Naturaleza muerta (…todo quedará)

naturaleza muerta

Afirmar que la naturaleza muerta, como su propio nombre indica, carece de vida alguna, es una perogrullada de las de tomo y lomo. Hasta ahí todo conforme, pero si a esa naturaleza inerte, exenta del soplo de gracia y por tanto de alma, la vestimos o la adornamos de vida, entonces la cosa empieza a cambiar un poco, hasta el punto de transferirle parte suficiente de chispa como para ser capaces de decir que la hemos humanizado.

El concepto, puramente hablando, de naturaleza muerta es curioso en sí mismo, porque tiene una relación indirecta con la naturaleza y no tiene nada que ver con la muerte, incluso yendo un poco más allá, deberíamos analizarlo como parte de la terminología del mundo de la pintura y más en concreto con el vocablo bodegón.

Sin embargo, no es de pintura (de pincel y brocha fina) a lo que hoy quiero referirme y sí, tan solo, a ese tipo de vida que experimenta la naturaleza que nosotros, el ser humano, hemos creado a nuestro alrededor, transformándola en una parte necesaria del paisaje que nos rodea. En una parte necesaria e inseparable de nuestro modo de vida. Sí, me estoy refiriendo simple y llanamente a las ciudades.

Ellas son el hogar compartido entre todos, más allá de las cuatro paredes que encierran nuestro propio universo, y representan el escenario por donde deambulamos a diario, haciendo de ellas nuestro lugar de trabajo, de ocio, de oración, de salud, de juego e incluso de muerte. Todo, todo cuando precisamos lo encontramos en nuestras ciudades, no en vano su creación surgió, miles de años atrás, por la mera necesidad de atender en ella la demanda de una sociedad que poco a poco se fue abriendo al comercio, de la mano de artesanos y mercaderes.

Tampoco quiero remontarme tan atrás el tiempo, no se trata de eso y sí tan solo quedarme con la importancia y la vida que las ciudades nos conceden a quienes las habitamos y la vida que, de manera recíproca, les damos nosotros a ellas. Es pura simbiosis, donde el sentido radica en el crecimiento y la satisfacción de las dos partes: habitantes y habitáculo o continente y contenido.

Somos seres sociales por naturaleza y es precisamente en ella, en la naturaleza, donde hemos sido capaces de encontrar todo lo que necesitamos para nuestra vida o ha sido ella la que nos ha concedido todo cuanto necesitamos para vivir. Sea como fuere, la evidencia es que el desarrollo de nuestra especie nos ha llevado a la creación de esos reductos más o menos poblados, más o menos multitudinarios, donde nuestra vida se desarrolla de manera plena, donde se mezclan los jardines con las aceras, los árboles con las farolas, los ríos con los estanques y dentro de nada, hasta golondrinas con drones.

Naturaleza viva con naturaleza muerta, al unísono, al mismo compás, escenario y refugio, infierno y paraíso… nuestras ciudades, tan llenas de vida como quienes las habitamos, tan necesitadas de nosotros como nosotros de ellas. Por eso, no puedo evitar que un extraño escalofrío recorra mi espalda cuando en estos días veo las imágenes que sirven, casi a diario, para poner el punto final de algunos informativos o cuando veo las calles de mi ciudad inhóspitas, como parte de un sueño, de un mal sueño.

Calles vacías, plazas vacías, avenidas, parques, playas, paseos, lugares acostumbrados a estar habitados por cientos, miles de personas, se muestras vacíos, desiertos, como si una letal bomba hubiese explotado eliminando a toda la humanidad, pero sin dañar un gramo de la naturaleza… ni muerta, ni viva, tan solo a nosotros.

Me pregunto entonces dónde está el alma de ellas, el alma de nuestras ciudades, ¿encerrada, confinada con nosotros en cada uno de nuestros hogares o quizá se ha elevado hasta el cielo, emigrando más allá de lo que somos capaces de ver, capaces de imaginar? Curiosa paradoja, esa de mostrarse la naturaleza muerta exenta de alma, mientras todos miramos desde nuestros balcones y ventanas, intentando buscar ahí fuera esa parte de nuestra alma que dejamos en ella y ahora se ha esfumado.

No sucede lo mismo con esa otra naturaleza, la viva, la de los montes, campos, playas, selvas o desiertos, la de tundras, lagos, cascadas, riachuelos, valles o riberas, no, porque ella estuvo sola mucho tiempo antes de que nosotros llegásemos y sola seguirá el día en el que este simulacro de final se haga realidad. La naturaleza de nubes, rayos, sol y luna, huracanes, tormentas, erupciones, terremotos, lluvia, nieve y calor, esa seguirá repitiéndose, callada, siguiendo un ciclo establecido o a su antojo, pero seguirá.

Pero nuestras calles, esas en las que crecimos, jugamos, paseamos, corrimos, nos perdimos y nos encontramos, en las que charlamos, reímos, lloramos y hasta nos besamos, esas se quedarán huérfanas para siempre, buscándonos en el doblar de cada esquina, tras el umbral de los portales, en columpios y toboganes o al abrigo de soportales, esas sí serán entonces escenas de una naturaleza muerta… y nosotros un simple recuerdo de una realidad, que un día volverá.

Y quedará todo, todo lo que imaginamos, más allá de nuestras ciudades, quedará aquí…

centrales nucleares sin átomos, molinos de viento sin Quijotes, huertos solares sin cosechas, norias de agua para acequias tardías, líneas eléctricas sin peaje, pozos de petróleo para deseos y ondas de radio sin emisoras… y también museos, cines y teatros, palacios y chabolas, hospitales y cementerios, iglesias y mezquitas, burdeles y conventos, vías de tren sin cambio de agujas, aeropuertos con torres sin control, acuarios vacíos, alberos sin sonido de clarines y hasta un Cupido perdido cargado de flechas a su espalda… todo quedará.

naturaleza muerta

Naturaleza muerta (Foto: Mar Gómez Nicolás)

Un mal sueño, nada más, todo obedece a un mal sueño, en el que la naturaleza me habló, ella estaba muerta, me dijo y yo desperté. ¿Qué te ha inspirado mi post de hoy? Anímate y deja tu punto de vista y si te ha gustado, compártelo. Muchas gracias.

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