Somos… somos tantas cosas, ¿verdad?

somos

Somos lo que comemos… que dijera aquel.

Claro que también somos mucho más de lo que ingerimos, mucho más de aquello que pasa por nuestra garganta y se procesa en nuestro estómago. Somos lo que alimenta nuestro organismo, de la misma manera que somos todo lo que también alimenta nuestros sentidos. Somos lo que hacemos, pensamos, decimos o soñamos, lo que queremos, tenemos, perseguimos o perdemos.

Quizá por eso me pregunte qué somos cuando comemos a besos, cuando nos amargamos comiéndonos la cabeza o cuando nos hastiamos porque nos dejamos de comernos la oreja… sí, en todos los casos comemos, pero en ninguno de ellos llenamos nuestra barriga y sí engordamos nuestros sentimientos, unas veces positivos y otras veces negativos.

Sí, por encima de todo somos fruto de nosotros mismos y de todo aquello que nos rodea. Nuestro ADN lleva grabada toda la información genética que nos dará el aspecto que tenemos, tanto por dentro, como por fuera. Pero más allá de esa herencia, somos innegablemente el resultado de ese entorno que nos abraza, donde se hallan la familia, la educación, las amistades, incluso esos círculos de personas con las que compartimos nuestros quehaceres diarios, como el trabajo, las obligaciones, y, por supuesto, las aficiones.

Y como consecuencia de todo eso que somos, nuestro cuerpo reflejará, innegablemente, el balance de aquello a lo que lo expongamos. Así, son frecuentes los hábitos saludables y mentalidades cada vez más empáticas con todo el mundo exterior, que arrojan como resultado unos individuos potencialmente mejor adaptados al medio y más perfectos.

Tranquilos, aunque pueda parecerlo, no es intención compararlo con la evolución natural de las especies, pero sí podríamos decir que el paso del tiempo nos está empujando a ser individuos cada vez mejores en todos los planos de nuestra vida. Aunque es probable que sea más correcto decir que somos cada vez más, en general… en algunos casos, mejores y también en otro, irremediablemente peores. Somos, simplemente, somos.

Y, por qué, os preguntaréis, por qué o a cuento de qué me estoy perdiendo hoy en lo que somos o dejamos de ser. Sencillo, muy sencillo, todo es fruto de mi irremediable costumbre por mirar a mi alrededor y sacar las conclusiones, sin valor alguno, de un mero observador. Un observador que mira y ve cómo…

somos cada vez más educados, pero tenemos peores modales; somos cada vez más atractivos, pero somos más grotescos; somos mejores cocineros, pero ingerimos mayor cantidad de comida basura; somos más deportistas, pero aumenta el número de sedentarios y obesos; somos más ecologistas, pero nos cargamos el planeta a un ritmo más vertiginoso; somos más solidarios, pero hay más injusticias; somos más igualitarios, pero siguen creciendo los delitos de género; somos más pacifistas, pero fabricamos más armas; somos más permisivos, pero nos mostramos más intransigentes; somos nuevos animalistas, pero seguimos extinguiendo seres vivos; somos más… ¡qué demonios!

Somos pura contradicción, una especie superior, única, capaz de dominar todo un planeta por completo e incluso viajar al espacio con el ansia de colonizar nuevos lugares y encontrar otras formas de vida a las que decirles lo perfectos que somos, aunque seamos responsables de los cambios en las leyes que gobiernan nuestra vida.

No, este no es un manifiesto en contra de nuestra especie, por supuesto que no, esta no es una oda a la grandeza y la estupidez humana, tan solo es una vulgar recopilación de esa capacidad que poseemos de hacer, mejor que nadie, todo aquello que nos propongamos, así como contagiar y contagiarnos de lo que nos gusta; quizá por eso seamos únicos cuando hacemos algo de manera individual y extraordinarios cuando lo hacemos en compañía.

Por todo eso, por todo lo que somos y no somos, comprendo por qué cuando salimos a hacer kilómetros somos un poco de muchos de esos “somos”, pero sobre todo somos una cosa:

Somos lo que corremos.

Llamadlo filosofía, llamadlo paranoia o simplemente vedlo como mi reflexión, escrita, de todo o parte de lo que somos. Sí, en esta ocasión, quizá me haya dejado llevar en exceso y como conclusión de toda esta verborrea podáis sacar otra clara reflexión:

Somos lo que escribimos… somos palabras.

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