Tiempo de cabañuelas

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Le resultó extraño y al mismo tiempo divertido, escuchar a una chica hablando de cabañuelas; él, que desde niño había oído una y mil veces las historias sobre ellas, le prestaba atención, mientras su vejiga estaba próxima a llegar a lo más parecido a una explosión incontrolada.

Aquel instante le pareció de lo más surrealista: la imagen en su cabeza de sus abuelos contradiciéndose en el tiempo que haría en febrero, con la canción de Life in Technicolor de Coldplay sonando de fondo y el reflejo de la piel blanca de aquella chica de piernas kilométricas y labios perfilados… – Me meo, fijo –pensó.

Las cabañuelas, como conjunto de métodos tradicionales de predicción meteorológica de algunas zonas del centro y el sur de España, es algo que apenas unos pocos conocen, por eso le resultaba aún más curioso que la joven que apenas debía llegar a la treintena hablase de ellas con total naturalidad, intentando explicar con paciencia el arte de esa ancestral teoría a su amiga que, con ojos vidriosos, daba evidentes signos de llevar más alcohol que sangre en sus venas.

Una vez aliviada su vejiga salió sin demora, para entonces sí, tomar parte en aquella conversación e interesarse por cómo podía, una chica como ella, tener conocimiento de algo más propio de personas de avanzada edad o de un origen rural. Sin embargo y como suele suceder en estos casos, la chica y su etílica compañera se habían volatilizado y por más que recorrió todo el local no dio con ella.

Fue casi al amanecer, en el puesto ambulante de churros con chocolate que había a las puertas de la discoteca de moda de ese verano, cuando volvió a verla. No lo dudó, se fue hacia ella sin titubeos y él, que era más bien de pocas palabras, le soltó la primera parrafada que le vino a cabeza, donde mezcló cabañuelas con música electrónica, lluvias de estrellas y sueños de una noche de verano.

Resultó tan inesperado como imprevisible y la chica quedó prendada cual quinceañera por aquel espontáneo de locuaz verborrea y un aspecto tan descuidado como atractivo. Y como si de un improvisado acuerdo se tratase, que les impedía saber el uno del otro, brotó una amistad que una semana más tarde los llevó a hacerse el amor a la orilla del mar en una cala escondida de las pocas que aún quedaban, mientras las Perseidas se hacían de rogar o quizá querían evitar el rubor de ver sus cuerpos desnudos al arrullo de la noche.

Cada día hablaban de cabañuelas, del tiempo que habría desde enero a diciembre y vuelta a empezar, sin dejar de contar las estrellas una y otra vez, fumando canutos, bebiendo bourbon y follándose, a veces despacio, a veces rápido, pero siempre con ganas, comiéndose en cada beso, deseándose en cada mirada y renaciendo en cada orgasmo, al que llegaban de la mano, con la precisión de dos cuerpos que desde el primer coito parecían hechos el otro para el otro.

Fueron poco más de tres semanas de encuentros, tan solo los veinticuatro días de las cabañuelas de agosto; fueron días de conversaciones entregadas, de una amistad enamorada y de un amor amistoso, sin compromisos, sin condiciones; ambos sabían que aquello pasaría y su sabor sería el recuerdo para los doce meses que vendrían. No habría nada más, no querían nada más, no buscaban nada más…

Al verano siguiente, mientras sonaba el maestro Sabina dando la diez y las once, buscó su cara entre la gente y no precisó de nadie que de ella le dijera ni media palabra, porque allí volvía a estar. Sus largas piernas, su piel aún por dorar y aquella mirada, rezumando sabor a bourbon por los cuatro costados.

Agosto y sus cabañuelas se asomaban al calendario y por un instante dudó si debía o no volver a acercarse a ella. En esta ocasión no precisaría de la charlatanería de la primera vez, quizá bastaría con interponerse en su mirada y esperar su reacción. Quizá…

quizá fuera fría como enero, imprevisible como febrero, airosa como marzo; quizá fuera como una lluvia de abril, explosiva como mayo, cálida y alocada como el verano, triste como octubre, huraña como noviembre o gris como diciembre.

Pero, ¿acaso importaba cómo respondiera?, ¿qué más daba cómo se comportara?, había pasado todo un año recordando el tacto de su piel, el color de sus ojos, el sonido de su risa y aún tenía en su boca el aliento de sus besos. Y con la misma decisión de entonces se acercó a ella y por la espalda le susurró al oído:

– Mañana empiezan las cabañuelas, ¿has oído hablar de ellas? –le dijo.

