Lo que pienso mientras corro (XXXVII): Vacaciones … y vuelta a las andadas

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Volver a las andadas seguir la senda de un camino anteriormente andado, regresar por donde ya hemos pasado. Algo así nos viene a decir el sentido de esa frase y eso es, lo que confío decir una vez que concluya mi período de vacaciones. Unas vacaciones que comienzan cuando ponga el punto final de este post y que representará el punto y seguido en las andadas de este blog.

Así lo decidí el pasado sábado en la mañana, mientras combinaba intervalos de tiempo en los que andaba y trotaba. El sol ya murmuraba el calor que traía y la humedad del ambiente me hacía imposible olvidar mi cercanía del mar… de un mar en calma, de un mar aún dormido. Caminaba como si corriera y corría como si caminara. Por el arcén izquierdo de la calzada, con mi cronómetro en marcha y todo aquello que siempre me acompaña cuando corro, cuando sueño

Sí, esta vez sí –me dije. En esta ocasión he decidido disfrutar el mes de agosto al completo como período vacacional, estableciendo por primera vez un descanso de tal duración, desde que pusiera en marcha Marcando la meta, allá por noviembre de 2013. Una decisión tomada al amparo del momento deportivo que atravieso durante todo este último año. Un año de choque frontal con la realidad runnera que me ha venido gobernando desde aquel noviembre… lejano noviembre.

Correr, entrenar, participar en carreras y la mejora continua de mi estado de forma, había sido una constante desde entonces. Una rutina diaria tan exigente como dulce, tan sacrificada como deseada. Pero todo eso se ha ido deteniendo paulatinamente a lo largo de los últimos doce meses, hasta llegar a una realidad, a un día a día, en el que todo aquello se ha convertido en algo muy lejano e irreal.

Los intervalos de trote sabían extraños, injustamente extraños, y en el recuerdo me veía, pero no me reconocía. Aquel sueño parecía no haber existido, pero mi mente se negaba a ello, sabedor de la verdad, de la realidad, que duermen en unas piernas que en otro tiempo corrieron incluso estando paradas, persiguiendo ideas, momentos e imágenes que ya, con nostalgia, pero sin resignación, no volverán.

Doce meses en los que volver a las andadas ha sido el mayor de los deseos; volver a exprimirme al máximo, volver a los entrenamientos que me dejaban tan cansado como satisfecho, volver a los fines de semana y a sus tiradas largas, volver a ponerme un dorsal y sentir los nervios de una prueba… en definitiva, volver a sentirme corredor. Pero no, todo ese deseo se ha quedado vacío. Estéril.

Y entre tanto, cada semana he seguido asomándome tras estas líneas, dejando un relato, una idea o un pensamiento metidos dentro de unas zapatillas, con las que me he sentido como un fonambulista, caminando sobre su inseparable cable de acero, intentando buscar argumentos y motivos por los que no dejar de hacer esa otra pasión unida a correr: escribir. Una tarea ardua en ocasiones, puesto que, si hay algo que ansío, que necesito para escribir, es sencillamente eso: correr.

Por ese motivo me entrego a estas vacaciones, con las que espero descansar mente, que no cuerpo, ya que si hay algo que espero hacer en las cuatro semanas que me esperan es darle actividad y volver, a mi manera, a unas andadas que me hagan esperanzar un otoño y un invierno en los que el gesto de atarme las zapatillas se vea repetido en más ocasiones que las hechas este año pasado.

Es tiempo para madrugar (siempre madrugar) y salir a nadar, a andar y quizá a ratos, poquito y con prudencia, tiempo también para salir a correr. Es un tiempo para no mirar más allá, para no esperar, no desear, tan solo un tiempo para olvidar, para olvidarme de todo o de casi todo, empezando por mí mismo y, en primer lugar. Sí, es un tiempo de vacaciones, de necesitadas vacaciones y de un tiempo, desconocido tiempo, que me deje las huellas invisibles de muchas andadas que están aún por venir, que están aún por llegar.

Caminaba, corría… por unos instantes volvía a las andadas, mi piel se erizaba, mis piernas se quejaban y mis ojos lloraban. No podía evitarlo, no quería evitarlo… estúpido, ridículo… insignificantes minutos de un ritmo lento, pesado, pero continuo. Bendita estupidez, buscada ridiculez, que me empapan cuando mi cuerpo se siente correr, como sudor que recorre mi espalda Lo he intentado de cien maneras, pero no consigo convencerme, no consigo engañarme, todo me ayuda, pero nada lo sustituye. Cuando correr te ha llevado hasta el otro lado, ya no sabes, ya no quieres, estar lejos de él… solo ansío volver una y otra vez a las andadas, porque sé que es allí y solo allí, donde me siento yo.

Sí, esta vez sí –me dije. Agosto me espera… un descanso me aguarda bajo su sol de justicia, a la sombra de su hermosa luna y a la luz fugaz de sus inseparables Perseidas; a ellas les pediré deseos, jugaré con sueños y coleccionaré recuerdos; recuerdos para volver a vivir mientras me ate mis zapatillas con la ilusión de volver a correr y dejar que mis manos, a su capricho, entrelacen momentos donde vuelva a ser yo… donde me vuelva a ver, donde vuelva a las andadas, corriendo y escribiendo.

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Vacaciones… y vuelta a las andadas

Ni el verano, ni las vacaciones empiezan en agosto, pero nombrarlo es pensar en ellas y en él… aquí empiezan las mías y por eso os dejaré descansar, aunque comparta o recuerde post guardados en el tiempo. Toca respirar, toca pensar y soñar con volver. Feliz agosto. Muchas gracias, por estar ahí.

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