Los yonquis de las primeras veces

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Yonqui: en la jerga de la droga, adicto a la heroína.

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Se conocieron la tarde-noche de un miércoles, mientras se manifestaban junto a miles de personas por la barbarie que los habitantes de este planeta estamos haciendo con el medioambiente. No los presentó nadie, tan solo la coincidencia de ir detrás de una pancarta que pedía por un verdadero cambio de comportamiento climático de los países.

Ella, casada, iba en compañía de unas amigas de toda la vida, con la que mantenía ese vínculo que solo puede dar el tiempo y una afinidad que las unió en los primeros cursos de EGB. Él, casado, acompañaba a unos amigos del club de running al que pertenecía y que además de haber mejorado su condición física, también había cambiado su conciencia, debido fundamentalmente por el daño al que estamos sometiendo a la naturaleza.

Una causa común y algo más de una hora de charla, entre vítores, pitos, proclamas y abucheos, junto al sexto sentido que solo los infieles desarrollan, al cruzarse con un semejante, los hizo quedar sin titubeos, en solitario, en lo que se convirtió en su primera cita. De nuevo fue miércoles, pero en aquella ocasión no hubo pancartas, tan solo un café y tres horas de distendida conversación.

Para ella, ama de casa y con los hijos universitarios, era sencillo tener cualquier tarde libre. Para él, trabajador por cuenta propia, no suponía inconveniente alguno organizarse la semana sabiendo que la tarde de los miércoles serían como un alto en el camino. Dos matrimonios consolidados, dos vidas asentadas y dos historias, escondidas tras sus espaldas, que dejaban una estela invisible pero imposible de esquivar para ambos.

Ella le hablaba de sus fantasías, él le contaba sus proyectos, ella le confesaba sus miedos, él compartía sus preocupaciones. Se escuchaban, mientras jugaban a las damas (ella con blancas, él con negras), veían el último estreno de cine, tapeaban en la barra de cualquier bar, contemplaban el atardecer desde lo alto de sierra o se hacían el amor en un pequeño hotel que, casualidad, ambos ya conocían.

Era una esposa modélica, era un marido perfecto, ambos eran queridos, ambos querían, ambos amaban, pero también eran reos de sus deseos, que un día habían decidido no renunciar a la vida que les concedían las primeras veces. Ninguno de los dos quería soltarse de las riendas que los asían, las vidas que tenían… eran felices, pero necesitaban mantenerse más vivos, echaban de menos la sensación de coger una mano extraña por primera vez, el sabor del primer beso, la primera caricia, descubrir una mirada furtiva, escuchar sin saber lo que les contarían, hablar sin que supieran lo que dirían.

Los miércoles se convirtieron en el mejor ecuador de la semana, gracias a la terapia de dos yonquis que se buscaban, como dos egoístas sinceros que sin rubor mostraban lo que necesitaban, lo que deseaban. Él le contaban los lunares de su espalda, mientras ella le recitaba los poemas que escribía. Ella le tarareaba canciones que le encantaban, mientras él le masajeaba los pies. Se tenían, se compartían, se comprendían.

No era la primera vez que pasaban por aquello, estaban acostumbrados a eso y en cuanto transcurrieran dos o tres meses, se esfumaría el interés del uno por el otro. Los besos ya sabrían que sabor tendrían, sus alientos no serían nuevos, ya no serían ajenos a la manera de acariciar, a la manera de amar. Los sueños y los miedos serían los mismos, los atardeceres se harían familiares y hasta el número de lunares ya no haría falta contarlos.

Eran yonquis de ida y vuelta, de esos que necesitan repetir el sabor de esas primeras veces, de lo nuevo, de lo desconocido. De esos que quieren descubrir y dejarse descubrir, de los que les gusta escuchar y hablar, mientras que lo que escuchen, lo que hablen, sea nuevo, sea imprevisible. Sus vidas ya tenían monotonía, rutina, tenían costumbres, obligaciones y responsabilidades, pero estaban vacías de primeras veces.

Y así, como parte del destino y como parte de sus anhelos, se encontraron, se conocieron, se entregaron, se disfrutaron y se exprimieron, esperando que el subibaja de esa conocida sensación los devolviera de nuevo al punto de partida, separándolos, dejándolos en sus vidas como dos amigos más que habían alimentado su adicción durante algunos meses. Sin embargo, no todo sucedió como esperaban, como acostumbraban.

Él no se cansaba de contar los lunares de su espalda, ella escribía poesías nuevas cada semana, las damas dejaron paso al ajedrez y hasta los labios parecían saber de manera distinta en cada beso. Algo no marchaba, algo se escapaba, los dos yonquis se buscaban, pero ya no era el deseo de la primera vez, ya se conocían, ya se sabían y, sin embargo, se necesitaban.

El miedo a lo desconocido les sorprendió, la presencia del abismo en los pies de sus sentimientos los paralizó, ajenos a una sensación que no esperaban y a la que no estaban acostumbrados. Se habían enamorado, simple y vulgarmente; lo que les sucediera décadas atrás, con sus parejas, volvió a suceder, ante la más desconcertante e inesperada realidad. Dos yonquis buscando sensaciones que habían olvidado por completo, las del puro e incontrolable deseo del amor.

Habían pasado por todo lo que recordaban, todo lo que deseaban y se encontraron de golpe frente a un callejón con aquel precipicio a sus pies. Si saltaban volverían a empezar una nueva vida, si retrocedían, perderían la oportunidad de volver a tener de verdad, un volver a empezar. Eran dos yoquis nada más, cobardes, incapaces de cogerle la mano a lo que el destino, ese con el que tantas veces habían jugado, les otorgaba.

Eligieron el dolor, la angustia de perder el cariño y el amor de quien deseas, antes de perder el cariño y el amor de quienes un día se enamoraron. Comprendieron que el amor, pese a tener solo una cara, puede sorprenderte y enseñarte que es más de lo que imaginas. Eligieron el dolor de la pérdida, del adiós, el revés de lo que sabes que podría ser y no quieres que sea, no debe ser. Descubrieron ese otro lado de los sentimientos y sin darse cuenta comprendieron que también eran dos yoquis de algo que habían olvidado: el amor.

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Hay drogas más fuertes que la heroína, que tal vez no matan, quizá no destrozan, pero dejan yonquis enganchados a ella para siempre… yonquis perdidos y atrapados en el amor.

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Los yonquis de las primeras veces

Una historia protagonizada por dos yonquis que jugaban a recordar el sabor de lo nuevo, de lo olvidado, sin saber el riesgo que eso, a veces, puede tener… si te ha gustado este relato breve, compártelo. Muchas gracias.

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