Lo que pienso mientas corro (XLIII): Equilibrio perfecto

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Con el moreno en la piel aún resplandeciente, con el sabor a la sal del mar aún en los labios y el eco de la humedad en el cuerpo que deja el bañador mojado recién despojado… así me siento, en lo más parecido a un equilibrio perfecto.

Ha disfrutado un mes de descanso de palabras y quince días de vacaciones laborales, en las que he alternado mañanas de zancadas y brazadas, sin pretensiones, sin objetivos, ni metas que perseguir, tan sólo el placer del ejercicio físico, de sentir el agotamiento por la prolongación del esfuerzo, el cansancio por la actividad deportiva y el subidón de felicidad que te embarga una vez concluido, como parte de un orgasmo imaginario, que se hace evidente en el brillo de los ojos y la sonrisa que siempre lo acompañan.

Correr (y nadar), sol y mar… tres vértices de un triángulo en cuyo interior se encierra mi estado mental, ese que quizá una vez fuera tan sólo aire, luz o agua, como una minúscula parte de un universo encaprichado en jugar conmigo, transformándome y llevándome de aquí para allá, en un viaje a través del tiempo imposible de entender, imposible de alcanzar. Un eco insignificante, apenas existente, a millones de años luz del fugaz reflejo de un recuerdo o el deseo callado de una estrella escondida tras su propia luz, en búsqueda de un anhelado equilibrio.

Sí, quizá este descanso haya aportado un poco más de equilibrio a mis pensamientos, esos mismos que revolotean por mi cabeza cada vez que ato las zapatillas y salgo a correr, casi de la misma manera que desde hace muchos meses también se sumergen conmigo en el líquido elemento, en busca de ideas o palabras en un fondo que no llego a alcanzar, que no llego a vislumbrar.

El tiempo no sólo ha pasado dejando su huella física sobre mí y sobre todo lo que me rodea, cobrándose con él los evidentes signos de sus efectos, sino también ha modulado, cambiado y alterado el modo de ver y entender la realidad. Una realidad a la que le ha costado hacerme entender y aceptar que la evolución sufrida pasaba por reducir a una tercera parte la frecuencia de la actividad e intensidad a la que estaba acostumbrado, de ahí que me revelara de manera constante, al ser incapaz de acariciar un presente que sin darme cuenta se había convertido en pasado.

Y así, sin buscarlo, ni pretenderlo, he comprendido que el equilibrio que necesita mi cuerpo y sobre todo mi mente, es ese en el que el ejercicio físico apenas llegue a sobrepasar los sesenta minutos, sin grandes esfuerzos y alternando disciplinas con las que conseguir la satisfacción corporal, concediéndole a mi cabeza el tiempo que precisa para ser capaz de oxigenar y alimentar un día a día necesario de atención y reflexión.

Una pretensión tan antigua como perseguida, tan deseada como esquiva, encontrar el equilibrio que nos conceda estabilidad, paz y la dosis justa de felicidad, capaces de darle el sentido que mucho tiempo atrás le concedió aquel que dijera eso del mens sana in corpore sano. Una vía natural de encontrar la satisfacción personal, a través de la actividad deportiva y por extensión en pleno contacto con el medio que nos rodea, envolviéndonos y permitiendo la permeabilidad de sensaciones que sólo la naturaleza puede concedernos.

Siempre tuve claro que el deporte representa un vehículo perfecto para nuestra realización, física y mental y ha sido el tiempo, la experiencia y la práctica de casi veinte años corriendo lo que me ha enseñado que no sólo supone el vehículo perfecto, sino la necesidad que representa, tal vez por eso, me ha costado entender que nuestra capacidad de adaptación es la que debe hacernos ver y entender que, si llegado el momento, es imposible mantener nuestra rutina deportiva, siempre podremos ajustarla para que siga concediéndonos el equilibrio que nos aporta, sin dejar de lado la actividad física.

El tiempo, ese contra el que he corrido tanto, creí que me había ganado la batalla, pero tan sólo intentaba decirme que sigue ahí, esperándome, pero ya no para competir contra él, sino para disfrutar juntos. Su lección es la del que sabe que siempre vencerá, por mucho que nos empeñemos en dejarlo atrás… paciente, no conoce la prisa y en su espera, en su lento caminar, nos susurra que a su lado podremos alcanzar lo que deseemos y llegar donde nos propongamos, tan sólo es cuestión de encontrar cómo hacerlo, de dar con aquello que nos conceda el equilibrio perfecto.

Querido tiempo, confío seguir disfrutando de tu caminar y contigo echar la vista atrás de vez en cuando, para comprender que aquello que apenas pueda ver ya, únicamente represente la explicación de lo que aún me aguarde tras el horizonte; un horizonte al que alcanzar ya sea corriendo, nadando o simplemente andando, mientras siga bronceando mi piel y encontrando en el mar ese viejo amigo del que un día salí y al que un día regresaré… volviendo a quedar todo nuevamente en equilibrio.

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Equilibrio perfecto

En esta ocasión tan sólo ha sido equilibrio y tiempo… y tú, ¿dónde hallas ese equilibrio perfecto que te conceda el bienestar que necesitas? Anímate y cuenta tu experiencia y se ha gustado este post, compártelo. Muchas gracias.

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