Operación armario (ganando espacio para seguir guardando)

Cuestión de espacio

Andaba la mañana del pasado domingo en plena operación para ganar espacio al armario destinado a guardar la ropa de abrigo (entiéndanse chaquetas, chaquetones, abrigos y similar), cuando caí en la cuenta, una vez más, de la de cosas que guardamos y conservamos a lo largo del tiempo simplemente por mero valor sentimental.

El espacio, ese lugar ocupado por cada objeto material, es finito y como nos sucede a cualquiera de nosotros, vivimos en una vivienda cuya capacidad máxima llega hasta donde llega. No importa lo grande que sea nuestro hogar, de la misma manera que tampoco importa el número de armarios que este tenga, ni si disponemos además o no de trasteros o cuartos complementarios que nos ayuden para guardar una mayor parte de aquello que ya no usamos a diario, pero aun así guardamos para cuando llegue el momento, porque seguro que tarde o temprano llegaremos a ese instante en el que podríamos colgar un cartel que pusiese:

Completo – Petado – A full – Hasta la bandera – Hasta el gollete – Ni una pipa más – Esto está que pega un peo…

No importa la expresión que utilicemos, cuando eso sucede es el momento de remangarse y meterse en faena para ganar el espacio que precisamos, salvo que queramos vivir en casa como si fuéramos parientes lejanos del amigo Diógenes… no había llegado a ese punto, ni mucho menos, pero en esa tarea me encontraba yo, mientras intentaba recuperar algo de espacio, si quería conservar de manera adecuada el abrigo que tan generosamente y con una semana de retraso me habían regalado SSMM de Oriente.

Fue entonces, mientras me probaba prendas olvidadas en el fondo de armario, desde hacía mucho tiempo atrás, cuando me vinieron a la cabeza escenas y momentos también guardados, pero no olvidados. No pude evitar la nostalgia que siempre acompaña el recordar tiempos pasados, como tampoco pude evitar mirarme al espejo y decirme:

– Pero, ¿con eso salía yo a la calle?, y encima iba más guapo que un San Luis.

Las carcajadas fueron inevitables, como inevitable resultó el hacer de tripas de corazón y dejar a un lado el sentimentalismo, si quería ganar ese valioso espacio para guardar la nueva prenda y ya puestos recuperar algo más de ese preciado bien, en previsión de otras futuras compras.

No fue una ardua tarea, aunque debo confesar que costó hacerlo, pero en pocos minutos me sacudí la nostalgia y metí en bolsas aquellas chaquetas que un día fueron como una segunda piel para mí y a las que le había otorgado un gran cariño, quizá excesivo, pero merecido en algún que otro caso.

Me percaté entonces, también, de lo que me costaba antaño deshacerme de mis posesiones materiales y del apego que les cogía, y cómo el paso del tiempo me ha enseñado a apreciar o dar importancia a esas otras cosas que guardamos, pero que no ocupan un lugar físico a nuestro alrededor, sino en nuestro interior. No voy a referirme ahora a algo tan recurrente como los recuerdos sentimentales, para no caer en la ñoñería sensiblera que va unida a ellos, pero ese reciclaje de armario me condujo a pensar en otro reajuste que debía acometer.

Sin poder evitarlo pensé en el pequeño espacio que guardo en mi trastero, como si de un santuario se tratara, donde acumulo, apiladas, alguna decena de cajas de cartón en cuyo interior se hayan perfectamente guardadas otros tantos pares de zapatillaszapatillas de correr, como es lógico. Pensar en el tiempo que duermen allí y en cuánto tiempo más voy a mantenerlas fue algo instantáneo, también inevitable.

Coleccionar zapatillas usadas, cuyas suelas se han desgastado por los cientos de kilómetros recorridos es como ese pequeño tesoro que conserva cualquier corredor y que viene a ser casi más valioso que cualquiera de los trofeos que haya podido conseguir, en el anecdótico caso de que así haya sido. Mientras que los dorsales recuerdan la participación en pruebas concretas, son determinados y recogen una cita puntual, las zapatillas son mucho más, son las silenciosas y fieles compañeras a las que unimos gran parte de nuestro tiempo, como únicas testigos de esos ratos de soledad y kilómetros.

Como si de un pequeño centrifugado se tratase, sentí como si mis recuerdos y mis entrañas se hubiesen sometido a más de mil revoluciones por minuto dentro de un tambor imaginario llamado tiempo, quedando arrugados y completamente pegados a la superficie metálica del diabólico elemento, fruto del insalvable efecto de la fuerza centrípeta. En mi mente quedó dando vueltas, a menor revoluciones, una frase antes de conseguir el reposo de mi agitada cabeza:

– Voy a tirar las zapatillas del trastero para dejar espacio para un armario.

Frase que, como podéis imaginar, quedó ahogada entre mis cuerdas vocales, ante la rotunda negativa de hacer audible semejante afirmación. Deshacerme de dicha colección sería como borrar una parte imprescindible de mis últimos dieciocho años, renunciando así a la prueba física que evidencia un pasado de tantas horas corriendo, de tantas horas dando zancadas… y en ese momento, justo en ese preciso momento, me ruboricé, al darme cuenta de cómo en tan solo unos minutos había vuelto a sentirme atado a unos recuerdos que me impedían dar la espalda al apego de algo material, al apego de unas simples zapatillas.

Claro que cuando en los sentimientos entra en juego correr, entonces la cosa cambia, ¿o no? Por eso, quedé mirando mi armario, satisfecho del espacio ganado, contento por el generoso regalo de los Tres Magos y convencido de la necesidad de decir adiós a lo que ya no usamos, a lo que ya no necesitamos y convencido, al mismo tiempo también de que:

Correr es algo más que una necesidad.

Y todo eso sucedió, todo eso se asomó a mi cabeza en un rato durante la pasada mañana de domingo, dedicada a reciclar un armario ropero y ganar espacio para seguir guardando… para seguir guardando de cara a otro momento, de otro domingo, donde quizá vuelva a ahogar mi intención de recuperar un espacio concedido a unos pares de viejas zapatillas.

espacio

Cuestión de espacio

La importancia de deshacernos de aquello que ya no usamos y recuperar espacio para lo que está por venir, ligado con la importancia del hueco, físico o no, que ocupa una pasión en nuestra memoria. Y para ti, ¿hasta dónde estás dispuesto a sacrificar parte de tu espacio solo por aquello que te apasiona? Si te ha gustado este post, compártelo. Muchas gracias.

Deja una respuesta

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.