Y las azoteas volvieron a quedar solas…

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Sábado 2 de mayo de dosmilveinte; seis de la mañana.

Como si un imaginario toque de queda antiaéreo hubiera empezado a sonar de una punta a otra de nuestro país y así, con el día aún por amanecer, las azoteas, soñolientas, se miraron de reojo unas a otras. Todo se ha acabado, se dijeron… todo volverá a ser como antes, suspiraron.

En las casas, cientos, miles de corredores, de ciclistas y de deportistas en general, decíamos adiós a tantos sueños privados de libertad, porque por fin, tras casi cincuenta días volvíamos a salir al exterior, dentro de un horario determinado, para practicar nuestro deporte favorito al aire libre. Había llegado el momento de echarnos a la calle.

Atrás quedaba una penitencia de duración incierta que, contando, contando, había llegado hasta ese medio centenar de despertares enjaulados, en los que la falta de libertad nos hizo mirar hacia el cielo cada día, buscando un horizonte que consolase nuestra incertidumbre más elemental: la de recuperar esa falta de libertad.

Y en el camino de la búsqueda de horizontes reveladores subimos hasta lo más alto de esas confinadas vidas: las azoteas de nuestros hogares. En ellas, en las que el tiempo parece detenerse y donde solo un puñado de cordeles se dejan acariciar a diario por un viento ávido de protagonismo; un viento que en ocasiones tiene la oportunidad de jugar con las sábanas de nuestros descansos, esas entre las que nos abrazamos, confiándoles en secreto nuestros miedos e ilusiones.

Descubrimos en ellas un espacio de libertad, un trozo de la que acabábamos de perder y le confiamos, como si de una antigua amistad se tratase, parte de la vida que nos tocaba vivir. Las azoteas nos miraron extrañadas, desconfiadas, como quien recela de quien te habla con una amplia sonrisa, mientras te dice palabras que oyes, pero no escuchas, porque no entiendes. ¿Pero acaso importaba hacernos entender? No, habíamos decidido subir hasta ellas, sin más, y dejar allí la huella de nuestro paso durante esos días de pandemia… durante esos días de condena.

Fue entonces cuando se convirtieron en el lugar perfecto para las zancadas de imparables corredores, que desde las alturas miraban con nostalgia el asfalto de la calle, mientras pisaban una y otra vez, una y otra vez, el tono rojizo de los baldosines catalanes que suelen alfombrarlas. Muchos fueron los kilómetros que soportaron a sus espaldas, tantos como las conversaciones entre vecinos que, a pesar de compartir durante años una misma pared de separación, descubrieron en ellas que había otras cosas que los unía, más allá de ese tabique.

Su soledad saltó por los aires, su descanso quedó ignorado y sus descoloridas paredes se convirtieron en la modesta terraza de un centro deportivo, en una reducida pista de tenis y por qué no, también en el lugar idóneo de infantiles zonas de recreo, en escenario de improvisadas fiestas vecinales y el confesionario donde dejar las quejas y críticas de esos roces que deja la convivencia. Las azoteas se llenaron de vida.

Antaño, para unos, refugio urbano donde respirar sin que nadie los vea, encaramados desde una atalaya cuya mayor o menor altura parece conceder una falsa superioridad; para otros, escondite de ideas calladas, de tragos con sabor a recuerdo o a esperanza ilusionada; para unos, observatorio de cielos estrellados en el silencio de la noche, frías a veces, calurosas en ocasiones, oscuras a veces, iluminadas en ocasiones, noches todas; para otros, románticos rincones en los que sembrar palabras, besos y caricias, en ese pequeño universo de realidad paralela. Azoteas, simples azoteas.

El lugar ideal para descubrir que el horizonte llega hasta los trescientos sesenta grados, que el cielo es más grande que esa porción que cubre nuestras cabezas y que en ellas también se paran las gotas de lluvia, pero un poquito antes, porque en ellas todo sucede antes y todo finaliza después, un poquito después.

Ignoradas, las olvidadas azoteas, volverán a quedar vacías, quizá con trazos blancos de tiza garabateados sobre su piel, sudor de quienes corrieron en ellas, restos de pan, eco de palabras, de aplausos y canciones, todo como pequeñas cicatrices que la primera tormenta, incompasible, se llevará para siempre, borrando cualquier rastro de recuerdo.

Yo, que pensaba dejar una entrada de esa familia que un día di en llamar Lo que pienso mientras corro, porque sí, porque yo también salí a correr, como uno más, el pasado sábado. Yo, que pensaba hablar de la experiencia de volver a correr, de las sensaciones de volver a sentir esa libertad, de la fortuna de notar otra vez la brisa de frente, de la respiración entrecortada, del cansancio de unos músculos medio desentrenados… y sin embargo fue la tarde de ese mismo sábado, con la ropa sudada de la mañana aún sin lavar, cuando mi vista y mi atención quedaron prendidas de las azoteas de mi alrededor.

Hoy de nuevo las miro y ahí siguen, quietas, como mudos testigos de una vida que desea volver al punto donde se detuvo, mientras dibujan su silueta en el cielo, como siempre… chimeneas, claraboyas, aparatos de aire acondicionado, parabólicas, placas solares en las más modernas, antenas de televisión individuales en las más antiguas, cordeles, ropa tendida, sombras fugaces de golondrinas que las sobrevuelan y una puerta, cerrada con llave, que quizá mañana ni recordemos ya dónde guardamos para volverla a abrirazoteas.

Y así fue como quedaron vacías, de súbito, sin remordimiento alguno, con la indiferencia de quien las usó tan solo cuando las necesitó, sin darnos cuenta de que en ellas dejamos la huella de unos días que jamás desaparecerán, en los que fueron el presente y la consciencia de nuestra vida.

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Y las azoteas volvieron a quedar solas…

Muchos son los protagonistas que quedarán en el recuerdo de estos días y entre ellos, para mí, las azoteas ocupan un lugar tan importante como imprescindible. Y para ti, ¿crees que realmente lo han sido? Anímate a dejar tu punto de vista y si te ha gustado este post, compártelo. Muchas gracias.

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