Más adrenalina y menos mercromina

post adrenalina

La llegada del otoño tiene, entre otras cosas, la bendita vuelta a la rutina y una de sus buenas y sanas costumbres que practico es la de subir los domingos por la mañana a caminar o trotar por el monte. La cercanía de ese paraje natural a casa y el placer de perderme un par de horas en plena naturaleza son dos motivos con suficiente peso como para no desaprovecharlos.

Es allí, andando entre pinos, por caminos más o menos angostos, por sendas más o menos sinuosas, por tramos más o menos empinados y, en algunos momentos, haciendo un poco el cabra, cuando uno, además de llenarse lo pulmones de aire puro, se relaja con el silencio y la tranquilidad que contagia el entorno que le rodea.

Una manera de hacer deporte, yuxtapuesta de esas otras en las que la adrenalina se inyecta en vena en grandes dosis y en donde el riesgo, el peligro y la integridad física se dan la mano como si bailasen girando en torno a sí mismas, logrando un equilibrio perfecto y aportando casi a partes iguales emoción, placer y mucho de valentía.

– Esto es adrenalina en frasco pequeño, pura esencia –me dije, justo antes de escuchar el sonido inconfundible de una bicicleta que bajaba, como alma que llevaba el diablo, por el mismo camino que yo subía. Una bicicleta que no se trataba de un artilugio mecánico del demonio que se moviera por sí solo, por obra y gracia de algún extraño conjuro, sino que iba conducida por un ciclista al mando, como es lógico.

Pasó por mi lado como una exhalación, en pos de una bajada a tumba abierta, levantando una ligera nube de polvo a su paso y dejando tras él el eco provocado por el sonido de los neumáticos sobre la zahorra del camino.

– Y eso es adrenalina en vena, ¡qué pijo! –murmuré, sin poder evitar darme la vuelta, para ver cómo desaparecían monte abajo, jinete y caballo metálico, como si al final de su frenético descenso esperasen encontrar la gloria de su peligrosa bajada.

Quizá sea el cumplir de los años, quizá que, a pesar de atesorar cierto atrevimiento en mi manera de ser, siempre he sido más bien mesurado, intentando controlar el riesgo y que las consecuencias de ciertas locuras dejaran la menor de las huellas en caso de que algo no saliera como preveía, pero ante la bajada de aquel ciclista me resultó imposible no imaginar los frutos que podría dar la pérdida momentánea del control de su bicicleta por cualquier inesperado contratiempo.

Está claro que el placer y la satisfacción de todo lo que hacemos y conseguimos es directamente proporcional al esfuerzo y a lo que arriesgamos, dicho con otras palabras, la posibilidad de éxito estará en función de la carne que echemos en el asador. Y eso mismo, llevado al plano deportivo, nos indica a todas luces que cuanto mayor sea el riesgo del deporte que hagamos, mayor será la dosis de adrenalina que pondremos en juego y por extensión, mayor el orgasmo de emociones que obtengamos por ello.

Un orgasmo y un placer que, inevitablemente, tienen unas consecuencias físicas que mejor no pensar, pero que nunca estará de menos sospesar, por aquello de que algo pudiera salir mal, sin que por ello nos convirtamos en pájaros de mal agüero o un pepitogrillo cualquiera. Nada como la barra libre de adrenalina que conceden aquellos deportes en los que jugársela o casi, es su razón de ser, pero siempre sin apartarse de la delgada línea que separa la cordura de la locura.

Sin embargo y lejos de mayores o menores riesgos físicos, más allá de tener o no que terminar con la crisma rota, la adrenalina no es más que la carga emocional intensa que liberamos ante determinadas situaciones, provocadas la mayoría de veces por momentos inesperados en los que se genera una tensión u otras situaciones buscadas, como las que van ligadas a los deportes con un mayor o menor riesgo físico.

Sea como fuere, lo cierto es que la adrenalina es como un chute de energía que te engancha y buscas para volver a experimentar una vez que ya lo conoces, intentando satisfacer así un placer más psíquico que físico, sin estar exento de este último.

A tenor, pues, de mi breve exposición, resulta sencillo imaginar que la cantidad de adrenalina liberada por el fugaz ciclista debió ser infinitamente superior a la que dejé correr yo, por simple comparativa entre su spútnika carrera y mi mojigata caminata (válgame la rima), sin embargo y por extraño que parezca, me quedo con esta pequeña conclusión, que lejos de ser acertada, la prefiero:

Paz y relajación, quizá una adrenalina descafeinada, aunque más bien resulte algo así como el placer de un orgasmo maduro, sereno, lleno de experiencia, que huye de fuertes emociones y de esa otra adrenalina, que lo único que consigue es un desgaste físico que no te conecta mentalmente con lo que deseas, con lo que precisas… o, dicho de otra manera, es la adicción a la adrenalina sin mercromina.

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Más adrenalina y menos mercromina

Las emociones, las adicciones, cambian con el paso del tiempo, claro que también depende de cada uno… en mi caso he dejado claro qué adrenalina prefiero y, ¿en el tuyo, con cuál te quedas? Anímate y pongámosle emociones fuertes al post de hoy y si te ha gustado, compártelo. Muchas gracias.

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