Un mal sueño

Sobremesa de sábado, estaba recién comido y se puso cómodo en el sofá del salón…

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Llovía, una tarde más, un día más. Hacía tiempo que había dejado de arrancar las hojas del calendario, total, ¿para qué? Era de los que solía anotar sobre él todas las citas que tendría en días próximos y a la ausencia de estas, fruto de la domiciliaria situación, hacía que los días se asomaran en el horizonte sin nada que hacer, sin nada que anotar.

– Con esta lluvia, ni salir a sacudir el pañuelo podré –se dijo en voz alta.

Ya habían transcurrido diez meses desde que se iniciara aquella pesadilla y no había nada que albergara una pronta salida. Las primeras restricciones fueron de quince en quince días, con las que se intentó frenar en seco el desbocado avance de un virus que todos tomaron por una simple gastroenteritis o comúnmente llamado virus del estómago.

– Su efecto es casi nulo en el noventa y cinco por ciento de la población, pero aun así se ha decretado el Estado de Alarma para evitar el colapso de nuestro sistema sanitario. De esta manera frenaremos su crecimiento y al permanecer en casa durante el tiempo de incubación y desarrollo que presenta conseguiremos su anulación por completo –informaron desde el Gobierno.

Y así pareció que sucedería, al ver cómo los datos se frenaban de manera paulatina en aquellas primeras semanas; sin embargo, nadie era capaz de conocer las verdaderas pautas de desarrollo, de contagio, ni incluso de secuelas. Fue un inicio angustioso, pero esperanzador. El desánimo cundió cuando cualquier atisbo de vuelta a la normalidad era dinamitado con una nueva crecida de contagios.

El Ejecutivo ocultó información a la población, las noticias de los primeros países infectados era escasa y falta de rigor, puesto que tampoco querían reconocer el problema. Los medios de comunicación frivolizaban con las primeras noticias, incluso la población bromeaba con la confirmación de los primeros casos conocidos.

– La Ministra de Igualdad ha dado positivo; sí, lo que te digo, dicen que había ido a inaugurar una exposición de arte moderno feminista de mujeres defensoras del matriarcado de las gallinas cluecas y se ha tenido que esconder detrás del cartel anunciador… un esperpento, creo –circuló por grupos de WhastApp, antes de ser censurado.

Las inevitables bromas y los multitudinarios memes corrieron por la Red como la pólvora, casi a la misma velocidad que la población comenzaba a sentir los efectos del desconocido e incontrolable virus. Unos fuertes y agudos dolores del aparato digestivo era la voz de alarma que avisaba al recién contagiado, que poco después comenzaba a sentir sin control alguno la devastadora acción de un agente infeccioso que arrasaba casi por completo su flora intestinal.

El vil virus se contagiaba sin dar señales, apenas un breve episodio febril, resultando incapaz conocer el origen de su procedencia: ¿vendría quizá de la costumbre de alguna cultura lejana por la ingesta de animales crudos, quizá del uso de abonos naturales de animales infectados que transmitían a los frutos, quizá del agua de consumo de manantiales contaminados o quizá se originó en la probeta de algún frío laboratorio que lo dejó escapar por un fallo en el protocolo de seguridad?

La respuesta no importó, al menos, al principio y todos los esfuerzos se centraron en atajar, de la mejor manera posible, los efectos y las consecuencias de una enfermedad que en apenas dos meses se convirtió en la peor pandemia que se recordaba. Una pandemia que no mató, pero que debilitó al mundo entero, haciendo temblar los cimientos de una sociedad que en menos de sesenta días se fue, literalmente, por la pata abajo.

Sí, por muy sucio y grosero que resulte, la gente sucumbió a un virus feroz por el que no moría, pero por el que se cagaba encima; en algunas ocasiones tras fuertes sonidos intestinales, otras veces precedidos de numerosas ventosidades y las menos, de manera repentina y traicionera, sin dejar opción de ponerse en cuclillas. Tras cuatro o cinco días con aquella diarrea descontrolada debían ser ingresados sin demora, porque las consecuencias de su deshidratación podían volverse irreversibles.

Afectó a niños, jóvenes, adultos y mayores, a mendigos, profesores, periodistas, artistas, ministros, reyes y hasta sacerdotes; todo el mundo se cagaba, se cagaba sin remisión y sin contención. El virus no entendía de clases sociales, de razas o de religiones; atravesó fronteras y llegó desde uno al otro confín del planeta. Lo peor de todo, sin duda, que pasarlo no garantizaba su cura y la población volvía a recaer una y otra vez, una y otra vez.

Todos ansiaban la vacuna, pero esta, como cualquier vacuna tardaría en llegar y mientras tanto la población no podía, por menos, que permanecer confinados en sus casas. El Estado de Alarma, para muchos llamado Que me cago mi arma no fue necesario imponerlo con autoridad, la gente sabía que salir a la calle era arriesgarse a tener que ensuciar en cualquier esquina, detrás de cualquier contenedor o entre medio de coches aparcados. Llegaron los ceses de las actividades, los despidos y la falta de trabajo; todo de manera natural.

