Lo que pienso mientras corro (XXXIX): Madrid

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Dicen de ti que eres el paso previo para llegar al cielo… Madrid.

Un par de días antes de un nuevo fin de semana de viaje en familia, me preguntaba cuántas eran las veces que había viajado a ella y la memoria tan solo fue capaz de dar respuesta con un pobre y escueto adverbio de cantidad: muchas. El placer va unido a esa contestación, nacido sin duda por la irresistible tentación de entregarme a exposiciones, monumentos, musicales, gastronomía o simplemente al disfrute de pasear por sus calles. Madrid, castiza, centralista, chulesca y engreída a veces, infinita, solidaria, acogedora, protectora, cálida y fría al mismo tiempo, fiera y dócil a partes iguales… Madrid.

Unos le han escrito, otros le han cantado y para muchos más ha sido su musa cuando unas pinceladas, unas imágenes o las notas de una partitura han sido el vehículo para dejarnos una pequeña radiografía de ella. Madrid, capital del reino, que se dijera antes, cruce de caminos, paso casi obligado en el tránsito de una esquina a otra de nuestra querida España; lugar para las oportunidades, destino para sueños y proyectos, unas veces cumplidos y otras veces hundidos… Madrid.

Cordial, te recibe como a uno más, entre los millones de quienes la habitan y te enseña, semejante a una presumida consagrada, el encanto de caminar por sus calles abarrotadas de gente, en las que el jaleo del caótico tráfico ahoga el murmullo de la gente hasta un momento en el que se tornan los sonidos y parece que solo estés rodeado por conversaciones de otras lenguas, de otras culturas.

En silencio, con la atención puesta en la carretera y pensando en ella, volví a clavar mi vista en ese cartel, a 71 Km de la capital, que en la A-3 te da la bienvenida a su tierra, a su casa. Volvíamos a vernos, algo más de doce meses después volvíamos a cruzarnos en el camino… o, mejor dicho, volvía de nuevo a salir a su encuentro. Pasaban unos diez minutos de la seis de la tarde, atardecía y la temperatura no llegaba los diez grados. Madrid esperaba.

Las zapatillas, compañeras inseparables e imprescindibles en mi maleta, aguardaban para caminar, para trotar un rato en la mañana, antes de amanecer, antes de su despertar…

Salí a la calle, el suelo estaba encharcado por la lluvia caída durante la noche y apenas tres minutos después alcancé la estación de Sol que, casi desierta, bostezaba; acompañado de media docena de madrugadores me colé en el vagón de la línea 3 y después hice trasbordo a la línea 10, para llegar hasta la parada de Lago, justo a la puerta de la Casa de Campo.

Era sábado y mi reloj marcaba las ocho menos cuarto de la mañana. Hacía frío, la humedad del suelo amenazaba con trepar por mis piernas y la noche, aún cerrada, se iluminaba tenuemente al amparo de la luz artificial de las pequeñas farolas que rodeaban el amplio estanque. Llovía tímidamente, de nuevo, sobre Madrid.

Comencé a caminar y en apenas unos pasos a trotar, suave, muy suave, buscando el camino de tierra que bordeaba el hermoso lago. La falta de luz, más allá de esas farolas, hacía imposible aventurarse por lugares desconocidos y opté por permanecer dando vueltas sin perder la estela de esas luces. Gané tiempo a la mañana y la noche se dejó vencer. Amanecía.

Era el momento de adentrarme en la Casa de Campo, de escaparme por caminos que esperaba me ayudasen a perderme en busca de pensamientos y traerme de vuelta para encontrar de nuevo el rumbo que acaba de dejar varado junto a la orilla de aquel remanso de agua. Trotaba de modo suave, siempre suave… me sentía correr.

La baja temperatura, el gris del cielo encapotado, la fina lluvia y el sonido de mis zancadas se disputaron el protagonismo de unos kilómetros vacíos de pretensiones, salvo las de seguir las sinuosas sendas que parecían acercarme un poquito más a ella…

Plaza Mayor, Cuchilleros, Santa Ana, Atocha, Arenal, Callao, Fuencarral, Serrano, Goya, Velázquez, Montera, La Latina, Plaza del Carmen, Gran Vía, Alcalá, Espíritu Santo, Castellana, Colón, Recoletos, Cava Baja, Carrera de San Jerónimo, O’Donnell…

Sí, pongamos que hablo de Madrid y miramos a su Puerta de Alcalá, allí donde no hay playa (vaya, vaya), pero siempre escucharás a alguien pedírtelo una vez más: Quédate en Madrid… sí, no lo pienses, vete pa Madrid, zambúllete en ella y deja caer la noche, para maullarle a la luna como uno más de aquellos gatos que andaban colgados… colgados por Madrid.

Quizá para algunos, y en honor al genial Javier Gurruchaga, sea un enorme corazón de cemento, un corazón de hormigón, un corazón de polución y por supuesto, también un corazón de neón, de puro, llamativo, magnético e hipnótico neón, capaz de atraerte, como un pequeño mosquito en la oscuridad y dejarte atrapado para siempre… Madrid.

Tan solo Madrid o tan todo, Madrid, un enamorado más, rendido a tus encantos. Volveré a ti, una y otra vez, para coquetear un par días y de nuevo te diré adiós, porque sé que es en esa despedida, en mi huida de ti, donde se esconde el verdadero impulso que me hace regresar, regresar y regresar… por eso:

espérame dormida y déjame que de nuevo me despierte junto a ti mientras me pierdo entre zancada y zancada, entre pensamiento y pensamiento.

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Madrid…

El placer de sentirse vivo al correr, unido al amor por una ciudad unida para siempre a tantos momentos pasados en ella y a tantos momentos que están por pasar. Y tú, ¿también eres un devoto más de nuestra capital? Anímate, deja tu opinión y si te ha gustado este post, compártelo. Muchas gracias.

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