Salir a correr, salir a entrenar: zancadas en ambos casos

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Recuerdo cuando comencé a correr, y de eso hace ya más de diecisiete años, que el sentimiento que me impulsaba a ello era simplemente el de querer correr, nada más. Una pequeña parte de ese impulso era la novedad de un deporte que se había metido en vena casi de manera automática y la otra gran parte fue el motivo, la razón, por la que había elegido esa disciplina como principal aliada de un propósito que otros deportes no lo habían conseguido: dejar de fumar.

Como ya he dicho en numerosas ocasiones, cuando uno empieza a correr lo hace por algún motivo concreto; es como un click que se activa dentro de nuestra cabeza, que nos hace desear atarnos las zapatillas para salir a la calle en busca de kilómetros. Ese motivo resulta, a todas luces, imprescindible para engancharnos a correr y es el motor para las primeras salidas, las primeras veces, esas en las que correr aún no ha llegado a nosotros para quedarse, esas en las que aún no se ha colado dentro del todo.

Y es que después de todo, y si eres corredor lo sabes bien, correr es duro, cansado, es ingrato porque un par de semanas sin hacerlo es un paso atrás en tu forma física y además se hace cuesta arriba uro cuando las condiciones climatológicas no acompañan. Todo eso es como una fina línea que te puede hacer caer del otro lado hasta que llega ese día en el que correr se vuelve en parte de ti, hasta ese día en el que ya se ha activado ese click y no hay marcha atrás.

Es a partir de entonces cuando comienzas a marcarte metas, a querer correr más kilómetros, a correr más rápido, cuando sales más días a la semana, cuando comienzas a convertir tus salidas en entrenamientos, cuando comienzas a tener una disciplina, cuando pisas por primera vez una pista y cuando te das cuenta que poco a poco quieres más, porque tus piernas y tu mente quieren más. Y lo más importante, tu cuerpo está preparado para ello, reacciona a la perfección y te permite conseguir más, todo sale bien, todo va bien.

No dejas de correr, pero en realidad tus salidas son a entrenar, tu cuerpo corre, sí, pero es más exacto decir que tu cuerpo entrena. Es la época de las pruebas, de los dorsales y de las competiciones; de las categorías, de los podios, de los ritmos de carrera… en general es la época del corredor popular puro y duro, en plenitud de facultades, la época de correr de una manera más social, más deportiva, más competitiva.

Pero todo tiene una duración y el corredor popular, ese que había empezado a dar zancadas casi por casualidad y se había convertido en lo más parecido a un atleta popular, comienza tarde o temprano a descender de esa cima a la que había llegado. Casi siempre lastrado por las lesiones, aunque también puede deberse por el desgaste de un nivel al que sin querer se ha visto sometido o simplemente por la merma natural de las condiciones físicas. En resumen y sea cual sea el motivo, correr sigue siendo el mejor aliado, pero el paso del tiempo y de esas etapas, va mutando y casi de manera inapreciable parece rotar al origen del que partió, a ese correr por correr.

Es entonces cuando de nuevo sientes que vuelves a correr, sencillamente correr. Sin darte cuenta, empiezas a alejarte de todo aquello que llenaba tus kilómetros y un día descubres que sigues corriendo en la medida que puedes, no tanto como te gustaría, pero más de lo que deberías. Tu forma física se ha alejado de aquella que te permitía devorar kilómetros a una velocidad impensable y tus tiradas largas de ahora son lo más parecido a una breve salida de entonces, pero no importa, sigues corriendo y tu cuerpo se aferra a ello como un niño a su juguete favorito.

Entonces eres consciente del tiempo que ha transcurrido desde que dejaste de salir a entrenar, ya casi ni recuerdas toda aquella liturgia que te acompañaba en una carrera, desde la noche anterior hasta el momento del pistoletazo de salida. Echas de menos respirar todo ese ambiente, todo aquello, pero aun así sales a correr y en silencio, en soledad, como siempre, sigues sintiéndote un corredor, por mucho que haya cambiado todo.

Ahora te pones las zapatillas, te atas sus cordones y sales a correr, sin saber bien el tiempo que durará esa salida, los kilómetros que harás y sin saber cuándo será el día que lo volverás a hacer. Pero eso ha dejado de importar, sales a correr, porque es eso lo que te gusta, lo que ansías, lo que te llena por encima de cualquier otro deporte. Tus zancadas son como latidos de tu corazón sobre el asfalto o la tierra que pisas y con cada una de ellas oxigenas todo tu cuerpo.

Es el paso del tiempo el que te ha cambiado, pese a que tú simplemente sigas haciendo lo mismo que te ató hace años: salir a correr. La evolución ha seguido su camino y lo un día fue como una expansión, ahora es lo más parecido a una compresión. No, ya no sales a entrenar, como hicieras aquellos segundos días, sales a correr, nada más… y nada menos. Tan solo son zancadas, en ambos casos solo son eso… zancadas.

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¿Correr o entrenar?… pero siempre correr

Esta sencilla entrada de esta semana está dedicada a un amigo, Dani Matas, por recordarme con nuestro casual encuentro del pasado domingo, mientras corría sesenta minutos, que solo quien ama correr lo hará siempre, pese a las dificultades y sin olvidar que, por encima de todo es corredor. Y tú, ¿te has sentido identificado con alguno de las etapas que describo entre estas palabras? Anímate, deja tu punto de vista y si te ha gustado este post, compártelo. Muchas gracias.

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