Urania y la Superluna

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Se llamaba Urania y aunque ella no lo supo nunca, quedó atrapada en estas líneas…

Era marzo (es marzo aún), aunque por el azul de los días cualquiera podría haber afirmado que estábamos en un día de abril o incluso de mayo. El invierno se había perdido en su letargo y sin darse cuenta había dado con sus huesos muy lejos, llevando con él un frío que luego todos echaron de menos.

Cruzaron un par de frases, en un encuentro casual, mientras hacían cola para pagar en el supermercado cercano de casa. Él compraba una barra de pan con el que acompañar la ternera en salsa que había hecho la tarde anterior y ella un paquete de pañales superabsorbentes, además de un carro completo con alimentos, productos de limpieza e higiene personal.

– Divorciado o soltero –pensó ella.

– Esposa y madre, quizá primeriza –pensó él.

– Si solo llevas eso, pasa, que yo voy a tardar un rato –le dijo con una sonrisa la chica.

– Vaya, muchas gracias, eres muy amable –aceptó agradecido –la verdad es que no sé por qué no ponen a estas horas una caja rápida para quienes llevemos dos o tres artículos –le comentó sin que aquello pareciese queja alguna.

La cajera se quedó sin cambio y hubo de esperar a que atendieran la petición que hizo por megafonía:

– Señor Juan Carlos Navarro, acuda a Caja 4, por favor –anunció por todo el establecimiento.

En la espera él observaba con disimulo a la agradable chica que le había cedido el paso, de la misma manera que los ojos de esta se fijaban en aquel hombre que, delante suya, sostenía la barra de pan en una mano y una moneda de un euro en la otra. Ambos se miraban, ambos disimulaban, ambos esperaban.

Zapatos deportivos, unos vaqueros desgastados, una camiseta de manga larga y una chaqueta de entretiempo. Pelo corto, mayoritariamente canoso y una barba descuidada tres días, más o menos –No creo que pase de los cuarenta y cinco –se dijo ella, que con disimulo miró la hora en la pantalla de su Samsung.

Media estatura, media melena, unos labios marcados, piel blanquita y unas manos cuidadas, pero sin alardes. Ropa de sport y unas zapatillas vistosas de esas de correr. Hasta su perfume fue capaz de oler –Iris de Prada, inconfundible; me encanta –pensó él.

El reclamado Juan Carlos tardaba más de la cuenta y la cola de la Caja 4 no se movía. Las dos y cinco de la tarde y las prisas por llegar a casa se apreciaba en las miradas de quienes aguardaban que llegase el cambio para descongestionar el flujo de esa caja.

– Bonitas zapatillas, ¿corres? –preguntó de manera impulsiva.

– ¿Eh?, uy, perdona… sí, son de correr, aunque llevo ocho meses sin salir –levantó el paquete de pañales con su brazo derecho y añadió –ahora me toca correr de otra manera.

– Jajajajajaja, esa carrera sí que es de fondo y de las que no dan medallas, ¿verdad? –respondió, ocurrente, el hombre de la barra de pan.

– No debe llegar a los treinta y cinco –pensó él.

– Qué sonrisa tiene el tío –se dijo a sí misma.

El cambio llegó a la Caja 4 y el matrimonio sexagenario que había formado el tapón de manera involuntaria cogió sus vueltas y dejó libre el paso.

– Setenta y cinco céntimos, ¿quiere bolsa? –dijo la cajera. Maribel de llamaba o al menos así ponía la plaquita que lucía prendida en su pecho.

– No, gracias –respondió educado; le entregó su moneda y esperó el ticket de compra, junto con los veinticincos céntimos que le sobraban.

– Muchas gracias –volvió a dirigirse a la chica, que afanada estaba terminando de colocar toda la compra sobre la cinta transportadora de la caja.

– Nada, no hay de qué –contestó con una sonrisa y un inexplicable rubor en sus mejillas, que sintió con cierta vergüenza.

Él lo notó y ella notó que él lo había notado… los dos lo habían notado, hasta la chica de la caja se percató.

– Hola, Urania –saludó con evidente confianza la cajera.

– Hola, Maribel, ¿cómo va la mañana? –preguntó simpática la cliente.

Urania… –repitió para sí, para retener en su memoria un nombre que no había oído jamás. En otro tiempo lo habría consultado en el trabajo, en cuanto hubiese vuelto a sentarse delante del ordenador, pero la generación de los Smartphone había impuesto nuevos hábitos y mientras andaba, de camino al coche, buscó el origen de aquel nombre, si es que lo había escuchado bien.

