“No te creo” …echando un Mentiroso

No te creo

– No te creo –me dijo Mar, cuando escuchó el repóker de reyes que le acaba de endiñar.

A continuación, me miró con un gesto a medio camino entre la incredulidad, la resignación y el enfado. Incredulidad, porque no terminaba de creerse que de nuevo volviera a tener la suerte de los dados de mi parte; la resignación, porque eran ya varias las porras que se había anotado por dudar de mis apuestas; y enfado, porque si hay algo que no le gusta, es perder y la racha que llevaba la abocaba de cabeza a ser la primera en completar las nueve letras:

Mentiroso

*     *     *     *     *

Creer o no creer, mentir o no mentir, o casi lo que el inmortal Shakespeare dejara escrito para la historia en una de las frases más famosas de la literatura universal, puesta en boca de su príncipe danés:

Ser o no ser

Creer y mentir son dos actos que resultan más propios de nuestra fe, de nuestra capacidad para ver o entender la verdad, que de quien pretende hacernos comulgar con ella, ya sea de manera veraz o figurada. Dicho de otra manera, somos nosotros quienes decidimos lo que creemos y lo que mentimos, si es que eso de mentir es una práctica más dentro de nuestra costumbre.

Sí, sí, ya sé que desde bien pequeñitos y mucho antes de que la razón empiece a colarse en nuestra conciencia, todos comenzamos a recibir las pautas idóneas para que nuestro comportamiento esté siempre lo más cercano a la verdad y eluda la mentira como una práctica habitual.

Sin embargo, es el paso del tiempo, la madurez o el asentamiento de esa conciencia lo que nos enseña que resulta casi más importante mentir que creer… sí, así como suena, pero sin pretender hacer que la mentira se convierta en cotidianeidad. Y, ¿por qué?, os preguntaréis, pues es sencillo:

Creer está al alcance de cualquiera, tan sencillo como asentir, como tragar, como dar por bueno y no mirar más allá, a pesar de que luego la consecuencia de esa creencia pueda volverse o no en nuestra contra. Pero, mentir, ¡ay mentir!, para hacerlo bien no basta tan sólo con creernos lo que decimos, sino también con saber manejar la mentira con el mismo arte con el que hacemos uso de la verdad.

Todos somos mentirosos por naturaleza, de la misma manera que todos somos veraces, claro que la magnitud o la importancia de nuestras mentiras jamás deberá ser superior a la de nuestras verdades y con aquellas nunca buscaremos nuestro beneficio en perjuicio de un tercero, estando siempre encaminadas a evitar un dolor o pesar, o provocar un alivio o bienestar a quien la reciba. En resumen, las mentiras piadosas tal y como las conocemos, ¿verdad?

Pero todos sabemos que el rosa solo es un color y la vida, por mucho que nos empeñemos, no se tiñe de esa tonalidad, de la misma manera que no todas las mentiras son piadosas y muchas son las ocasiones en las que las verdades resultan muy dolorosas.

Y lejos de ellas, de las verdades y de las mentiras, está nuestra capacidad para decidir, nuestra libertad de creer… esa libertad es la que no nos debe faltar, la que nunca hemos de perder, porque creer es lo que necesitamos para hacernos a nosotros mismos, para construir nuestra felicidad y con ella nuestra realidad. Quizá, por eso, cuando no creemos no es porque dudemos de la verdad del otro, sino porque estamos creyendo más en la nuestra.

Que no sea el deseo de quien pretende mentir el que venza, que la verdad no sea la única capaz de tener la razón, que mentir sea una dulce verdad y la realidad se olvide de esas veces en las que duele más que la peor de las mentiras, que todo o nada de eso suceda, pero que seas tú el que tengas la capacidad para decir:

“No te creo”

*     *     *     *     *

– No te creo –repitió dijo Mar, agarrando el cubilete con sus dos manos, sin dejar de mirarme a los ojos.

– Re-pó-ker de re-yes – volví a pronunciar, esta vez con lentitud, haciendo énfasis en cada sílaba y con una sonrisa que la descuadraba aún más.

– Amigo, con la suerte que tienes, seguro que está… pero, ¿qué hago? No puedo superarlo y si no me lo creo me apunto otra porra más –se intentaba convencer en voz alta a sí misma.

– Siempre puedes sacar un repóker de ases, no lo tienes todo perdido –le animé, desde la seguridad que daba el saber lo que había bajo el cubilete, mientras tres reyes estaban al descubierto ante nuestros ojos.

– Que no… no te creo –y sin pensarlo un segundo más, como si un arrebato se hubiese apoderado de ella, levantó de súbito el cubilete para dejar a la vista las figuras de los dos dados que se escondían en él:

Un rey y un rojo

– ¡TOMA! Te la comes tú, por mentiroso, pero, ¡si tenías un póker de reyes!, ¿por qué no me has pasado eso? Sólo tenías que superar el trío que te había dicho Rocío –me riñó con la risa nerviosa de quien acababa de salvar una bola de partido y seguía viva en la partida.

*     *     *     *     *

En ocasiones, las mentiras son como un farol de una partida de póker: un simple capricho, la única salida de quien se encuentra acorralado o la mejor de las excusas para inventarse otra realidad; en cualquier caso, basta con saber la verdad que hay tras ella (para quien miente) y creerse o no, lo que tiene frente a sí (para quien evita convertirse en mentido).

No te creo

…echando un Mentiroso

A veces un simple juego desata un razonamiento, un pensamiento y en esta ocasión fue el póker de dados y su Mentiroso… y tú, qué consideras más importante, ¿creer o mentir? O, ¿tan sólo son dos conceptos que para nada podemos situar en la misma balanza? Anímate y deja tu punto de vista y si te ha gustado este post, compártelo. Muchas gracias.

Deja una respuesta

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.