Viéndolas venir, dejándose llevar

dejarse llevar

Andaba la pasada tarde de sábado realizando los habituales ejercicios de mi tabla de estiramientos, cuando me dejé llevar y sin saber cómo ni porqué me vi reflexionando, una vez más, sobre metas y logros, pero en esta ocasión desde un punto de vista o un prisma distinto al habitual.

Si hay algo que ha caracterizado a este blog, desde su inicio, ha sido esa filosofía basada en la fijación de una meta, convirtiéndose en algo así como el faro que guía a un barco o como el combustible de un motor que lo mantiene en movimiento. Nada como un objetivo, un propósito, en definitiva, nada como una meta, para ponernos en marcha y seguir un camino. Y a partir de ella, la necesidad de mantener un trabajo, una rutina diaria, constante e incasable para llegar a alcanzar ese anhelado objetivo.

Sin embargo, no fueron esos derroteros por los que caminaron mis pensamientos, sino precisamente por otros, completamente yuxtapuestos. En concreto por esos senderos a los que llegamos, contrarios a nuestros deseos y a los que nos entregamos, en ocasiones, sin poner remedio alguno, dicho de otra manera, haciendo poco o nada por evitarlo. Algo así como bajar los brazos y sin más dejarnos ir.

Sí, hoy me estoy refiriendo a esos episodios en los que el desánimo, la apatía o el abatimiento se apodera de nosotros, siendo capaz por lo tanto de hacer mella en nuestra confianza bien por algún inoportuno o inesperado revés, bien porque no logramos alcanzar aquello que pretendemos o bien, sencillamente, porque en algún punto de nuestro camino nos percatamos que sobrevaloramos nuestras propias posibilidades.

Es entonces cuando, de manera inevitable, nos dejamos llevar y somos capaces de dar lugar a que suceda aquello que no habíamos contemplado, comportándonos ante esa realidad no planificada según nuestro modo de ser y encarar las situaciones a las que nos enfrentamos. Me refiero a aquellos que se entregan a su presente, esos a los que la mejor posición es la de dar la batalla por perdida:

Los que las ven venir, ya sea en movimiento o en reposo, acomodándose y poniendo su mejor lado para apechugar con lo que se les viene encima; o

Los que se dejan llevar, a merced de la corriente que los lleva río abajo, sin poner reparo y remedio de dónde o cuándo se detendrán.

Claro que, dentro de ese soliloquio en el que me hallaba, rápidamente viré mis pensamientos ante la negativa de aceptar como única la existencia de quienes son capaces de entregarse a su destino sin la menor intención de luchar o hacer algo por cambiarlo, puesto que convencido y seguro estoy de ese otro tipo de personas que, a diferencia de los primeros, son de apretar los dientes y salir a flote. En este caso, son los que se rebelan, esos a los que las dificultades o imprevistos no los doblegan:

Los que las ven venir, ya sea en movimiento o en reposo, fijando sus pies al suelo con decisión, para resistir los envites y hacer frente a todo cuanto se cruce en su camino; o

Los que se dejan llevar, pero utilizando la fuerza de la corriente como vehículo para llegar allá donde fijen su mirada o encontrar la razón, el motivo de su nuevo destino.

Resulta obvio vislumbrar el perfil de los dos tipos de personas que reaccionarán de manera enfrentada ante una misma situación y, por extensión, el resultado por el que a priori luchará cada uno. No quiero, pese a todo, que se tache de cobarde o conformista al primer tipo y de combativo e inquieto, al segundo, porque en ocasiones esas radiografías pueden arrojar una distinta realidad al ponerlas a contraluz.

Y así entré de nuevo en otra vuelta de tuerca, enmarañando un poquito más mis ideas y preguntándome si resulta más cobarde el que se entrega a su destino, sin oponerse a él, aceptando con quijotesca actitud su sino o lo es, por el contrario, aquel que se retuerce, negando la evidencia y siendo un guerrero ante lo que le espera, en un intento por evitar lo inevitable y por huir hacia delante sin saber a dónde se dirige.

No, está claro que no podemos, ni debemos, hacer juicios de valor y etiquetar a quienes pierden el norte de sus metas, a esos para los que llevar adelante sus pasos ya resulta una tarea lo suficientemente importante, convirtiéndose en una meta en sí misma. La naturaleza personal y las circunstancias que nos rodean condicionaran nuestra respuesta y por mucho que tengamos querencia a comportarnos de un modo u otro, cualquiera puede responder de manera distinta a la esperada.

En ocasiones nos dejamos llevar por convicción, mientras que hay veces en las que ello sucede por sumisión, por eso, más allá de reacciones y actitudes, lo cierto es que en todos los casos debemos tener conciencia de nosotros mismos y no bajar nunca los brazos, bien por acción o por reacción y buscar, ver, en cada imprevisto un motivo para no dejar de continuar adelante, sin olvidar que a pesar de todo y de todos, lo que jamás se puede llevar por delante es la confianza y la fe en nosotros mismos.

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Viéndolas venir, dejándose llevar

Dejarse llevar y verlas venir, puede resultar tan positivo o negativo como nosotros queramos, para ello tan solo debemos ser conscientes de ello. Y tú, ¿cómo lo ves, qué opinión te merece mi reflexión de esta semana? Si te ha gustado este post, compártelo. Muchas gracias.

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