La chica esbozó una sonrisa y se dio la vuelta con la serenidad de quien desea detener ese instante para siempre y se fundió con él en un fuerte abrazo. Ella también lo esperaba, pese a que no lo había buscado, aunque también lo había añorado, durante los once largos meses transcurridos. Joder, claro que lo esperaba

– ¿De veras?, ¡qué sabrás tú de cabañuelas! –respondió, burlona.

Agosto lo sabía, lo sabía desde el verano anterior y no pudo, por menos, que rendirse a la evidencia y volvió a unirlos de nuevo. Contaron y cantaron de nuevo cabañuelas, se inventaron a sí mismos o no, tampoco importaba, se unieron noche y día, y con la misma pasión se entregaron a un futuro finito, escueto, con apenas presente y que dejaría mucho de pasado.

No dejaron milímetro de su cuerpo por recorrer: se hicieron el amor, unos días y se follaron con descaro, el resto. Eran su propio refugio y en el desconocimiento que se tenían seguía estando el refuerzo de la atracción que los unía. De nuevo las lluvias de estrellas, los baños al amanecer, las siestas contemplando el ocaso y el mundo que importaba un bledo si giraba, acelerado, o se dormía en su rotar. De nuevo se repetían, con el mismo palpitar.

Nunca se ha visto un verano que dure para siempre, y ese, como estaba previsto, tampoco duró; de nuevo se bajó el telón, las cabañuelas se escondieron en un cajón y las estrellas se quedaron heladas, incapaces de dar un paso más. Tan solo faltaba que aquello que no dura eternamente, se repitiera una vez más y otra y otra y otra…

Y así sucedió, año tras año, las cabañuelas los mantuvo unidos, sin nada más que saber, sin nada más que tener. Agosto no quería dejar de verlos y caprichoso, siguió juntándolos bajo su abrigo. Pasaron tres décadas, como tres suspiros y en ellas mudaron la suavidad de la piel, el vigor y la juventud, por serenidad, arrugas en los ojos y mechas para teñir las canas, sin perder nunca deseo, ni ganas.

Hasta que llegó ese año, tenía que llegar… el año en el que ya sólo fue él el que habló de cabañuelas. Sólo él miró cada día al cielo para buscar el tiempo del próximo año, sólo él bebió bourbon esperando que una estrella se precipitara sobre su cabeza y sólo él despertó con el ruido de las olas retumbando en sus oídos, con los rayos de un sol recién amanecido cegando sus ojos. Sólo él.

Y así continuó, agosto tras agosto, vagando de barra en barra, apurando copas hasta el último trago, cerrando bares y tugurios, hablando a unos y otros de aquellas cabañuelas que cada año esperaba y bañando sus recuerdos en las mismas aguas en las que se habían perdido uno dentro de otro.

Hay quien dice que solo fueron un par de años, los que lo vieron deambulando en las noches de verano, hay quien dice que jamás volvieron a verlo, claro que aún hoy hay quien habla de la sombra de un pobre viejo reflejada sobre el mar durante la noche de luna llena de agosto.

*     *     *     *     *

Qué lejos estaban todos de la realidad, esa que habían querido esconder como parte exclusiva de ellos, manteniéndola con el celo de quien esconde un valioso tesoro. El tesoro de su intimidad y de su anonimato.

Después del primer verano fueron incapaces de soportar siquiera el paso de medio otoño y se encontraron allá donde se prometieron que no se buscarían: en su presente. Rompieron con él y saltaron al vacío de un futuro incierto, con la ilusión de dos enamorados. Podría salir bien, podría salir mal, pero sin intentarlo no lo habrían sabido nunca. Les salió y el tiempo los mantuvo unidos.

Y cada verano, volvían a escenificar la misma fantasía, dejándose llevar por un guion de dos desconocidos que se deseaban sin fronteras. Se amaban como nunca y como siempre y a su manera recordaban y rendían homenaje a esas cabañuelas que, por azar o por destino, los había puesto en el mismo camino. Tres hijos en común y una vida salpicada con las mismas alegrías y tristezas de cualquier mortal, pero con esa secreta fantasía.

*     *     *     *     *

Fue a final de agosto, de uno de sus agostosella marchó antes de tiempo y él, cada primer domingo de mes, le llevaba flores y sin decir nada, permanecía un buen rato frente a su lugar de descanso y se marchaba. En la lápida sólo figuraba una inscripción:

Por las cabañuelas te buscaré… en las cabañuelas te esperaré

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Por cabañuelas…

Verano, agosto y cabañuelas… tres elementos para dar vida a una historia anónima de dos corazones que fueron incapaces de dejar pasar la oportunidad de unirse para siempre. Si te ha gustado este relato corto, compártelo. Muchas gracias.

[Y ahora, por agosto y sus cabañuelas, toca descansar… esperadas vacaciones. Os espero en septiembre]

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