Las consecuencias de semejante situación no tardaron en aparecer… el papel higiénico en seguida se convirtió en moneda de cambio, llegando incluso a convertirse en un producto de contrabando:

– He conseguido una partida de Dinamarca, de primera calidad y cuatro capas –era el primero que empezó a moverse por los muelles de carga de los grandes centros de logística.

– Nos ha llegado un cargamento de Turquía… solo de doble capa, pero con olor a lavanda. Calidad precio, insuperable –traficaban en almacenes clandestinos de los polígonos industriales.

Las estanterías de los supermercados no daban tiempo a ser repuestas y los empleados debían hacerlo en horario no comercial; para evitar el atropello o verdaderas escenas de gresca entre los usuarios se optó por hacer un sorteo a diario, con el que los agraciados tendrían derecho, al día siguiente, a comprar un paquete de ocho rollos.

Los desafortunados o aquellos a los que el dinero les empezaba a escasear no tenían más remedio que asear sus traseros en los bidés o barreños de agua dispuestos para tal efecto. Por añadirura, los jabones y el gel corporal dispararon sus ventas e incluso los servicios municipales de aguas de las ciudades más castigadas se vieron obligadas a hacer obras civiles que sirvieran para aliviar unos alcantarillados colapsados por el desmesurado aumento de las heces.

Todo cerró: los comercios, los bares y restaurantes, los estadios deportivos, los cines, los teatros, los museos, los colegios, las iglesias y los burdeles. Incluso las farmacias, los supermercados y los estancos, que se mantuvieron unas semanas abiertas, también se vieron obligados a cerrar, sirviendo a domicilio gracias al comercio online, atendido por mensajeros que se desplazaban en vehículos adaptados con un inodoro portátil autolimpiable de fabricación china.

Los detergentes y suavizantes también comenzaron a escasear y las lavadoras se convirtieron en un producto de primera necesidad… las grandes marcas de electrodomésticos como Míele, Bosch, AEG, Zanussi o Smeg se quedaron en seguida sin stock, por lo que una avería se convertía en un problema de caóticas consecuencias: la gente no sabía lavar a mano y la mayoría, además, ni tan siquiera tenían pilas en las que restregar para limpiar sus vergüenzas…. y la población ¡SE CAGABA!, sin control y sin mesura.

El arroz blanco y las manzanas de cualquier variedad, eran lo único efectivo, pero eso también comenzó a escasear y los productos farmacéuticos formulados con el principio activo como la Loperamina no servían para nada. China, bien conocedora de la situación y país en el que se originó la cruel pandemia, se hizo con el control mundial del comercio de todos los países, a los que vendía, a precios desorbitados, arroz, una variedad de manzana desarrollada en laboratorio y cuya capacidad de cultivo se multiplicaba en apenas unas semanas, y papel higiénico fabricado a base de soja.

Fueron semanas, meses de confinamiento, en los que la gente se animaba desde sus balcones, todos los días a ocho de la tarde, ondeando al viento un pañuelo blanco en señal de victoria. Ese gesto indicaba que llevaba un día limpio, sin saber si al día siguiente volvería a cantar esa momentánea victoria o seguiría enganchado a la porcelana sanitaria de su baño… Resistiré cantaban a los cuatro vientos.

Sin duda fue una jugada maestra: el Gobierno Comunista empezó a dar créditos al resto de países para comprar a todos y cobrarse en un futuro cercano el favor que les había concedido. Los países más reticentes, como Estados Unidos o Gran Bretaña resistieron hasta límites insospechados, llevando a su población a situaciones de salubridad inaguantables hasta que no tuvieron más remedio que sucumbir, en un comunicado conjunto, a los cantos de sirena del gigante asiático.

La Tercera Guerra Mundial se había librado y China había logrado hacerse con el control de todo el planeta, estableciendo a partir de entonces un nuevo orden mundial, con el honroso y sorprendente triunfo de haberlo hecho sin causar la muerte a ningún ser humano, pero eso sí, los hizo vivir, durante meses, atemorizados ante la idea no tener un inodoro cerca de ellos.

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Despertó y cuando abrió los ojos todavía estaba allí, hablando sin parar y sin decir nada nuevo: Bla, bla, bla, bla y bla, bla, bla, bla… era la enésima comparecencia en prime time. Silenció el volumen de su televisor y permaneció embobado mirando la pantalla. A su mente le asaltó una incómoda certeza: la realidad, la jodida realidad, superaba la ficción. Deseó con todas sus ganas que dejase de morir gente y que ese señor con traje de chaqueta y corbata color malva, hambriento de poder y ejemplo de soberbia, pronto se convirtiera en un mal sueño.

post mal sueño

Sobremesa de sábado…

Este es un burdo relato corto, de cómicos tintes surrealistas, con el que tan solo he querido establecer el paralelismo de la situación que el mundo entero y España viven por culpa de un virus que vino de oriente. Si te ha gustado este post, compártelo. Muchas gracias.

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