Musa griega de la Astronomía y la Astrología –leyó en la pantalla de su móvil –Urania –volvió a repetir sin tener la más remota idea por qué.

Una vez en el coche, antes de arrancar, se entretuvo leyendo algo más de aquella deidad y sin prestar atención escuchaba la radio, donde el informativo local anunciaba la Superluna que esa noche se podría ver gracias a la situación de nuestro satélite en la parte de su órbita más cercana a la Tierra.

– …se verá un 14% más grande y su brillo será alrededor de un 30% más intenso, un espectáculo que no deben perderse si es usted de los que se despierta en medio de la noche o suele tener la costumbre de madrugar en exceso. La Superluna se podrá ver desde prácticamente… –continuaba diciendo la locutora, cuando giró la llave de contacto y arrancó su vehículo. Al emprender la marcha tuvo que detenerse para dejar pasar a la amable compañera de la cola de la compra, que ensimismada en el ticket de su compra se sobresaltó al sentir la proximidad del coche.

– Perdón –dijo levantado su mano derecha a modo de disculpa, esbozando una amplia sonrisa de cordialidad, desde el interior de su automóvil.

– ¡Qué tonta!, me he despistado –se disculpó la chica.

Volvieron a mirarse de nuevo; a ella le pareció aún más atractivo con sus Ray-Ban de pasta y a él le pareció aún más resplandeciente, con una luminosidad de piel casi irreal y un cutis de una piel perfecta.

Al llegar a casa se preparó unas patatas fritas como guarnición de la ternera en salsa y mientras comía, acompañado como siempre por las noticias de la tres de la tarde, tuvo conocimiento de la Superluna de aquella noche.

La chica que cuidaba a la niña ya le había dado su papilla y esta dormía plácidamente en su cuna; en la cocina tenía la mesa preparada y su comida calentándose a fuego lento, para servirse en cuanto colocase toda la compra. Cuando se sentó a comer una enorme Superluna llenaba todo el televisor y una voz en off le anunció el fenómeno de la próxima noche.

Él se despertó para salir a caminar, como solía hacer tantas madrugadas. Ya en la calle, solitario, bajo la luz artificial de las farolas se perdió entre caminos de huerta… en su MP3 sonaba el Dancing on my own, de Robyn en la versión de los Kings of leon y con la mirada clavada en el cielo quedó atraído por la majestuosidad de aquella Superluna que parecía puesta allí solo para él. No lo pudo evitar, recordó su piel, tan blanca.

Ella rompió el sueño alertada por el llanto de un diente que no terminaba de romper la encía de la pequeña. Una dosis de Apiretal, un rato de brazos y volvió a caer rendida, pero ella ya no pudo volver a perder la consciencia. El intenso resplandor de la noche se colaba por debajo de la persiana, que dormía a medio metro del suelo. Se acordó de la Superluna y sin pensarlo dos veces se levantó, para contemplarla, embobada, desde el balcón. Sin darse cuenta, pensó en él y en su canosa barba.

Quizá fue el influjo de aquella Superluna, lo que le acercó a Urania o quizá fue un complot del mismísimo Universo, que consiguió que ella se fijase en él, pero ¿acaso importa eso? Bastó con un encuentro de lo más trivial para acercar dos almas que sin saberlo habían brillado en la noche y que, también sin saberlo, habían recibido la luz de una luna, de una Superluna, dejándolos desnudos, completamente iluminados, a la vista el uno del otro.

Al día siguiente se buscaron en la sección de panadería y también en la de perfumería, pero fue de nuevo, en la cola de la Caja 4 cuando volvieron a cruzar sus miradas, aunque en esa ocasión ya no había una Superluna que iluminase la noche, porque ellos ya portaban su propia luz.

– Hola –dijo él.

– Hola –respondió ella.

– Señor Juan Carlos Navarro, acuda a Caja 4, por favor –se volvió a escuchar por megafonía, como el día anterior.

Y ellos, empezaron a charlar

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Urania y la Superluna

 

Tú tienes el final de esta breve historia en tu cabeza, donde Urania protagoniza un simple encuentro o quizá algo más. Nada sabes de ella, nada sabes de él, salvo lo que tú quieras imaginar. Anímate y cuéntame, cómo sería el final de este relato y si te ha gustado, compártelo. Muchas gracias.

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