Silencio en negro y malva (al amparo del Refugio)

Refugio de negro y malva

El capuz, de un raso malva intenso, descansaba perfectamente extendido sobre la cubierta de su cama y colgado de una percha, prendida del tirador del maletero del armario, la túnica que cubriría su cuerpo en pocos minutos, del mismo raso brillante y de negro azabache. Los guantes, negros también, sobre el pequeño aparador, el rosario sobre la mesita de noche y los dos escapularios guardados en la vieja caja de madera que le regaló Sonia siendo niña, con la inscripción desgastada… Para el Mejor Papá del Mundo.

Acababa de darse una ducha y con la serenidad que le contagiaba todo lo que giraba en torno a su Procesión, comenzó a vestirse lentamente, muy lentamente. También sobre el aparador había un par de fotos enmarcadas; en una estaba con Sonia y Carmen, en la otra, él y Carmen. Eran de hacía tiempo, aunque para él pareciese como si no hubiese existido aquel momento. Fue en verano, durante uno de sus viajes por Andalucía, en concreto aquel en el que visitaron Granada y quedaron hechizados por la belleza serena de la vieja fortaleza roja.

Ese era el único momento, al cabo del año, en el que volvía a encontrarse con su pasado, pero los estatutos de la cofradía eran tan claros como estrictos. Había sido capaz de romper con todo, absolutamente con todo, excepto con la devoción que le profesaba a Él. Le costó años de favores y súplicas, pero al final había conseguido ser uno más de los fervientes y silenciosos penitentes que acompañaban a Jesús, crucificado, en la noche que rememoraba su muerte. Era Jueves Santo.

El silencio era el sonido de la noche y él, con sus votos bien aprendidos, como un nazareno más, guardaba promesa desde las doce del mediodía. Ayuno y recogimiento, hasta la Hora del Ángelus de Viernes Santo. Veinticuatro horas de aislamiento, de reflexión, de penitencia, arrepentimiento y entrega al Hijo de Dios. Solo tenía permitido salir a la calle para acompañar a su Cristo en la Procesión del Silencio, no debiendo cruzar palabra alguna con transeúntes, ni con otros hermanos afines a él.

No se conocían entre ellos, salvo el Hermano Mayor de la cofradía, que tenía la documentación con los datos personales de todos los cofrades que la formaban. No mantenían reuniones a lo largo del año y la información de cuanto precisaban conocer la recibían mediante correo certificado, con antelación suficiente a la celebración de la Semana Santa. El silencio no era solo lo que les unía la noche del jueves cercano a la primera luna llena de la primavera, sino también a lo largo de todo el año.

Las manecillas de su reloj de muñeca marcaron las nueve de la noche y con puntualidad casi marcial cubrió su cabeza con el capuz. Era el momento de salir de casa. A continuación, colocó un escapulario sobre su pecho y el otro sobre su espalda, se enfundó los guantes y apagó la luz del dormitorio. Caminó por el largo pasillo que separaba el cuarto de la puerta de la calle y salió. El sonido de la llave, al girar las dos vueltas del bombín de la cerradura, provocó un tímido eco en la escalera. Giró sobre sí mismo y emprendió el camino hacia la Iglesia.

Las luces de las farolas aún permanecían encendidas y lo seguirían estado hasta que el tañido de las campanas de San Lorenzo anunciara las diez de la noche. En ese instante se haría la oscuridad en todo el casco antiguo de la ciudad y las hojas del portón de la parroquia en la que se veneraba, desde la noche anterior, el Santísimo Cristo del Refugio girarían sobre las bisagras que las sujetaban y como un leve quejido ahogado dejarían escapar el fuerte olor a incienso que, como siempre, inundaría todo el templo.

Llegó la hora y el estandarte de la cofradía y una gran cruz de plata abrieron la comitiva; tras ella el lento caminar del centenar de penitentes que marcaban el camino del único paso, con la imagen crucificada de Jesús de Nazaret; todo ello al ritmo del sordo sonido que producía el leve golpeteo sobre tres tambores forrados con tela malva, que precedían al conjunto. Tras ellos, dos interminables filas de espontáneos feligreses con velas encendidas, en señal de duelo.

