones, un poquito más allá del ecuador que marcaba el tránsito de lo que deseaba y aún no tenía, aún no teníamos. Por aquel entonces jugaba a ser poeta

He aprendido como andar por encima del sol sin quemarme los pies, lo he podido abrazar sin notar el calor que dicen que desprende, he aprendido a volar con el viento que sopla tan solo pa´verte… y aunque tú estés tan lejos vendré a buscarte y más tarde quién sabe… y más tarde quién sabe. Quiero ser poeta y decirte a la cara que me gustas un poco o mejor con locura, quiero ser poeta y rogarte por la cara que te quedes un rato o mejor para siempre y rogarte por la cara que te quedes un rato o mejor para siempre… me das miedo y siento pena, me das miedo y siento pena, penita pena… pero he aprendido a quererte cada día un poco más y he aprendido a olvidarte cada día un poco más.

Para esto de correr faltaba todavía un poquito –pensé, mientras bajaba el puente del Reguerón, camino de Patiño. Tal vez llevase un ritmo por debajo de cinco minutos el kilómetro, aunque ni tan siquiera tuve la tentación de mirar mi cronómetro. Mis pensamientos me seguían arrastrando tiempo atrás, como parte de ese juego al que me tienen acostumbrado, mezclando kilómetros con recuerdos, realidad con pasado, presente y futuro, concediéndome la dosis de vida que empuja y contagia a lo que me rodea…

Eso que tú me das

Ahora le tocaba el turno a otro verano, quince años antes de ese del ´97, justo aquel en el que España se vestía de gala para intentar demostrar al resto del mundo que aquí también sabíamos jugar al fútbol. Un álbum de cromos, un sacapuntas de Naranjito y el vacío, el incompresible vacío de un adiós que hasta tres décadas después no llegaría a entender, no llegaría a comprender.

Mazarrón y su paseo, su inconfundible olor a mar… ese olor a mar de los de antes… su Galerica, su cine de verano, sus fuegos artificiales, la embriagadora fragancia del galán de noche y el jazmín, las tertulias nocturnas en la acera, los diez años aún sin estrenar y la estúpida incomprensión de aquello que sin saber por qué debes aceptar. ¿Quién es capaz de lanzar un grito si no tiene la conciencia necesaria de ello?, ¿quién pide ayuda sin saber que la necesita? Nadie

Hace días que te observo y he contado con los dedos cuantas veces te has reído y una mano me ha valido, hace días que me fijo qué guardas ahí dentro y a juzgar por lo que veo, nada bueno, nada bueno… de qué tienes miedo, a reír y a llorar luego, a romper el hielo que recubre tu silencio, suéltate ya y cuéntame, que aquí estamos para eso, pa´lo bueno y pa´lo malo, llora ahora y ríe luego… si salgo corriendo, tú me agarras por el cuello y si no te escucho, grita, te tiendo la mano, tú agarra todo el brazo y si quieres más pues, grita. Hace tiempo alguien me dijo cuál era el mejor remedio cuando sin motivo alguno se te iba el mundo al suelo y si quieres yo te explico en qué consiste el misterio, que no hay cielo, mar, ni tierra, que la vida es un sueño… si salgo corriendo, tú me agarras por el cuello y si no te escucho, grita, te tiendo la mano, tú agarra todo el brazo y si quieres más pues, grita.

Vaya, esto de correr quedaba aún más lejos todavía –pensé, nuevamente, justo en el instante que mi sombra había dejado de llevarme la delantera, para colocarse completamente de espaldas a mí. Giré mi cabeza para tener la estúpida certeza de que ahí seguía, pegada al asfalto que pisaban mis zapatillas y comprobé, con alivio, que seguía como fiel escudero protegiéndome la retaguardia.

De nuevo saltó a mi cabeza ese estribillo de días atrás, casi al mismo tiempo que mis piernas comenzaban a dar señales del cansancio provocado por estar llegando a su ración de kilómetros semanal…

Eso que tú me das

Hay que ser muy valiente, para saber, afrontar y aceptar que te marchas –dije para mí, mientras la imagen del cantante catalán me acompañaba una tarde julio, a medio atardecer, con todo un fin de semana por delante y la sensación de que la vida era interminable, a la que le pedía, me daba y de la que esperaba…

[…

Eso que tú me das

Ay del que pide,

del que espera

o del que mide lo que entrega,

porque quizá sea incapaz de apreciar y de aprovechar

tanto como recibe cada día.

Dicen que nada recibe el que nada espera,

de la misma manera que recibe

tanto como entrega;

pero entre dar,

recibir o esperar

se va escapando la vida,

esa que no tiene espera

y pasa mientras nos perdemos,

ya sea buscando,

esperando

o simplemente

entregando.

…]

Sí y terminé de correr, pero no de recordar… ni de canturrear.

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Eso que tú me das

“Eso que tú me das” es el epílogo de quien tiene la valentía de mirar más allá del horizonte de su vida. Este es un pequeño homenaje para todos aquellos a los que el cáncer les ganó un día la partida, segando para siempre lo que daban y recibían. Si te ha gustado este post, compártelo. Muchas gracias.

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