Tentación desde la creación

post tentación

Corría el principio de los tiempos, allá cuando los inconscientes de Adán y Eva vivían a sus anchas en el Paraíso, despreocupados de todo y con todo lo que podían necesitar. El término tentación era algo completamente desconocido para ambos, hasta que sucedió el famoso episodio de la serpiente y la manzana y bla, bla, bla.

A partir de ese momento el Paraíso se fue a hacer puñetas y las tentaciones comenzaron a acampar a sus anchas por aquellos mundos de Dios, llegando a todos los rincones del planeta y encontrando cualquier oportunidad para poner en un brete tanto a hombres como mujeres. El mundo dejó de ser un lugar tranquilo, claro que, pensándolo bien, también se convirtió en algo un poco más divertido, en cierta medida, ¿no creéis?

Si atendemos semánticamente a la definición de tentación, pura y dura, esta es la instigación o estímulo que induce el deseo de algo, así como también la solicitación al pecado inducida por el demonio. Ahí está de nuevo, hasta en nuestro querido diccionario de la Real Academia de la Lengua, esa referencia al demonio y su inseparable relación con el pecado.

Está claro que, queramos o no, una tentación siempre está ligada a lo prohibido o cuanto menos unida a algo alejado de lo conveniente. La tentación es como esa malévola vocecilla interior que nos empuja hacia el lado contrario de lo acertado, que nos dice que no pasa nada por no hacer o elegir la opción que, conscientemente, sabemos que no debemos dar por buena… en definitiva, la tentación nos empuja a pecar.

Y son ellos, los siete pecados capitales, la materialización física de las tentaciones y el mejor abanico en el que quedan expuestas todas las debilidades de la carne:

Lujuria, ira, soberbia, envidia, avaricia, pereza y gula.

Evitar caer en cualquiera de ellas es ganarle la partida a la tentación y salir airoso del siempre difícil envite que eso supone. Son las tentaciones de libro, las de manual, las que van a asociadas a pecados en toda regla, de esas que solo con padrenuestros y avemarías de por medio se nos limpia el alma, quedando así inmaculada para volver a caer, para volver a pecar.

Pero más allá de esas faltas capitales, existen pequeñas tentaciones, insignificantes, intrascendentes, que pululan a nuestro alrededor y en el día a día, las que nos hacen debatirnos en pequeñas decisiones que, sin llegar a ser vitales, nos empujan a saltarnos las reglas, infringiendo de un modo inofensivo ese orden que nos rodea:

Pisar el acelerador con el semáforo en ámbar, quedarse las vueltas de la compra cuando nos dan dinero de más, colarse para evitar la kilométrica espera en la taquilla del cine, coger la última aceituna del plato, dejar la huella en los brillantes zapatos de un amigo, copiar en un examen, tomar una onza de más de chocolate, hacer trampas al parchís…

Peccata minuta, que dijera aquel, pecados banales sin mayor trascendencia, pero en los que la tentación también nos pone a prueba, intentando que nos apartemos de nuestro ordenado camino. Un camino, cómo no, en el que tampoco puede faltar nuestro mundo de zancadas y kilómetros, en él también existe la tentación, claro que sí. Así, cuando nos ponemos las zapatillas también nos asalta la tentación, por ejemplo, al:

Hacer algún kilómetro más de lo previsto, subir el ritmo más de lo aconsejable, hacer una tirada más larga de lo marcado, si de entrenos puros y duros hablamos, claro que la tentación también aparece a la hora de hacer gasto: unas zapatillas más vistosas, esa camiseta más molona, esas mallas más aerodinámicas o esas gafas más fashion, por ejemplo.

Son pequeñas decisiones por las que nos dejamos llevar, decantándonos por una opción no contemplada inicialmente y puesta en bandeja, para que la tentación haga su efecto y nos haga pecar, deportiva y runneramente hablando.

Y por qué son las tentaciones el motivo sobre el que gira el post de esta semana, os preguntaréis con acierto. La respuesta es clara y esta no tiene nada, pero nada que ver con cierto programa isleño que ha acaparado la audiencia, las crónicas y las tertulias televisivas de estas últimas semanas, vaya que no, os lo puedo asegurar. El motivo se debe únicamente a la época del año en la que nos encontramos, preludio de la inminente Semana Santa; sí, estamos de Carnaval:

Período caracterizado por la permisividad y cierto descontrol, donde parece que eso de caer en la tentación resulta más fácil, siempre como excusa previa de los cuarenta días en los que la abstinencia y el recogimiento será lo esperado.

Volved a leer ese último párrafo, cómo ha cambiado la historia, ¿verdad? Sí, el pasado y el presente difieren mucho de sí, pero no pretendo buscar el momento o el motivo en el que el hoy ha cambiado del ayer, porque a pesar del paso del tiempo la tentación sigue siendo esa provocación a nuestra razón, capaz de perderla y hacerla caer en la sinrazón.

Por todo ello, no importa que la tentación viva en el piso de arriba o tres plantas más abajo, como tampoco importa que tenga el dulce sabor del fruto prohibido o de cualquier otro manjar, la tentación siempre estará ahí para ponernos a prueba y hacer que esta vida sea lo menos parecido al Paraíso o tal vez todo lo contrario, que sea precisamente lo que más se acerque a él, porque ¿quién nos dice que quizá aquel no fuera sino un Paraíso de tentaciones?

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Tentación

¿Cuál es tu tentación, esa que por más que lo intentas siempre caes en ella? ¿Eres de los que crees que las tentaciones son para evitarlas o precisamente para dejarse atrapar por ellas? Anímate y deja tu punto de vista y si te ha gustado el post, compártelo. Muchas gracias.

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