Valores lo que valores… valores

post valores

Hoy la cosa va de valores, así de sencillo. En esta ocasión no me voy a perder en largas introducciones, para terminar escribiendo sobre el tema elegido, por eso he decidido hacerlo desde el principio, sin rodeos. Quizá se deba a ese ADN de padre que, sin darnos cuenta, nos cambia con la llegada de los vástagos o sencillamente encontrarme un poco más allá de la atalaya de los cuarenta y cinco, pero lo cierto es que cada vez con mayor frecuencia me doy cuenta de la importancia y de la necesidad de tener un puñado de valores que gobiernen nuestra vida… valores.

La que no es puta, no disfruta.

¡Zasca!… esta afirmación quizá no figure en la lista de los valores prioritarios de nuestro comportamiento, o quizá sí, porque bien es cierto que las relaciones personales más íntimas también son parte importante de nuestro día a día, y tan necesario es comer, como follar y perdonadme la vulgaridad. La sentencia en cuestión, concisa y rotunda, la escuché hace unas noches, mientras caminaba por una plaza bastante poblada con chicos cuyas edades debían encontrarse en plena pubertad. Frase que apenas me había dado tiempo a procesar, cuando vi cómo la niña en cuestión recibió la aprobación y el abrazo de una amiga que con una amplia sonrisa y un “Sí, tía”, asintió con ella, como si celebrasen juntas el mismo pensamiento.

Los comportamientos de los más jóvenes es algo que siempre ha preocupado entre los llamados adultos, puesto que en aquellos está ese futuro más o menos lejano, más o menos cercano, que tomará el relevo de una generación relegada a la segunda línea de combate. Es algo normal, algo que forma parte de las etapas naturales del desarrollo y del crecimiento de las personas, siendo habitual que las inquietudes o los pensamientos varíen o evolucionen con el paso del tiempo, pero no así los valores, esos que deben ser una parte intrínseca dentro de cada persona.

Los valores son algo así como lo más parecido a la herencia genética con la que nacimos, grabada en nuestra cadena cromosómica en el mismo momento de nuestra concepción, y tienen su procedencia no ya solo en esa naturaleza biológica, sino también y de manera fundamental, en la educación y la formación recibida, respirada, mamada, en el seno de la unidad familiar. Ellos son, más allá de cualquier bien material, el mejor de los legados que podemos recibir, que podemos conceder.

Y son precisamente esos valores, los que de manera alarmante veo deteriorarse en la sociedad que vivimos. Valores como honestidad, sensibilidad, gratitud, humildad, prudencia, respeto y responsabilidad, parecen tambalearse en una época en la que, sin embargo, todo nos indica precisamente que somos más tolerantes y respetuosos que nunca, más sensibles a cuanto sucede a nuestro alrededor, existiendo además un mayor número de asociaciones surgidas para ayudar a los demás, al mismo tiempo que una fuerte corriente generalizada se extiende promulgando mayor igualdad entre todos… valores.

Sin embargo, por simple observación de nuestro comportamiento, como parte de uno de mis rasgos personales, mi atención suele quedar embelesada de cuanto me rodea, sirviéndome para sacar conclusiones muy alejadas de esa tendencia del párrafo anterior, que debería abocarnos hacia una mejora en nuestros hábitos diarios. No, por desgracia no es eso lo que percibo. Quizá sea yo, por aquello de la edad o quizá sea una realidad, pero echo en falta la presencia de grandes de dosis en nuestra sociedad de esos valores.

Son pilares elementales del crecimiento y la formación de una persona que, de manera pesimista percibo como valores caducos, llegando incluso por momentos hasta clasificarlos como desconocidos para muchos de quienes convivimos conjuntamente en el día a día. ¿Y qué es lo que me lleva a albergar este cierto sentimiento apocalíptico? Simplemente es la actitud diaria de lo que veo a mi alrededor, aquello que se cuela a través de mis poros y estos lo exudan, sacándolos al exterior cada vez que pongo mis zapatillas y salgo a correr, regalándome momentos en los que el pensamiento y la razón intentan darse la mano, mientras sudo, me canso y elevo mis pulsaciones… pienso…

La falta de atención hacia los demás, la soberbia del poderoso, el injusto reconocimiento del sacrificado, la responsabilidad delegada, el miedo al compromiso, el hábito esquivo hacia las obligaciones… pérdidas invisibles que dejan un poso amargo de rancio sabor, húmedo y gastado, que maquillan la realidad con tintes descoloridos.

La agresividad latente que parece saltar por los aires por un simple intermitente no utilizado, la ausencia de saludo entre dos personas que se cruzan en una escalera, el silencio en la sala de espera, la atención absorbida en pantallas de apenas cinco pulgadas, la falta de privacidad más allá de las cuatro paredes… pérdidas visibles, palpables, que se han colado entre nosotros como parte de una realidad acostumbrada a casi todo, donde los normal parece ser extraordinario.

Valores, percepciones… tan solo pensamientos de un corredor durante los primeros días de octubre, amante del otoño, que se siente atrapado por el calor de un verano que se resiste a fenecer. Tan solo son mis pensamientos, que en esta ocasión se han vestido de valores y que, pese a todo, confían en la grandeza de una sociedad rica en ellos.

post valores

Valores…

Y tú, ¿crees que se están perdiendo muchos de los valores fundamentales o simplemente es un punto de vista exagerado? Anímate y deja tu punto de vista y si te ha gustado este post, compártelo. Muchas gracias.

Deja una respuesta

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.