Santiago caminaba con su frente erguida, con la mirada clavada en la gran cruz que comandaba la Procesión y en cada pausa miraba a su lado derecho, contemplando el resplandor en los rostros del público asistente, iluminados por la llama del cirio encendido que portaba en su mano izquierda. El silencio dominaba y apenas un leve murmullo de voces se intuía en calles lejanas…

Alejandro Séiquer, Santo Domingo, Trapería, el estrecho giro de los soportales al llegar a la Plaza de la Cruz, con el sonido de bandurrias y laúdes de los tunos… la alargada sombra del Crucificado se pintaba en la fachada de la Catedral de Santa María y las voces de los Auroros comenzaron a sonar en la Plaza del Cardenal Belluga. La luna todo lo cubría con su manto blanco, dándole una mayor presencia al negro y el malva de las túnicas nazarenas en plena noche enlutada.

Se asomaba, tímida, la Plaza de los Apóstoles, encadenada eternamente a los Vélez y su Capilla, para dar paso nuevamente a Alejandro Séiquer y poner el punto final a un camino cargado de sentimiento. Rodillas en suelo, uno junto a otro, en señal de duelo, de respeto… de silencio. El Trono de regreso al templo, con el inseparable eco forrado de tambor, escoltado por cientos de miradas, entre lágrimas y cantos, entre suspiros y lamentos.

Terminada la Procesión volvió sobre sus pasos, sin prisa, con la misma cadencia en su caminar y con la satisfacción de haber guiado y acompañado en su paseo, un año más, al Hijo del Refugio. Ya en casa y aún con medio día por delante de silencio que guardar, se despojó de guantes, sandalias, capuz y túnica. Se desvistió por completo y desnudo, frente al espejo del aparador, guardó junto con la caja de madera que conservaba los dos escapularios, las imágenes con Carmen y Sonia, cambiando estas por la foto que aparecía junto a Mario, el día que se conocieron.

Había cumplido, un año más, con su compromiso, con su devoción y cómo no, también con su penitencia. Una penitencia que, desde que dejó a Carmen, se había autoimpuesto como señal imperdonable por no haber sabido seguir ahogando el deseo de la carne, de su carne. Encerrado en el cuerpo de un hombre había hecho todo cuanto se esperaba de él, como hombre, y Carmen y Sonia representaban la única evidencia física de su pasado masculino. El matrimonio y la paternidad eran los dos únicos eslabones, junto con el del amor a su Cristo, a los que aún seguía asido y de los que sabía, conscientemente, que jamás se soltaría.

Carmen y Sonia comprendieron y perdonaron su nueva vida, y aquellas veinticuatro horas de silencio, era el precio que pagaba, como hombre, para seguir formando parte del grupo de penitentes, vestidos de negro y malva, que cada Jueves Santo procesionaban por las calles de la ciudad. Sabía que jamás una mujer cubriría su cuerpo con una túnica como aquella que, con celoso cuidado, doblaba antes de ser guardada en la caja de cartón donde la conservaba, pero las reglas eran claras y, al fin y al cabo, recordar una vez al año de donde venía, también era algo que, en silencio, cómo no en silencio, quería conservar.

Cansado, se metió en la cama y apagó la luz; tan solo quería dormir… y en la cocina, sobre la encimera, un vaso de cristal con forma de tubo, cubierto a medias por agua, hacía de improvisado jarrón con cuatro rosas de color malva, que horas antes habían formado parte del manto floral a los pies de la Cruz de Jesús. Santiago perdió la conciencia en apenas unos minutos y así, dormido, quedó como cada noche de Jueves Santo al amparo de su Refugio… el del Santísimo Cristo.

Refugio de negro y malva

Silencio en negro y malva

Cuantas veces escondemos con silencio, nuestro pasado y nuestro presente, teñidos de uno o mil colores. En esta ocasión el negro y el malva aúnan respeto, amor y libertad, todo de una y una de todo. Si te ha gustado este relato breve, compártelo. Muchas gracias.

Deja una respuesta